Moshé Leher

El asunto se presta al chiste facilón: uno de esos chistes ilustrados que los modernos llaman ‘meme’: un rostro ajado, ojeroso y una leyenda: ‘Así estoy a fuerza de madrugar para ver a los mexicanos quedar en cuarto lugar’; de allí a hacer juegos baratos de palabras, jugando con la expresión ‘de cuarta’, los repetidos cuartos lugares y la autodenominada ‘Cuarta Transformación’, hay una distancia ínfima.

A quince kilómetros al sur de Barcelona está el Canal Olímpico, que se usó en los Juegos de la Ciudad Condal, en el 92, para las pruebas de piragüismo o canotaje de aguas tranquilas, que hoy está reconvertido en un espacio municipal a cargo de la alcaldía del pueblo de Castelldefels. Como quien va a la playa desde el pueblo, camina uno por la Avinguda Constitució hasta el puente que lleva al Anec Blau (el Pato Azul) y que tras cruzar por encima de la Autovía C31 -que lleva a Tarragona-, están las instalaciones.

Yo corría ese tramo, desde el centro del pueblo, para ir, cuando por alguna cosa no podía o no me apetecía ir hasta Barcelona, para asistir al gimnasio, una instalación para los vecinos a la que se podía acceder por la nada módica cantidad de 8 euros por visita.

Tirando de la memoria, en uno de los muros, en el pasillo del vestíbulo, están inscritos los nombres de los competidores de las finales de canotaje de los Juegos de hace ya 29 años; un día, baboseando, leí que en una de las pruebas (¿K1, C2? No sé, apenas entiendo yo de ese deporte), el cuarto lugar había sido un mexicano, si mal no recuerdo un tal José Martínez, hoy olvidado justo por su condición de cuarto lugar: sin medalla no hay memoria.

No sé quién o por qué la convención dicta que se reconoce, y se homenajea, a los tres primeros lugares de cada prueba de las Olimpiadas, oro, plata y bronce, lo que no es un asunto que tenga que ver con el ‘espíritu olímpico’, pues en los juegos antiguos se laureaba al ganador y, según entendido, aquel malogrado Filípides, corrió el primer maratón de la historia en solitario, hasta caer, según la leyenda, muerto a las puertas de Atenas.

Esto de los tres lugares, como todas las convenciones, es una arbitrariedad, y bien podríamos pugnar por que se reconozca a los cuatro o cinco primeros lugares de cada disciplina, para que se note menos el habitual fracaso olímpico de las sucesivas delegaciones mexicanas.

Bien vistos, estos fracasos no se corresponden al lugar de México en el concurso de las naciones; si fuera por el bono demográfico, deberíamos estar en el Top Ten, pues somos el décimo país del planeta por número de habitantes; si se trata del volumen económico, aunque ya salimos de los primeros diez puestos, bien podríamos estar en el decimoquinto lugar, que el tamaño del PIB mexicano está en esa posición; el asunto más parece tener que ver con nuestro lugar en cuanto al PIB per cápita, pues en ese renglón somos el lugar sextagésimo sexto del orbe, y hasta donde entiendo ayer andábamos rondando el lugar setenta en el medallero olímpico.

Como no voy a hacer sociología de nuestro traspié de cada cuatro años (en esta ocasión excepcional han pasado cinco desde el último papelón), que sean los expertos, si los hay, o los todólogos, que sobran, quienes hablen de las causas culturales, de los factores socioeconómicos o sencillamente de lo que todos presumimos, que la Conade y el COM son como la cueva del famoso Alí Babá, para buscar si no explicaciones, siquiera consolaciones.

Y no me salgan con la deplorable justificación esa de que crecimos escuchando la deleznable canción esa que dice que ‘no hay que llegar primero, pero hay que saber llegar’.

Lo cierto es que hace tiempo no nos iba tan mal en esto de ir de fracaso en fracaso en los Juegos (un asunto que, a todas luces, no tiene nada que ver con nuestros atletas, ejemplares casi todos, sean cuartos, quintos o hayan sido eliminados antes de optar a las medallas), lo que sí que debe tener que ver, aunque sea en parte, a estos tiempos nuestros en que a las autoridades de la austeridad republicana les tiene sin cuidado: la salud, la inversión, la calidad educativa, la investigación científica, el desarrollo turístico, la cultura, las artes y los deportes, entre otras muchas cosas -que son lujos neoliberales, al parecer.

Y como ya me estoy pasando, una conclusión: la regresión democrática que nos tiene de regreso a los años setenta del siglo pasado, como síntoma de un gran salto para atrás colectivo.

¡Mazel Tov!

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