CDMX.- Declaraba un profesor de Mineralogía: «Cuando digo que el plomo es un metal venenoso, pesado y maloliente no estoy insultando al plomo: lo estoy describiendo». Pues bien: cuando yo digo que Claudia Sheinbaum comparte la arrogancia y prepotencia de López Obrador, tampoco le estoy haciendo agravio: simplemente estoy diciendo cómo es. Haber manifestado que la elección del 2 de junio es sólo un trámite al que debe sujetarse antes de ocupar la Presidencia es una demostración de altanería semejante a las que cada mañana hace quien la designó como su corcholata. Millones de mexicanos iremos a las urnas el próximo domingo a votar contra la perpetuación de este régimen que ha dividido a México, ha violado sus leyes y vulnerado sus instituciones, ha repartido al país entre las fuerzas armadas del crimen organizado y las Fuerzas Armadas del Gobierno desorganizado, ha dilapidado el dinero de los contribuyentes en obras de altísimo costo y dudosa utilidad y ha hecho retroceder a la República en todos los órdenes, principalmente los de seguridad, salud y educación. ¿Mero trámite la elección que viene? No. Es un ejercicio democrático, quizás el último en que participaremos si la candidata oficialista llega al cargo que para nuestra desgracia ocupa ahora un hombre que se ha caracterizado por su ineficiencia, sus mentiras, su capacidad para ofender a vastos sectores de la ciudadanía y su reprobable complacencia y lenidad ante quienes han hecho de vastas porciones del territorio nacional un coto de su propiedad. ¿Cuándo se había visto en este país que miles de candidatos renunciaran a sus aspiraciones por miedo de perder la vida a manos de la delincuencia? Quienes aún están obnubilados por la aplastante propaganda oficialista tienen todavía tiempo de recapacitar y darse cuenta de algo que no es un eslogan de política partidista, sino una convocatoria para que todos juntos salvemos nuestra casa común: un voto por Morena es un voto contra México. En la iglesia un sujeto no se daba golpes de pecho. Cuando rezaba el «Yo pecador» al decir: «Por mi culpa, por mi culpa, por mi grave culpa» se golpeaba la entrepierna. Explicaba: «Cada quien debe darse los golpes en la parte por donde ha pecado más». (Un dicho popular, certero como casi todas las sentencias populares, reprueba con severidad a los creyentes que, olvidados de Dios, vuelven la vista a él sólo cuando están en una necesidad o apuro. Expresa el dicho: «Tú te das golpes de pecho nomás cuando te atragantas»). El pequeño Caín se cubría la parte delantera con una hoja de árbol que llegaba hasta el suelo. Decía entre dientes, enojado: «Estoy harto de que me vistan con la ropa que va dejando mi papá». (Diré de paso que son muy explicables las maldades cometidas por los hombres; sus crímenes, las guerras. Sucede que no provenimos de Abel el bueno, que no alcanzó a engendrar hijos, sino de Caín el malo, su asesino, que tuvo numerosa descendencia, de la cual todos los humanos somos parte. No nos sorprenda entonces que haya habido malvados como Hitler y otros de su misma calaña. Los hombres y mujeres buenos, que por fortuna los hay en abundancia, lo son porque consiguen arrinconar en el fondo de sí mismos al Caín que todos llevamos dentro. Pero advierto con alarma que estoy sermoneando. El diablo metido a predicador. ¡Uta! Mejor narro un último chascarrillo y luego paso a retirarme, como decían los merolicos de antes. La recién casada regresó de su luna de miel en Niagara Falls. Una amiga le preguntó: «¿Qué te parecieron las cataratas?». Respondió ella: «Fueron una de las dos cosas que no resultaron tan grandes como yo pensaba». FIN.

MIRADOR.

Por Armando FUENTES AGUIRRE.

En el camino que lleva de Ábrego a Purísima el viento levanta espirales de polvo que se elevan hasta un cielo sin nubes abrasado por un inmisericorde sol.

Los antiguos pensaban que esos remolinos eran el demonio, y les llamaban Cachiripa. Para conjurarlos hacían que un niño partiera con un machete el aire, de modo que el diablo se asustara al ver que en el mundo aún había algo que le pertenecía a Dios.

         No llueve en Ábrego. No llueve. La vaca mora, que tiene becerrito, y la yegua a la que nombran Gringa porque es blanca y tiene ojos azules me miran cuando paso como preguntándome por qué no hago llover. Para esas criaturas yo soy Dios, igual que para nosotros Dios es Dios.

Me alejo apresuradamente porque no sé qué decirles. La sierra se está quemando; en el rancho falta el agua; jamás había hecho aquí tanto calor. Pero en el camino le pregunto a mi Dios lo que la vaca y la yegua le preguntan al suyo:

-¿Por qué no haces llover?

         ¡Hasta mañana!…

MANGANITAS.

Por AFA.

«Terminan las campañas políticas».

           Exclamo con gran fervor

         al final de esas campañas

         tan abundantes en mañas:

         «¡Alabado sea el Señor!».