Luis Muñoz Fernández

James Le Fanu, médico, periodista y escritor inglés, escribió un libro donde expone doce momentos clave en la historia de la medicina moderna, desde el descubrimiento de la penicilina en 1941, hasta la demostración de la causa bacteriana de las formas más comunes del gastritis y úlcera gástrica en 1984. En una segunda edición incluiría lo relativo al Proyecto Genoma Humano.

Recordando aquel libro de Stefan Zweig titulado “Momentos estelares de la humanidad” y ante lo mucho que se alaba a la medicina actual, supondríamos que el libro del doctor Le Fanu llevaría un título similar y, sin embargo, se titula “El ascenso y la caída de la medicina moderna”.

Ya en la introducción, su autor se refiere a “las cuatro paradojas de la medicina moderna”, que coexisten en esta época con los mayores avances de la ciencia médica. Esas paradojas son: la cifra creciente de médicos desilusionados, la obsesión con la salud y el temor a la enfermedad de la población, la popularidad cada vez mayor de la medicina alternativa y el alto costo de la atención médica.

A pesar de que hoy tenemos una medicina que ha logrado erradicar o controlar males que por siglos amenazaron a la humanidad, una parte significativa de la sociedad siente un profundo malestar hacia los médicos, tanto en el ámbito público como en el privado. Malestar al que se llama “deshumanización de la medicina”.

Aunque esa molestia suele atribuirse a la actitud mercantilista de algunos médicos y centros hospitalarios, pudiese haber causas más profundas que apuntan al modelo de medicina actual basado primordialmente en la tecnología. Es lo que nos dice el médico norteamericano Eric J. Cassell: “Parecería que el éxito tecnológico de nuestra era, cuando los médicos pueden curar la enfermedad con más eficacia que nunca, ha hecho desaparecer la función sanadora del galeno. En mi opinión, esto explica en parte el disgusto de la población con los médicos”.

Y es que Cassell distingue entre curar la enfermedad y sanar al enfermo. Para sanar se necesita mucho más que el despliegue tecnológico al que hemos reducido nuestra profesión. Hemos olvidado que nosotros mismos somos también agentes terapéuticos. Para recobrar ese papel es necesario que practiquemos, junto a la ciencia, las nobles virtudes que distinguen al verdadero médico. Como aquel cuadro de Picasso, “Ciencia y caridad”. O el de Luke Fildes, “El médico”.

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