Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Carlos Reyes Sahagún, por la gracia del H. Ayuntamiento de Aguascalientes, cronista de esta municipalidad, a sus habitantes, sabed: que en la UAA, en los periodos inter semestrales, se organizan cursos para los profesores, encaminados a mejorar su práctica docente, refrescar conocimientos, etc. Además, los estudios ofrecen la posibilidad de, digamos, romper con la dinámica de pensamiento que lleva uno normalmente, y por unos días; por unas semanas, experimentar con otra. Si me permite la imagen, es como si normalmente ejercitara usted su cerebro en un gimnasio determinado, y por unos días acudiera a otro, y utilizara otros aparatos.

Marginalmente, aunque no menos importante, los cursillos ofrecen a los profesores la posibilidad de convivir con sus pares de otras áreas y centros, cosa que no ocurre normalmente. Entonces es posible compartir visiones, experiencias, conocimientos, aspiraciones, entre agrónomos y economistas, urbanistas y politólogos, ingenieros y comunicadores, etc. Semejante actividad trae por resultado la constatación de la gran riqueza que alberga la universidad, las aspiraciones de muchos, sus conocimientos, las diversas maneras de observar el mundo, y en particular a Aguascalientes.

Por mi parte, en el periodo que recién concluyó, escogí una materia ofrecida por el Departamento de Filosofía, que llevó el sugerente nombre de “Problemas filosóficos contemporáneos”, sobre el que quiero platicarle alguna cosilla, no sin la advertencia de que unos filosofan, en tanto que otros nada más le hacemos la lucha; nada más eso.

Comienzo por lo más obvio: todos tenemos una idea del mundo, del universo, de la sociedad, de las personas. Esta idea, que puede ser pertinente, o distante de la realidad, de niño o de adulto, banal o profunda, etc., la construimos y alimentamos a partir de lo que vivimos, las personas con las que hablamos, los libros que leemos, las películas que vemos, los noticieros que escuchamos, los Facebook y WhatsApp que frecuentamos, etc.

Pero, ¿qué tan fiable es esta idea?, es decir, ¿cuánto concuerda con la realidad?

Hace unos días, un parroquiano de un WhatsApp del que soy miembro, publicó un letrero en el que se decía: “sé de muy buena fuente” que va a ocurrir esto y aquello. Entonces pregunté que cual era esa “buena fuente”, a fin de evaluar la calidad de la información. La respuesta fue el silencio… Si me permite una imagen de esto, es como si el carnicero, a la hora de despacharme un kilo de carne adobada de Villa Hidalgo, me dijera: “oiga, qué feo lo que le sucedió al señor Trump, ¿verdad?, que los comunistas le robaron la elección; lo sé de buena fuente”. La imagen es hasta grotesca, pero luego ocurre que creemos cosas absurdas, que no resisten un análisis serio. Haga la prueba y verá. Medio mundo le cree al trompetas, con todo y que jamás exhibió pruebas de su dicho; jamás argumentó en su favor.

En fin, que tener una buena idea del mundo; confiable, es importante para poder transitar por la vida con los menos contratiempos posibles, las mayores felicidades, seguridades y tranquilidades, y equivocarse lo menos posible. Si de por sí, ya ve cómo son las cosas, y peor con una idea equivocada.

De veras es tan importante, que no faltan personas a las que su idea errónea llega a costarles la vida, y no hablo metafóricamente. Vaya este ejemplo simplón: si usted circula con dirección sur-norte por la Avenida Aguascalientes, y gira hacia el oriente, rumbo a Avenida Universidad… Si no tiene un conocimiento pertinente sobre qué tan abierta o cerrada está la curva, y le imprime al vehículo la velocidad correspondiente, es probable que termine en el camellón, tal y como ha ocurrido en más de una ocasión. Claro que hay infinidad de asuntos mucho más sustanciosos que este, aunque quizá no menos importantes, si usted pierde la vida en el accidente, o se la arrebata a algún cristiano que esté en el camellón…

Pero he aquí que nuestra idea siempre es limitada y difícilmente escapa al error. Esto ocurre debido a nuestra pobre humanidad, y al hecho de que el universo nos resulta inabarcable y muchas cosas cambian continuamente. Entonces, si es de su interés adquirir una buena idea, tendrá que emplearse a fondo en su reflexión, lo cual no deja de ser un poquito cansado, pero bueno, ya andamos aquí, y hay que aprovechar el viaje: en verdad algo se puede lograr; algo, aunque también debo admitir que a muchas personas les tienen sin cuidado estos asuntos, y les va medianamente bien.

Ya entrado en estos gastos, pregunto, me pregunto: ¿cuáles son los asuntos que ocupan nuestra atención ahora? Propongo los siguientes: la polarización del país, el enojo que experimentamos muchos por lo que ocurre o deja de ocurrir, las próximas elecciones, los enfrenamientos políticos en todos niveles, el regreso del pasado -usted me entiende-, la inseguridad, los robos a mano armada y en campo abierto, los efectos globales, nacionales y locales del coronabicho, el nuevo gobierno estadounidense, el torneo de futbol, el cambio climático.

Estos son, en términos generales los temas de conversación que ocupan nuestras horas actuales, nuestros encuentros. Se trata de cosas de diversa importancia y duración, que van y vienen, según ocurran hechos que los alimenten. Aparecen y a los dos o tres días desaparecen para no volver, o se quedan entre nosotros durante semanas; meses.

Así como para abrir boca -abrir mente-, el primer día de clase la maestra nos pidió que calificáramos el año pasado. ¿Cómo nombraríamos al 2020? ¿Cómo fue el año anterior, de cara al acontecimiento dominante que ha sido la pandemia?, es decir: ¿Cuál sería nuestra idea del mundo a propósito de lo que está ocurriendo? (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).