Armando Fuentes
Agencia Reforma

Si me fuera dable, hoy le pondría una orla de luto a mi columna. Estoy triste por la tragedia ocurrida en Monterrey. En muchas ocasiones he declarado aquí el amor que siento por esa ejemplar ciudad, y el vínculo de gratitud que me une a sus generosos habitantes. La comunidad regiomontana me ha dado pan para mi mesa y afectos para mi corazón. En buena parte, Monterrey me hizo ser lo que soy. Guardo perenne agradecimiento para hombres como don Francisco Cerda y don Rogelio Cantú, de «El Porvenir», y para la familia Junco, que de «El Norte» me llevó a «Reforma», a «Mural», a todo México. Dos grandes maestros de periodismo tuve, maestros también de vida: Carlos Herrera Álvarez y Cipriano Briones Puebla, llamado Tata Nicho. Ambos eran regios en todos los sentidos. Don Carlos fue como un padre para mí, tanto que junto con el mío fue a pedir la mano de la amada eterna, mujer hermosa de alma y cuerpo a la que me uní en tal modo que ni la muerte ha podido separarme de ella. Con Tata Nicho, jefe de redacción de «El Sol del Norte» de Saltillo, tomaba yo el café todas las tardes en el entrañable «Élite», de Chuy Martínez. Hablábamos de toros, de zarzuela y teatro. Él me consolaba de mis frecuentes yerros de reportero novel: «No se mortifique, Armando. Las verdades y las mentiras periodísticas duran 24 horas». Otros grandes maestros tuve en Monterrey, aunque ellos no sabían que yo era su discípulo: don José Alvarado y don Agustín Basave Fernández del Valle. A los dos, situados en extremos ideológicos opuestos, defendí con denuedo de los ataques que recibieron por su presencia en la Universidad Autónoma de Nuevo León. Igualmente, combatí por esa noble casa, hostigada lo mismo por la ultraderecha que por la extrema izquierda. En tiempos del rector Héctor Ulises Leal Flores luché por ella al lado de buenos universitarios como Manir González Martos, Jesús Arias y Rolando Guzmán, amigos que ya no están con nosotros, pero que con nosotros permanecen. Socio honorario fui del Club «El Pájaro», junto con Lalo González -el Piporro inolvidable-, Ernesto «El Chaparro» Tijerina, Rafael Domínguez y el Pepón, y ahora lo soy de «La Herradura», que congrega a amigos excelentes cuyos nombres llenarían toda esta sección. Tuve el honor de ser maestro huésped de la UANL. No olvido mis clases, tan concurridas que del aula común fui trasladado con mis alumnos a la ilustre Aula Magna de Colegio Civil. En lo más cálido de mis recuerdos están mis participaciones como director invitado de la espléndida Sinfónica de la Universidad, en tiempos del rector Reyes Tamez Guerra, gran señor que llevó a la Universidad nuevoleonesa a elevadas alturas de prestigio. Por varios años fui Canciller del CEU, Centro de Estudios Universitarios, de cuyas escuelas han egresado numerosas generaciones de profesionistas que han contribuido al desarrollo nacional. De Monterrey, de Nuevo León y de algunos de sus municipios he recibido distinciones que por no merecerlas he agradecido más. Recuerdos de alma tengo ahí, imborrables, que hacen de mi crepúsculo un continuado amanecer. Por eso me dolió la tragedia sucedida en el curso de una concentración política, desgracia de la cual a nadie ha de culparse, y que ninguno ha de usar con propósitos políticos, pues eso sería infamia. Expreso mi sentimiento de pesar al candidato presidencial del MC, al gobernador del Estado, a los alcaldes de la zona conurbada de Monterrey, a la comunidad nuevoleonesa en general. Y al margen de la orla luctuosa de que arriba hablé, pongo esta frase, obligado por la promesa que hice tiempo ha: «Un voto por Morena es un voto contra México». FIN.