Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Ya se acerca el fin de este annus horribilis, y para las fechas de publicación que me quedan me temo que no alcanzaré a cerrar todos los temas que abrí a lo largo del periodo, y que interrumpí por una razón u otra. Pero bueno, realmente no importa, teniendo en cuenta que estamos en medio de la nada, atrapados en el tiempo (¿acaso no ha escuchado la expresión según la cual desde que la muerte microscópica se aposentó entre nosotros y a muchos nos encerraron, el tiempo se detuvo de tal manera que ahora andamos por ahí del doscientos cincuenta y cinco de marzo, más o menos?), y como en el año que viene este huésped indeseable seguirá con nosotros, por más madera que toquemos, de seguro seguiremos atrapados en esta nada. Así que haré como si el cambio de año no significara mayor diferencia con este que pronto entrará en agonía, y agotaré estos temas. Quizá sea el momento de desafiar la proclama aquella de “chango viejo no aprende maroma nueva” y proponerme ser, digamos, más ordenado con mi escritura; quizá.

Comenzaré con las peripecias a las que ocasionalmente se ve sometido el cronista en el desempeño de sus funciones, que interrumpí en agosto. Entonces le conté que de pura chiripada había sido testigo de la entronización de una nueva imagen de la Virgen de la Asunción en la altísima comunidad de La Congoja, en el occidental municipio de San José de Gracia.

En honor a la verdad, la imagen de referencia me gustó, por lo que me acerqué a los sacerdotes oficiantes para obtener alguna información sobre quién la había realizado, en donde, la técnica, los materiales, la inspiración; cosas así. (No tengo el mal gusto de preguntar el precio). Según me informé, quien se había encargado de ella era el coadjutor de la parroquia josefina, que ahora sé que era el padre Mario. Después de la misa la comunidad invitó a los asistentes a una birria. Entonces, entre plato y plato, me acerqué al joven eclesiástico y lo cuestioné al respecto. Sacó su capote y me hizo una verónica, y luego, ¿qué sería, una gaonera? En fin, el hecho es que el hombre esbozó una sonrisa y en una actitud tan propia de nosotros los mexicanos; tan común, de no enfrentar a alguien, sino irse de ladito, andarse por las ramas, no dijo que no, pero tampoco que sí, y se justificó diciéndome que estaba ocupado con la servidera de platos, cosa que me era evidente, por lo que esperé un rato, hasta que me pareció obvio que no tendría la información, por lo que mi dulce compañía y yo nos fuimos, escapando por una nadita del manto oscuro de la noche.

Pero volví a ver al sacerdote, ahora en la fiesta de la Virgen de Guadalupe, en Cieneguita, San José de Gracia…

¡Rayos!, ¡qué ganas de escribir sobre otras cosas!, temas más profanos, y no siempre sobre fiestas religiosas… Escribir, por ejemplo, sobre una marcha del orgullo gay, una discusión en el Congreso sobre la ley del aborto; algo así, una función de lucha libre, y hasta sobre asuntos, digamos, non sanctos, como esas cosas y actividades que existen, pero que la sociedad relega a las orillas, disque para no ensuciarse… Y luego los políticos, que ya no salen a la calle, así como si nada, por aquello del no te entumas, y que la gente les recuerde a su tatarabuela en agradecimiento a su espléndido y maravilloso desempeño. Así que solo se presentan en actos controlados; todos con gente de su contento, en donde brillan las notables evaluaciones de su gestión. Pero no, aquí sigo con la imaginería religiosa, como si estuviera condenado a tal cosa.

En fin. Esta fiesta de Cieneguita, San José de Gracia, la conocí por intercesión de mi contertulio de Al tranco, origen, esencia, el profesor Felipe Acosta -otra chiripada-, y se realiza, como en todo el país, en la noche del día 11 y todo el día 12 de diciembre. La celebración tiene lugar en una capillita muy agradable que se encuentra en el campo, entre la carretera que comunica a San José de Gracia con San Antonio de los Ríos y anexas, y la ribera oriental de la presa Calles, a unos cuantos kilómetros de la cabecera municipal.

Ahora el sacerdote celebró la misa de 11 de la mañana, así que cuando terminó me acerqué, y volví a preguntarle por la imagen de La Congoja. Yo creí que ahora no iba a tener manera de evadirme, puesto que no había platos de birria que servir ni pasteles que partir, pero me equivoqué. Como el obispo, este amigo también sacó su capote y me hizo la faena…

A la petición de información me contestó que después nos veíamos para platicar, porque tenía que celebrar misa en El Potrero de los López, que ciertamente está a un buen tirón de kilómetros de Cieneguita, y bueno, se comprende. Siendo la principal fiesta católica del país, se comprende que haya harta chamba para los administradores de la otra vida. Pero yo hice caso omiso de su dicho y pregunté por quién la había hecho y en dónde. ¡Rayos! ¡Eso era todo lo que quería saber, para darle crédito al artista! Su respuesta fue que luego me entregaba un documento “y ahí va a venir todo”.

¿Y luego? ¿Dónde lo vuelvo a ver? ¿Cómo me lo entrega?, si lo ando persiguiendo por todas partes. “Me busca”, contestó, y empleó una frase que me pareció curiosa; pintoresca, “Deje lo hago, porque apenaslo tengo en tinta, y todavía me faltan muchos detalles, para que no haya malos entendidos”.

Ya no insistí, ¿para qué? Algunas cosas más me dijo, que me guardo por puro pudor, y porque francamente la situación del hombre me dio pena. ¿Malos entendidos? ¿Por qué o de qué; de quiénes? En fin. Quizá algún día, si estas líneas tienen la fortuna de convertirse en un libro; quizá entonces escriba cosas que no constan aquí. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).