Noé García Gómez

El desprestigio de la clase política está llegando a niveles preocupantes; y dicho desprestigio no es por una campaña intencionalmente orquestada por un poder ajeno al quehacer público. No, dicho desprestigio se genera principalmente por el actuar constante de los políticos. La ciudadanía está generando la percepción de que político es sinónimo de sueldo exagerado, de transa, arribista, poco preparado, megalómano, desleal, insensible y en el peor de los casos corruptos y rateros.

Quién no recuerda la imagen de los video escándalos donde René Bejarano se embolsaba fajos de billetes y hasta las ligas se llevaba; los casos de soborno de empresarios a el Niño Verde para que intercediera en el gobierno de Cancún para la instalación de un hotel, de Néstor Moreno alto funcionario de la Comisión Federal de Electricidad que recibió como soborno un lujoso yate, un Ferrari y miles de dólares en efectivo la firma Lindsey Manufacturing para adjudicarle contratos; el de Elba Esther Gordillo, ex líder del poderoso sindicato magisterial, quien fue detenida y acusada de desviar millones de dólares de fondos de los profesores y hoy esta libre; los excesos de Carlos Romero Deschamps, líder del sindicato petrolero y senador por el PRI comprando un Ferrari de dos millones de dólares a su hijo y los viajes de su hija en Europa a bordo de un jet privado y yates junto a sus perros; los fajos de billetes equivalentes a mas de 7 millones de pesos sustraídos de las arcas públicas en el gobierno priistas de Tabasco de Andrés Granier. Todo lo anterior se dio antes del ungimiento de Andrés Manuel López Obrador como presidente de México y su promesa de acabar con la corrupción.

Hoy con Morena ya en el poder, vemos cómo hace un par de semanas surgieron dos video escándalos; una acusación de Emilio Lozoya donde narra una serie de historias que envuelven a buena parte de la clase política principalmente de la hoy oposición, con un video incluido donde funcionarios de la entonces legislatura del Senado se llevan maletas de dinero; el otro dos videos donde se ve al hermano del presidente recibiendo dinero de una consultora empresarial y funcionario del gobierno verde ecologista en Chiapas y que estaba próximo a asumir la dirección de la empresa que distribuiría los medicamentos y tenía –paradójicamente- el encargo de terminar con la corrupción en dicho sector. El presidente con todo desparpajo, juzgó y condenó el primer caso –hasta historieta quiere publicar- y minimizó y hasta justificó el segundo caso, argumentando que era poco y destinado para su movimiento, comparándolo con la Revolución Mexicana.

Vemos escándalos tras escándalos en la política mexicana, altos funcionarios públicos acusados de corrupción, desfalco, prepotencia o sobornos, pero también la historia de este país nos genera la percepción de impunidad. Desde el policía de tránsito que recibe la llamada “mordida”, la burócrata secretaria que insensiblemente atiende con lentitud y desparpajo o el contratista que al sentirse robado por el “diezmo” realiza su obra con materiales de mala calidad. Todo contribuye a una descomposición de la política.

Sin duda, los casos de corrupción que en múltiples formatos, se nos aparecen de forma incesante, no hacen más que mellar la ya maltrecha credibilidad de los que, han optado por ejercer la política como medio para alcanzar el objetivo de un buen gobierno, y solo se extiende la creencia de que el principal interés del político es beneficiarse de ella.

Y aunque vemos cómo se “cumplen” las leyes de transparencia publicando sueldos y licitaciones, la realidad es que ya no tenemos sólo un problema de corrupción, sino de confianza. El político es sospechoso de todo tipo de pillerías y atropellos por el mero hecho de serlo. Y, por muchos controles que se impongan, el ciudadano cree que es fácil que podrán saltárselos si se lo proponen.

Decía Aristóteles que la ética persigue alcanzar la felicidad del hombre, mientras que el objetivo de la política es alcanzar la felicidad de un conjunto social, así concluía que la ética es una parte de la política y debe supeditarse a ella.

La ética tiene que asumir nuevamente un papel central en la política. La ética de la política requiere de un hábitat adecuado para brotar. Sólo si está muy mal visto defraudar al fisco o pagar en negro, será insostenible para un político mantenerse en el cargo tras haber incurrido en algún comportamiento equivalente. Sólo cuando las promesas incumplidas, el engaño y la insensibilidad ante las necesidades de los ciudadanos desprestigien al político de forma que sea insostenible su continuidad, estaremos avanzando en lo que podemos llamar regeneración política.

Más allá de los  códigos de ética o reformas de trasparencia y rendición de cuenta, hoy mismo hay una gran oportunidad para emprender ese camino, cada ciudadano tiene que asumir y ser consciente de su función y conducción y la sociedad condenar y no tolerar cualquier tiempo de esta.