Armando Fuentes
Agencia Reforma

CDMX. – Un voto por Morena es un voto contra México. Ingenuas, pero ingeniosas, eran las adivinanzas que trataba de adivinar cuando los lejanos días de mi niñez estaban tan cercanos. «En alto vive, en alto mora, en alto teje la tejedora». La araña. Tito, tito, capotito, sube al cielo y tira un grito». El cuete. (Por acá nunca hemos dicho «cohete»). «Una vieja larga y seca que le escurre la manteca». La vela. «Fui al mercado, compré negrito, llegué a mi casa y se puso coloradito». El carbón. «Pan y pan y pan; pan y pan y medio; cuatro medios panes y cuatro panes y medio. ¿Cuántos panes son? Diré como esta nieta mía, pequeñita. Lloraba porque se había caído. La tomé en mis brazos y le dije: «No llores, hijita. Te quiero 5 mil millones de veces». Siguió llorando, y para distraerla le pregunté: «¿Cuántas veces te dije que te quiero?». Respondió entre sus lágrimas: «Ya no me acuerdo, pero son bastantes». Bastantes igualmente han de ser los panes de la adivinanza. Encuentren su cifra mis cuatro lectores, que para los números yo soy bastante malo. Mientras tanto, a propósito de adivinanzas, recordaré al sujeto que anunciaba con un letrero en la ventana de su casa: «Se dan clases de adivinación. Resultados efectivos desde la primera clase». Llegó una linda chica de agraciado rostro y ondulantes curvas y dijo que quería tomar el curso. Pagó lo que el individuo cobraba en concepto de inscripción, y luego éste le pidió: «Sígame». Condujo a la bella muchacha a un budoir, discreta habitación que en términos más llanos se llamaría leonero, pues a las claras se veía el propósito para el que estaba destinada. Su mobiliario consistía solamente en una cama con sábanas de seda negra y colcha de terciopelo rojo; cortinas de brocado; estampas eróticas en las paredes y espejo en el techo. ¿Necesito decir más? El maestro de adivinación le ordenó a su pupila: «Desvístase y acuéstese en la cama». «¡Oiga! -protestó la alumna-. ¡Usted me quiere coger!». «¿Lo ve? -replicó el tipo con acento triunfal-. ¡Ya está adivinando! ¡Resultados efectivos desde la primera clase!». Pido disculpas por el empleo del término «coger», pero ningún otro servía para los fines del relato. Cualquier eufemismo le habría quitado fuerza y expresividad. Hay veces en que se debe llamar a las cosas por su nombre, y ese verbo es el más usado en México para aludir al acto de la cópula. No sólo lo utilizan los varones: también en ocasiones las mujeres. Una cierta amiga mía de la juventud me señaló a una empingorotada señora de buena sociedad que pasaba en ese momento con la nariz en alto por la acera opuesta. «Vieja presumida -comentó mi amiga-. No sabe que me estoy cogiendo a su marido». Diré que en aquel tiempo su dicho no dejó de escandalizarme un poco. Ahora sería considerado muestra de la equidad de género. Pero advierto que divago, ejercicio al que me he dedicado siempre con gran asiduidad. A lo que voy es a decir que trataré de adivinar lo que harán los tres aspirantes a la Presidencia en su debate de mañana. Claudia Sheinbaum seguirá echando mentiras y alardeando de supuestos logros suyos y de AMLO. Xóchitl Gálvez atacará otra vez a su adversaria; presentará quizás algunos planes y hará un llamado a fin de que el voto útil y el de los indecisos sean para ella. El esquirolito Máynez cumplirá su función de patiño de López y Delgado: enderezará con mayor fuerza sus baterías contra Gálvez; dirá de Sheinbaum algo no muy fuerte, para disimular, y adulará a los electores jóvenes con expresiones y ademanes dirigidos a ellos. No sé si se cumplirá mi vaticinio, pero eso no le quita que sea vaticinio. FIN.

MIRADOR
Por Armando FUENTES AGUIRRE.

San Virila salió de su convento y tomó el camino que llevaba al pueblo. Iba en busca del pan para sus pobres.
Un niño buscaba nidos en la más alta rama de un alto árbol. Se quebró la rama, y el chiquillo se precipitó en una caída de esas que reciben el nombre de vertiginosas. Seguramente iba a perder la vida. San Virila. Sin embargo, hizo un ademán, y el pequeño bajó con lentitud por el aire y llegó sin daño al suelo.
Pasaba por ahí un filósofo -en aquel tiempo aún había filósofos- y se asombró, dijo, al ver que con su milagro el frailecito alteraba las leyes naturales.
-Nadie puede alterar las leyes naturales -lo corrigió Virila-, ni siquiera el que las hizo. Lo que sucede con los milagros es que algunas veces las leyes naturales se vuelven sobrenaturales.
El filósofo no entendió la explicación de San Virila. El niño le preguntó al santo:
– ¿Puedo subir al árbol otra vez?
San Virila, pese a su santidad, le dio un coscorrón al cabezudo. Le explicó al filósofo:
-Algunas veces las leyes sobrenaturales deben volverse naturales.
¡Hasta mañana!…

MANGANITAS
Por AFA.

«Tercer debate».
Una duda singular
me asalta, y aquí la cito:
Máynez, el esquirolito,
¿irá a cantar y a bailar?