Luis Muñoz Fernández.

Pretender “curar la homosexualidad” es el equivalente entre nosotros de la ablación (extirpación) del clítoris, tradición propia de algunas culturas de África y el Oriente Medio. La mutilación genital femenina, que va desde la extirpación del prepucio del clítoris hasta la resección de ambos labios (infibulación) y el cosido de la vulva para preservar la virginidad, tiene como propósito eliminar el placer sexual en las mujeres. Bárbara (fiera, brutal, dice el diccionario) costumbre.

Si la controversia sobre si la homosexualidad es una condición genética o una opción que la persona elige en algún momento de su vida no está completamente zanjada, lo que queda claro es que no se trata de una enfermedad que, como cualquier otra, deba ser tratada.

En el “Manual Diagnóstico y Estadístico de las Enfermedades Mentales”, el libro de referencia de la psiquiatría estadounidense y mundial, la homosexualidad fue eliminada como enfermedad desde su segunda edición en 1973 con base en las evidencias científicas, decisión respaldada por la Organización Mundial de la Salud a partir de 1990. Así que ya no hay porqué seguir estigmatizándola de esta manera.

Lamentablemente, buena parte de la sociedad mexicana y aguascalentense, de añeja raigambre machista y católica, no se da por enterada. Entre nosotros, grupos ultraconservadores, gracias a su cercanía con el poder político y eclesiástico, siguen empeñados en impedir, desafiando incluso las sentencias de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, todo intento de poner al día la agenda de los derechos civiles, sexuales y reproductivos de las mujeres y las minorías. Esgrimen para ello argumentos de una estulticia y oscurantismo infinitos.

Como ya ha sucedido anteriormente con este tipo de iniciativas, el ejemplo progresista nos lo pone la Ciudad de México. El pasado viernes 24 de julio de 2020, su Congreso prohibió las terapias para “curar la homosexualidad”. Además, según publicó ese mismo día el periódico español “El País”, “se castigará hasta con cinco años de prisión a miembros de iglesias, especialistas médicos y psicólogos que administren tratamientos violentos para ‘revertir’ la orientación sexual de miembros de la comunidad LGTB, procedimientos que carecen de evidencia científica”.

“¡Salgan demonios de la homosexualidad de este cuerpo en el nombre de Cristo!” es el tipo de expresiones que escuchan quienes se someten a estos tratamientos vejatorios y fraudulentos que incluyen la tortura física y psicológica. Resabios del Santo Oficio.

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