Por J. Jesús López García

Aguascalientes está a muy pocos años de cumplir 450 de haber obtenido su estatus como asentamiento legal dentro del Reino de la Nueva España. Juan de Montoro y varios colonos más obtuvieron de manos de la Corona la Cédula de Fundación, denominada Villa de la Asunción de las Aguas Calientes, lo que habla de la advocación mariana a la que fue encomendada la población y algo de su situación geográfica próxima a fuentes de aguas termales, provenientes éstas del manantial de Ojocaliente.

Aguascalientes fue una “villa”, un asentamiento pequeño que no accedió por esos más de dos siglos a la categoría de “ciudad”, misma que se le concedió hasta mediados del siglo XIX ya en el periodo del México independiente. Aquella villa novohispana poblada por colonos provenientes de Santa María de los Lagos, descritos por el oidor de la Real Audiencia de Nueva Galicia en el siglo XVII como gente “muy humilde, casi forajida”, ya en el siglo XVIII era una comunidad que había vencido las penurias de sus inicios y en el siglo XIX tras alcanzar el estatus de ciudad, terminó por convertirse además en la capital de un nuevo estado de la República.

Los primeros años de la ciudad fueron marcados por un carácter semirural, con huertas como principal medio de subsistencia para la mayoría de sus moradores, distribuidas en barrios como el de El Encino, La Salud y San Marcos. Fue hasta mediados del siglo XIX cuando se empezó a definir una nueva vocación productiva para la capital, pues con los Estados Unidos como una nueva potencia hegemónica en nuestro continente, los lazos con Europa y Asia muy lastimados, Aguascalientes fue refediniendo su carácter en la nueva situación nacional, esta vez como un nodo de suma importancia para las cadenas económicas del norte de América.

A fines del siglo XIX finalmente se instalan en nuestra urbe los talleres del Ferrocarril Central Mexicano y la Gran Fundición Central Mexicana propiedad de la familia Guggenheim, y con ello inicia la industrialización de Aguascalientes, ciudad y estado, lo que paulatinamente fue relegando a las tradicionales huertas a su extinción. Es curioso cómo este instrumento de planeación fue el llamado Plano de las Huertas elaborado ya de manera técnica por el agrimensor alemán Isidoro Epstein en el arranque de la segunda mitad del siglo XIX, pero la novedad reside en que pensado para organizar el abasto de aguas de riego para las huertas y tener de ellas un catálogo cartografiado, el plano de Epstein fue uno de los principales mecanismos para trazar luego diferentes planos enfocados en reorganizar la traza urbana de la ciudad en función de su nuevo espíritu comercial, industrial y eminentemente urbano en detrimento franco de su condición tradicional semirural.

Después del proyecto de Epstein, vinieron el Plano de las Colonias de Samuel Chávez y alrededor de medio siglo después el Plano Regulador de Carlos Contreras, ambos ya estableciendo pautas de trazo vial y usos especializados de suelo. Las huertas fueron acotándose y después, junto a establos y almacenes para la producción agropecuaria, fueron cediendo su espacio al fraccionamiento de solares ante el empuje de una población creciente dedicada al comercio y a las labores propias de la industria de la transformación, creándose con ello un incipiente mercado inmobiliario que no deja de crecer hasta nuestros días.

Quedan algunas fincas aún en pie de ese pasado hortelano de Aguascalientes, algunas ya muy modificadas, otras más o menos intactas. La Huerta Gámez ubicada en la calle 5 de febrero en el barrio de La Salud, ya no es una huerta sino un agradable jardín y su finca probablemente modificada ya por tantos años transcurridos, aún da ese aire apacible de lo que era el paisaje de la Villa de Nuestra Señora de la Asunción en el siglo XVIII, con las adversidades de los siglos XVI y XVII ya quedándose atrás pero aún de aire casi bucólico.