Armando Fuentes Aguirre
Agencia Reforma

En este preciso instante, AMLO, Claudia Sheinbaum, la 4T y Morena deben estar diciendo mal de Manuel Bartlett, si no es que maldiciéndolo. Y es que en el peor momento, en plena campaña por la Presidencia, al desprestigiado funcionario se le cayó otra vez el sistema, ahora el eléctrico. Los apagones habidos en más de 15 estados de la República y en la Ciudad de México irritaron a millones de ciudadanos, junto con la promesa del presidente López —incumplida como la mayoría de las suyas—, de que ya no habría más interrupciones en el servicio de energía eléctrica. No pudo haber escogido ese funcionario, que en múltiples ocasiones ha dado muestras de ineficiencia —hablo de Bartlett, no de López Obrador, aunque también le es aplicable la frase—, no pudo Bartlett, digo, haber escogido coyuntura peor para exhibir las fallas de la CFE, de cuya administración sabe tanto como yo del manejo de la NASA. Esa notoria insuficiencia, aunada a la aberrante política de López en materia de energía, es una de las causas de los apagones que tantas molestias y perjuicios ocasionan a la ciudadanía. En este punto, la nostalgia se mete en mi ordenador y lo desordena todo. De la crítica me lleva a los recuerdos, cuando en mi niñez hacía la tarea a la luz de un oscilante quinqué, por los apagones que cotidianamente había en mi ciudad. Pero es que el mundo estaba en la Segunda Guerra, y aun en aquel Saltillo pequeñito de la cuarta década del pasado siglo había que ahorrar electricidad «para contribuir a la victoria aliada», según declaraba al periódico «El Heraldo del Norte» el gerente de la planta de luz. Sacudo mi ordenador para que la nostalgia salga y vuelvo al áspero sendero de la política. Expreso una vez más —lo seguiré haciendo cada día hasta que llegue el 2 de junio— mi firme y sincera convicción de que un voto por Morena es un voto contra México. Mohenia, joven mujer en flor de edad, gustaba de expresarse en términos altílocuos, finchados, ampulosos, rimbombantes y prosopopéyicos. También así, me dijeron en Coatepec, hermoso lugar veracruzano, solía hablar en su temprana juventud María Enriqueta Camarillo y Roa, ahí venida al mundo. Una mañana, me contaron, pasó frente a su casa un campesino con un asno cargado de leña, y ella le preguntó en éstos o parecidos términos: «Dime, rústico habitante de los bosques: ¿en cuánto estimas el valor o coste del maderamen que fatiga los omoplatos de tu mansa y paciente bestezuela?». Apócrifa ha de ser la anécdota, seguramente. Doña María Enriqueta, gran señora, fue esposa de mi ilustre paisano saltillense Carlos Pereyra, historiador admirado en Europa y olvidado en su país. Mujer de múltiples talentos, notable poeta y escritora —estuvo nominada para recibir el Premio Nobel de Literatura— a más de extraordinaria pianista y apreciable pintora y dibujante, escribió un entrañable libro, «Rosas de la infancia», que por muchos años sirvió de texto en las escuelas primarias. Yo felicito a quienes en Coatepec siguen preservando su memoria, y me alegra poder decirles que la asociación cultural más antigua de mi ciudad, un círculo formado por talentosas mujeres escritoras, lleva el nombre de María Enriqueta. Pero advierto que me he alejado de un relato que ni siquiera he iniciado todavía. Mohenia, dueña de expresión magnílocua, contrajo matrimonio con Lindulfo, que poco o nada sabía de adornos del lenguaje. Al empezar la noche nupcial, ella le dijo: «Voy a entregarte ahora la nunca jamás tangida gala de mi impoluta doncellez». «Ah, chingao —se azoró Lindulfo, confundido—. Yo esperaba que me entregaras otra cosa». FIN.