Moshé Leher

Hace ya la friolera de treinta y pico de años, cuando terminé mis estudios de licenciatura, fui a Monterrey, no recuerdo a qué pero aproveché el viaje para ir a ver al filósofo Agustín Basave, padre, al que me habían recomendado para que dirigiera una tesis de grado, sobre filosofía del lenguaje, que pensaba escribir (y que evidentemente no existe), pues ya entonces era yo muy pretencioso y muy dado a los esfuerzos de esos que son a la vez tan arduos como inútiles.

Recuerdo la casa del viejito, la placa de la entrada que decía que era cónsul honorario de Portugal, los muros con libros del suelo al techo, mucha bibliografía católica y anti comunista y poca cosa más; de la charla apenas tengo fragmentos (‘haga un esbozo, me lo manda y ya veremos’), aunque si mi memoria no me traiciona, y la mía es más traicionera que un Monreal, creo recordar que el hombre bostezaba.

Nunca volví, pues a pesar de mis pretensiones y mi pulsión por esos esfuerzos atroces y sin ninguna utilidad, tampoco es que me fuera a pasar yo los meses rompiéndome el coco con el Tractatus, sobándome los libros de Leech, tratando entender a Searle o, lo peor, pretendiendo de que entonces (como ahora) entendía algo de las cosas que planteaba Bertrand Rusell. Me vine a casa, comencé una carrera laboral que duró cuatro décadas y resultó ruinosa, y me olvidé de la mentada tesis.

Un par de años después, para no prolongar el trámite de la obtención de un título (otra adquisición inútil), fui a la universidad, donde me plantearon varias opciones para conseguir el papelito; una de ellas era que hiciera una tesis sobre la experiencia profesional que hubiera adquirido entre que dejé las aulas y hasta entonces, donde ya había trabajado en un diario, en una cadena de radio y hasta en una televisora.

Le conté a mi jefe de entonces: yo hago un documento moderadamente gordo, donde cuente lo que he hecho en estos dos años y…

-¿Pero qué has hecho? ¡Si no has hecho nada! -me contestó.

Recuerdo esto ahora que cumplo ya, recién anteayer, once meses sin oficio (y sin beneficio, literalmente), pensando no ya en que es un hecho que me malogré, sino en que si cuando trabajaba mis jefes me tenían por un bueno para nada, lo que pensará la buena sociedad de éste que escribe cuando tengo ya casi un año que no le pego un palo al agua.

Pero por salud mental me paro a reflexionar y me digo -sin convencerme del todo-, de que una cosa es no tener un trabajo remunerado y otra estar en la inopia, papando moscas las 24 horas del día y los siete días de la semana. Bien visto he hecho un montón de cosas.

Entre otras actividades, dos meses me metí al taller de impresión del Museo Escárcega a dibujar e imprimir una serie de cinco grabados (que expondré en España a fines de este mes); escribí en cosa de cinco meses, lo que según yo es el sesenta o setenta por ciento de un novelón ruso; ayudé y asesoro todavía, en reuniones semanales, a un grupo de profesionales que están a punto de lanzar un negocio de esos muy modernos…; para no ir muy lejos ayer recién firmé una treintena de nuevos grabados, para una carpeta litográfica, que recién hice en el TNG; eso por no hablar de una docena de pinturas al óleo que he ido pintando en los meses recientes (y de los cuales incluso vendí uno).

Tampoco es que me haya estado rascando la barriga.

Que de estas actividades salga algo, ya es otra cosa; lo dicho: soy el campeón mundial de los trabajos hercúleos y los esfuerzos vanos.

Por poner un ejemplo, he perfeccionado mi juego de golf, lo que no es poca cosa si pensamos que yo tengo dos manos zurdas y dos pies siniestros, y los cables que unen los hemisferios cerebrales cruzados o fundidos, y lo que al fin de cuentas tampoco es nada, pues tampoco es que ese perfeccionamiento me vaya a llevar a la gira de la PGA, ni mucho menos.

A días de marcharme de aquí para atender una oferta de trabajo y acabar de plano exiliado, digo que sin embargo mis mejores logros de estos once meses son dos: por un lado no haber engordado, que no es poca cosa dada mi tendencia a la obesidad (sí, así como me ven de enquencle) y por el otro, más importante, no haberme muerto de hambre.

¡Shalom alejem!

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