Moshé Leher

Y sigo.

Como pasó con todos los negocios, o casi, las librerías cerraron sus puertas. Allí estaban varios libros por leer, contaba, y muchas relecturas por delante. Primero fueron los diarios de Gombrowicz, y luego esa ‘Bella del señor’ de Albert Cohen que tanto se me había resistido. Buscando el paisaje de Ulises en la corte de los Feacios y luego el encuentro con Eumeo, me fui de largo con toda la Odisea, con la Mímesis de Auerbach y de allí a unos ensayos de Hannah Arendt sobre el fin de la tradición.

Luego vino mi jubileo adelantado, lo que me sirvió para volver a mi vieja ‘Germania’ de Tácito, a Suetonio y los Julio Claudia, hasta que topé con pared con los Tratados morales de Séneca, cansado de tanta Roma, me puse a releer a los judíos: Bellow, Singer (de hecho los dos Singer, aunque ‘Los hermanos Asquenazí’ de Israel me sonó a culebrón de la televisión mexicana), Auster, los dos Roth… En algo tiene uno que gastar el tiempo, tenía cuatro décadas en lo mío y de repente me encontraba con los largos días por delante y muy pocas ganas de irme a sentar a las bancas de la Plaza.

La relectura de ‘Herzog’, de Bellow, me empujó a atreverme de una buena vez con el Tratado de historia de las religiones de Eliade; a este Eliade que tenía en el olvido desde que lo consulté, para los procedimientos mágicos, cuando escribía mi tesis doctoral, hace ya veinte y pico de años, y al que me encontré de nuevo en ‘Ravelstein’ y luego en ‘Herzog’, como un exiliado rumano, sospechoso de haber colaborado de alguna manera poco clara con la siniestra Garda de Fier (La Guardia de Hierro), la aliada rumana de Hitler. De allí a volver a Ciorán sólo hubo el paso que tuve que dar –y el estirón de brazos: yo soy más bien chaparro-, para tomar Desgarradura de uno de los estantes más altos de mi biblioteca.

Como sea, pues es cierto que Don Quijote se volvió loco de tanto leer, necesitaba ocuparme en alguna otra cosa, en el entendido de que darme a la molicie de los libros tampoco es que me haya llevado por ninguna senda provechosa. Me terminó de convencer otro libro de Bellow, su ‘Carpe diem’, un libro poco recomendable para según qué circunstancias. La historia de un sujeto que acaba de perder su trabajo, cuya vida afectiva está hecha pedazos y que apuesta sus últimos dólares, timado por un dudoso psicólogo, en la compra de bonos de manteca de cerdo, en la Bolsa de Nueva York.

Yo tenía por allí casi doscientas páginas escritas de una historia. La comencé en el verano del 2019, cuando yo ya olisqueaba la tragedia que se nos venía encima; la dejé porque era una historia de largo aliento y a mí, cosas de fumador, suele faltarme el ídem. Como siempre que escribo comencé a dibujar en los cuadernos que, para tal efecto, para que me ponga a rayonear, me regalan de vez en vez amigos míos que son pintores. Cuadernos hechos con retazos, debidamente cosidos a mano, de papel de algodón.

El ocho de octubre, una fecha trágicamente recordable, le mostré mis dibujos a Eduardo Escárcega, quien ya me había invitado a usar su espectacular taller de grabado de ese museo que lleva su apellido pero que, más importante, lleva dentro su amor por el arte; el museo como acto amoroso. Quedamos en que, previo un periodo de planeación, allí haría yo una serie de grabados, sobre cinco o seis de esos dibujos.

Desafortunadamente esa misma tarde fallecía mi sobrino Enrique, lo que pospuso mi disposición para emprender cualquier cosa. Como sea seguía leyendo, dibujando y a inicios de diciembre comencé otra intentona con la historia, una historia más grande que contenía la anterior; en ese esfuerzo me regalé una rutina en la que articulé las horas: madrugar, hacer ejercicio, avanzar en la búsqueda y alcances de mi cocina experimental (cuya eficacia queda demostrada en el hecho de que no he muerto de hambre o de indigestión), escribir, dibujar. Beber.

Todo como marco de una reflexión más honda: la de intentar aprender qué tiene el poder que a tantos vuelve locos, yo que justamente estoy dispuesto a casi cualquier cosa para alejarme de las personas y los centros de ese poder. Como he agotado mi espacio, lo que sigue ya llegará en alguna entrega próxima.

Shalom alejem.