Jesús Eduardo Martín Jáuregui

No está Ud. para saberlo pero yo si para contarlo, aderezarlo y sazonarlo ¿por qué no? En el servicio público en el que alguna parte de mi vida ha transcurrido, se presentan más que en otras áreas la posibilidad de trato con todo tipo de personas y personajes. Especialmente cuando de alguna manera tiene que ver con la búsqueda de la justicia en cualquiera de sus modalidades, que, aunque para algunos sea una sola, los códigos y los juristas se empeñan en separarlos. Por un lado la justicia civil, por otra la penal, más allá la laboral, en otro rumbo la administrativa y los ramos federales esparcidos por la república.

Desde mis pininos hace más de cuarenta años (así de muchos), tuve “clientes” la mar de simpáticos. Recuerdo, por ejemplo, un joven, mi tocayo (entonces ambos éramos jóvenes), que llegó a la Dirección de Aberraciones Previas (entonces le decían averiguaciones) y luego de franquear la frontera del “Cielito lindo” que era el apodo del judicial comisionado, llegó a mi escritorio que era el del Director con un ejemplar de El Heraldo que abrió en la página roja (entonces se llamaba policía) que seguramente redactaba Ernesto Gutiérrez (amigo y compañero de muchas jornadas periodísticas), me mostró el titular a ocho columnas que decía: “Maniático incendiario prende fuego a la puerta del templo de San Marcos” y me dijo con aire de satisfacción y orgullo, o como decía mi papá, de potestad y adulterio: “Este soy yo”.

Sorprendido y divertido a la vez, aunque sin perder la seriedad le pregunte -¿Por qué la incendiaste? -Como protesta porque allí se casó mi novia -me contestó–. –A ver, a ver, no te entiendo, si era tu novia ¿por qué se casó con otro? -pregunté entre curioso e intrigado–. –Es que los papás la casaron a la fuerza –contestó– ¿Cómo? Pero ella ¿por qué no se opuso?, ¿qué te dijo? –inquirí cada vez más cabreado– Bueno -me dijo concluyendo-, yo con ella nunca hablé, pero a las claras se veía que me quería.

Vino a mi mente también, la vecina de Palo Alto que para efectos de esta columneja llamaré Guadalupe, quien justamente indignada llegó a Previas para presentar una denuncia. –Licenciado -me dijo- un mal vecino me da por querido a un viejo y vengo a acusarlo de desinflamación de honor-. Conteniendo a duras penas la sonrisa y evitando dar a descubrir el menor tono burlesco le pregunté -¿Qué lo tenía muy inflamado Doña Guadalupe?

Y, seguramente quedará entre mis amigos los secretarios de entonces que, sin ser abogados nos daban veinte y las malas a los que presumíamos de letrados, Salvador, Saúl, Javier, la Sra. Josefina, Juan y Jesús, alguno que recuerde a una viuda constante e insistente que cotidianamente recorría los juzgados exigiendo justicia, para recibir la herencia que legítimamente le correspondía, según ella, por la muerte de su difunto marido. Recién llegado hube de pagar el noviciado del complejísimo asunto de aquella desamparada viuda. Me informó el Secretario, entonces ya yo era el flamante Juez Cuarto de lo Civil y de Hacienda (juzgado recién creado), que me buscaba una señora viuda que me pedía un consejo. Todavía no deslavado el hábito quijotesco con que la juventud nos reviste, le pedí que la hiciera pasar. La mujer en esa edad indefinida que en las guapas se describe como interesante, me explicó con lujo de detalles sus penurias, cómo otros se habían aprovechado de ella, y cómo, por más puertas que había tocado, la sucesión de su difunto marido seguía entrampada. Todo parecía coherente hasta que se me ocurrió preguntar el nombre de su marido, Señor Juez –me respondió hierática– soy la viuda de Jesucristo. Entre indignado y divertido contesté haciendo acopio de solemnidad: Señora, antes de iniciar el proceso debo pedir autorización al Vaticano. Regrese por favor, la próxima semana.

Por supuesto que junto a esas anécdotas divertidas hubo otras plenas de equidad, de sentido común y de espíritu de servicio. El comisario municipal de Estación Adames, Cosío, me hizo llegar para mi “superior conocimiento” una maravillosa acta que conservo entre los tesoros preciados de mi ejercicio profesional, un acta de hacer las paces. Así, sí, así se titulaba “Acta de hacer las paces” y palabras más palabras menos decía: pasaron las dos familias los Rodríguez y los Martínez (nombres inventados por supuesto) con el propósito de hacer las paces y se comprometen a no ofenderse ni echarse indirectas, ni pullas ni torcer bocas ni arrastrar los pies, y a la contra si no lo respetasen aceptan los presentes y firmantes que se les ponga todo el castigo que diga la ley… Hermoso ejemplo de cómo la mediación rupestre funcionaba en nuestro estado.

Todos estos gratos recuerdos vinieron a mí, amable y desocupado lector, porque el día de ayer, que había sido especialmente pasado, poco después de las dos de la tarde mi secretaria me pasó una llamada de una persona que se quejaba de no haber sido atendida adecuadamente, a regañadientes (lo debo confesar) le pedí que me lo pasara. El diálogo se desarrolló más o menos así:

-A sus órdenes Don Juan Manuel (nombre supuesto), ¿en qué le puedo servir?

-Usted no me sirve para nada, tengo meses de estarlo buscando y usted no me atiende.

-Usted perdone Don Juan Manuel, ya lo estoy atendiendo, ¿en qué puedo servirle?, tengo entendido que ya lo atendió la Visitadora, la licenciada Emma.

-No… ¡qué me iba a atender!, nomás me hizo perder el tiempo, tengo meses buscándolo y nada.

-A ver Don Juan Manuel, la licenciada Emma me dice que ya tiene su asunto el licenciado Roberto, pero vamos a ver qué podemos hacer para apresurarlo.

– Usted no sirve para nada, ya me doy cuenta. Usted no sirve para limpiarle el rabo a un burro.

-Don Juan Manuel, pueque no pueda limpiarle el burro pero a lo mejor puedo ayudarle con su asunto. Dígame ¿de qué se trata?

-Qué le voy a decir, no le voy a decir nada. Es usted un estúpido.

A punto de enojarme, me acordé del incendiario, de la viuda de Jesucristo y de otras anécdotas más, que quedarán para mejor ocasión, y me dije a mí mismo: Mí mismo, una anécdota más.