Armando Fuentes Aguirre
Agencia Reforma

Si Dios hubiera querido que voláramos habría hecho que las líneas aéreas abarataran sus tarifas. Y si no hubiera querido que comiéramos carne no nos habría dotado de los dientes que adecuadamente se llaman «caninos». Este señor de mi ciudad pone en la entrada de la palapa donde reúne a sus amigos este letrero admonitorio: «Prohibida la entrada a abstemios, vegetarianos y oradores». Venturosamente yo no caigo en ninguna de esas tres categorías. Es cierto: en mi juventud cometí pecado de oratoria, pues estaban de moda los concursos de ese género, hechos para reclutar jilgueros al servicio del PRI. Sin embargo, siempre me he dedicado al muy honroso menester de ir contra la corriente, de modo que pronto abandoné ese vicio. ¿Abstemio? Nunca. Desconfío del que en una reunión bebe demasiado, pero desconfío más del que no bebe nada, a menos que sea uno de esos heroicos Alcohólicos Anónimos que a fuerza de voluntad y de otras dos grandes cualidades se han liberado de la esclavitud de la bebida. Por otra parte no desconozco las ventajas de una dieta vegetariana, pero, qué voy a hacer: nací carnívoro por algún atavismo venido a través de las generaciones desde la Edad de Piedra. Mis tías recordaban, divertidas, que mis padres me llevaban a su casa -tenía yo tres años- y ellas me invitaban: «Quédate a comer, Armandito». Les preguntaba yo: «¿Hay caine?». Don José Vasconcelos, señor de todos mis respetos por muchas y variadas causas, dijo aquello de que el norte es el reino de los bárbaros de la carne asada. Otro José a quien admiro en igual medida, don José Alvarado, le respondió diciendo que una fritada de cabrito al estilo Coahuila o Nuevo León es un platillo más barroco que el más especioso mole poblano u oaxaqueño. Pienso que el gran Ulises criollo jamás probó una carne como las que acá disfrutamos en uno de esos rituales masculinos que son las carnes asadas: una ahuja -que no «aguja»- norteña; un diezmillo; un T-bone o sirloin; una cabrería. De seguro se habría abstenido de calificar de barbarie el hecho de comer carne asada, inefable delicia de paladar, sobre todo si el parrillero cumple el sapientísimo aforismo de cocina que prescribe: «Lo cocido, bien cocido. Lo asado, mal asado». Es decir que la carne ha de servirse y comerse cuando por dentro está color de rosa, y en su jugo. Discúlpenme un momentito, por favor. No puedo seguir escribiendo porque se me hizo agua la boca. Regreso para decir, a propósito de cocimientos, que el arroz de la elección presidencial de ningún modo está cocido ya. No cabe duda de que Xóchitl Gálvez ha ido subiendo en las encuestas, y hay algunas que la colocan en lo que se llama «empate técnico» ante Claudia Sheinbaum. Si me es permitido el uso de una expresión inédita diré que la moneda está en el aire. Y en cosas de política, es sabido, los vientos son cambiantes. Esperemos.

Aquel marido decidió abandonar a su mujer, pues ya no la aguantaba. Una mañana, cuando ella se había ido al gimnasio, el hombre hizo su maleta y se marchó de la casa. En un hotel pasó los días siguientes. Al principio todo fue bien, incluso disfrutable, pero después se le empezó a cargar la soledad. Extrañaba a su esposa; echaba en falta incluso sus regaños. Claro, había también momentos agradables, por ejemplo, cuando ella se dormía, pero, aunque la vida con su mujer era imposible sin ella era aburrida, y el tedio es la antesala de la depresión. Así, pasado un mes de su ausencia la llamó por teléfono y le dijo con voz grave y solemne: «He decidido volver a la casa». «¿Ah sí? -se desconcertó la esposa-. ¿Cuándo te fuiste?». FIN.