Armando Fuentes/ Agencia Reforma

CDMX.- ¿Qué traza tenía Mesalinia, la joven mujer que una tarde fue a ver a su abuelita, a quien casi nunca visitaba? Procuraré describirla. Pintada como coche, vestía ropas en las cuales por arriba se veía hasta abajo, y por abajo se veía hasta arriba. Lucía medias de malla, zapatos de tacón aguja y una boa de plumas que pretendían ser de avestruz, pero que en verdad eran de cócono, totol, pípilo, concho, mulito o guajolote. Llevaba bolsa de chaquira y lentejuelas, y trascendía al perfume llamado «Reina del Palenque», el cual se compra por medios litros en el mercado de la localidad. Llamó Mesalinia a la puerta del departamento de su abuela y le abrió la anciana, que a duras penas reconoció a su nieta, así de exótico era su atavío y así de provocativa su apariencia. La vacilación de la abuelita divirtió a la muchacha. Le preguntó sonriendo: «¿Soy o me parezco, abuela?». «Hija mía -respondió la vejuca-. A mí se me hace que eres». El conocimiento más difícil, decían los antiguos, es el de uno mismo. Cierto. Edad sobrada tengo, y todavía no acabo de saber quién soy. Más aún: temo saberlo. A lo mejor me sucede lo que a aquel paciente del doctor Duerf, siquiatra. Le dijo el analista: «No es que tenga usted complejo de inferioridad, don Wormilio. Lo que pasa es que es realmente inferior». Inútil es pretender aparentar que se es lo que no se es. Candidito, joven sin ciencia de la vida, casó con una tal Mendacia, de quien se prendó por sus atractivos físicos. ¡Ay, Candidito! Debiste oír el consejo que mi abuela materna, mamá Lata -Liberata-, daba a sus hijos varones en trance de buscar esposa. Les decía: «Hijos: la mujer por lo que valga, no por la nalga». La noche de las bodas Candidito vistió la piyama de popelina verde con corazoncitos rojos que para el efecto le confeccionó su madre y se colocó al pie del lecho donde se llevaría a cabo el himeneo. Mendacia se quitó la peluca que la hacía parecerse a Lauren Bacall, y que Candidito había tomado por su cabellera propia, y la puso en el buró. Luego se sacó los pupilentes que daban a sus ojos una bella coloración violeta, inexistente, no como los de Elizabeth Taylor, que tenía ojos de jacaranda en flor. También los pupilentes los puso en el buró. Ahí mismo depositó su dentadura, falsa, lo mismo que los rellenos que daban turgencia a su busto y a su caderamen, encantos que en Mendacia eran engañadores, como los de la chiquita que iba por Madero y Gante o a Prado y Neptuno. Todo lo puso la recién casada en el buró. Candidito veía eso con explicable confusión. Su desposada le preguntó: «¿Qué te sucede, Candidín?». Repuso el azarado novio: «Es que no sé si acostarme en la cama o en el buró». Ahora bien: ¿a qué todos esos relatos, sin aparente liga unos con otros? Vienen a cuento para celebrar la reciente declaración de Xóchitl Gálvez en el sentido de que en el próximo debate procurará ser ella misma, y que no se dejará influir por supuestos asesores que en vez de aconsejarla bien la desconciertan y confunden. Muchos ciudadanos, entre ellos quien ut supra firma, piensan que la llegada de Claudia Sheinbaum al poder constituye un riesgo para México, por sus ideas de izquierda; una izquierda no moderna, social o democrática, a la manera de la de algunos países europeos, sino un izquierdismo cerril, como el de los mediados del pasado siglo, de tendencia totalitarista, semejante al que ha jodido a Cuba, Nicaragua y Venezuela. Esperamos que en el próximo debate la candidata de la oposición luzca más sus cualidades. No olvidemos, sin embargo, que el verdadero debate se dará en las urnas el próximo 2 de junio. FIN.

MIRADOR
Por Armando FUENTES AGUIRRE.
Esta lluvia que cae ahora en mi jardín casi no cae. Es mansa, suave, lenta como caricia de mujer sapiente. La tierra la recibe, agradecida. Parece acto de amor de hombre sapiente.
Yo sé que llueve porque veo que llueve, no porque oigo llover. Se diría que esta callada lluvia no quiere ser la lluvia. No mueve las hojas de los árboles; las briznas de hierba no se han dado cuenta todavía de que está lloviendo.
Esta lluvia hace el bien tal como el bien se debe hacer: en silencio. Cuando empezó a llover nadie supo que había empezado a llover. Cuando la lluvia cese nadie sabrá que ha dejado de llover.
Lluvia amorosa, lluvia cariciosa, lluvia de Debussy: bienvenida seas. Haz tuyo mi jardín, y juega a las resbaladillas en el cristal de mi ventana. Ni siquiera tienes voz para arrullarme, pero en mi sueño seguirás lloviendo, y tu caricia hará que mi sueño sea manso, suave y bueno como tú.
¡Hasta mañana!…

MANGANITAS
Por AFA.
«Aumenta el número de pobres en México».
Expresarlo me da pena,
pero tengo esta certeza:
a una mayor pobreza
más votos para Morena.