Armando Fuentes/Agencia Reforma

CDMX.- «Me quisiera emborrachar de sentimiento». Así dice una canción de don Felipe Valdés Leal, paisano mío saltillense. De varias locuras me he librado venturosamente. Nunca he sufrido la locura del dinero, que es sórdido apetito. No he padecido la locura del poder, que corrompe a quien se deja poseer por ella. Me he librado de la locura de Dios, que a algunos lleva al fanatismo y a otros a la soberbia. No sé cuál de los dos males sea peor. Algunas veces, sí, pocas pero memorables, hice que entrara en mí esa locura temporal que es la embriaguez. Jamás llegué a perder la conciencia, pero me esforzaré en perderla siquiera por una noche, pues cada día se vuelve más regañona. Recuerdo ahora una borrachera inolvidable. Había en mi ciudad un trenecito, el Coahuila y Zacatecas, que hacía el recorrido entre Saltillo y Concepción del Oro. Su máquina era de vapor, su vía angosta y sus vagones, de carga y pasajeros, parecían de película del Viejo Oeste. La gente amaba al Coahuilita –así le decíamos todos afectuosamente– porque llevaba y traía a los habitantes de las muchas comunidades campesinas que había entre sus dos estaciones terminales, y a los humildes pasajeros se les permitía llevar con ellos sus gallinas, sus cóconos, sus chivos. Un día llegó la noticia de que ese trenecito iba a desaparecer, por incosteable. Se había hecho la carretera a Zacatecas, y los usuarios prefirieron el transporte vehicular al del ferrocarril. Se anunció la fecha del último viaje que haría el Coahuilita, y un grupo de románticos amigos de la nostalgia tomamos pasaje en él para despedir al que había sido parte de nuestras andanzas juveniles. Como por milagro aparecieron en el vagón tres o cuatro botellas de mezcal, y todos los pasajeros bebimos en amigable y melancólica compañía a la salud del tren que se iba. Se fue, en efecto, el Coahuilita, y lo despedimos con el sincero y hondo sentimiento que de una buena borrachera nace. Pero en mi corazón, si me es permitido un lirismo cardiológico, el trenecito sigue haciendo su mismo recorrido. A lo que voy es a decir que los expertos consideran que hoy por hoy los trenes de pasajeros no son viables en México; que establecerlos es empresa de alto costo, según lo demostró el Tren Maya; que su operación es complicada, y poco posible su éxito económico. A pesar de eso, Claudia Sheinbaum, en acatamiento del libreto escrito por quien la puso en el camino de la Presidencia, declara que tenderá miles de kilómetros de vías ferroviarias, y que propiciará la creación de trenes de pasajeros. Ese proyecto es uno de los muchos que dejó en el aire López Obrador. Ya se ve que no hemos superado la etapa de las ocurrencias, y que las obras sin plan ni planos posiblemente seguirán. Numerosas carencias primordiales hay sin atender –la salud, la educación y la seguridad entre las principales–, y eso de hacer trenecitos se antoja no propósito, sino despropósito. Tal parece que la primera mujer Presidenta de México obedecerá los dictados de un hombre, tal como hacían las mujeres de antes. De veras: me quisiera emborrachar de sentimiento. El señor le comentó a su esposa que en la empresa donde trabajaba estaban despidiendo personal. «Pero no te apures –la tranquilizó con aire de suficiencia–. Nada más están corriendo a los pendejos». Al día siguiente llegó a su casa desolado. Traía consigo su carta de despido. Le dijo a su mujer: «Ahora sí ya agarraron parejo». La señora le pidió el divorcio a su provecto cónyuge para irse con otro hombre más joven. Le comentó al marido: «Sé que con él voy a tener los mismos problemas que contigo, pero al menos él tiene todavía con qué reconciliarnos». FIN.

MIRADOR
Por Armando FUENTES AGUIRRE.
Ciudad de México. Año de 1941.
Este hombre, periodista y poeta -se pueden ser las dos cosas al mismo tiempo-, vive en un cuarto alquilado en la calle de Enrico Martínez número 12. Una madrugada llega a su habitación después de haber trabajado toda la noche en el periódico. Se acuesta y apaga la luz.
Apenas está conciliando el sueño cuando de pronto una ráfaga de aire frío levanta la sábana que lo cubría. Piensa: «Me olvidé de cerrar la ventana». Enciende el foco. La ventana está cerrada. Abajo pasa por la calle un cortejo funeral. Pocas horas después le llega un telegrama. Ha muerto un familiar cercano muy querido.
El escritor se llama Alfredo Cardona Peña, y narra ese episodio en un libro de memorias.
Yo no creo en cosas sobrenaturales, y en muchas de las naturales me cuesta trabajo creer. Entiendo, sin embargo, a la señora a quien alguien le preguntó si creía en fantasmas. Respondió. «No, pero me dan miedo».
¡Hasta mañana!…

MANGANITAS
Por AFA.
«Pugnas en el PRI».
Ese pleito es muy notorio,
y se ha visto desde cuándo.
Es como estarse peleando
en el curso de un velorio.