Moshé Leher

Será el mareo que, todavía hoy, me provoca el horario de verano; el sopor de estos mediodías ya primaverales; o mi natural propensión a andar por las nubes, pero se me ocurren unos bellos cuentos, que serían el correspondiente moderno a los antiguos cuentos de hadas, unicornios, princesas bellas y castas y adalides viriles y valerosos.

Este cuento tiene muchos seres fantásticos y un sólo villano: un ser malévolo, rácano, falso como los pseudoambientalistas que quieren torpedear esa maravilla del Tren Maya, aspiracionista como aquel pérfido Sorel de Stendhal…en fin, el summum de la inquina: ese personaje, mucho me temo, soy yo: un vil conservador.

Conservador, por definición, es aquel que está por mantener el status quo vigente; en mi caso yo lo soy, conservador, obviamente, porque quisiera conservarme vivo.

Leo, y aquí comienza el cuento, que los virtuosos ministros de la Suprema Corte de un país igualmente lleno de virtud, que son todos ellos unos Salomones, declararon constitucional una reforma eléctrica que, dicen los expertos, no sólo prima el uso de combustibles fósiles, sino que beneficia a una empresa paraestatal, afectará la generación de energías limpias y va a causar ruina, demandas, contaminación…

Pero eso dicen los que saben, que sabrán mucho pero no son señores bondadosos, como lo es el señor presidente, la suma de todas las bondades, que en ese país de mi imaginación promueve dicha reforma, para beneficiar a una empresa filantrópica, casi un Monte Pío, a la que, para efectos de ponerle nombre a las cosas llamaré la CFE (la Comisión Fenomenal Electromagnética, por sus siglas y por mis… pistolas).

Aquí es donde el diablo mete la cola, con perdón, porque hay un ser malévolo, un tipo ruin del tipo de Ebenezer Scrooge, de Harpagón y otros famosos miserables, que va por la vida quejándose de los que son, para él y su retorcida mente, abusos de esa ejemplar empresa que, no podía ser de otra manera, es dirigida con sabiduría y tino por otro ser angelical, Manolito Bartelete, una alma pura donde las haya.

Pero vayamos con este avaro aspiracional (el muy malvado ve partidos de beisbol en su televisión y por las mañanas usa su licuadora para satisfacer su gula y hacerse un licuado verde; miserable aspiracionista: aspira a no morirse de hambre), que en su mente retorcida no entiende, recibo en mano, por qué el sablazo de este bimestre, que es igual que el del bimestre anterior.

Su lógica retorcida no entiende más que sus razones, más chuecas que los renglones de… Torcuato Luca de Tena (en una novela deplorable, por cierto), pues una cosa era pagar tanto, cuando en su casa (sí, el ingrato pérfido hasta casa tiene, para que vean su catadura moral) vivían cinco personas que…

Y es qué, siguiendo la lógica de un Judas cualquiera, allí donde vivían cinco, como en la nana infantil, se fueron, uno por uno, los demás, y se quedó, como le era merecido, más solo que la una.

Y es que sí…., piensa, si consumíamos tanta energía cinco, debería ser menos cuando se fue aquella mujer del servicio, y luego el hijo, y luego la ex mujer, y luego la otra mucama… El típico pensamiento del avaro, que no sabe que de tipos como él -además de los manirrotos- está lleno el Cuarto Círculo del Infierno, donde reina el ciego Pluto, dios que es padre de los plutócratas que, hasta donde entiendo, algo tienen que ver con las atrocidades que pasan hoy mismo en Ucra…

En fin que el sujeto, el malo del cuento, por más que hace sus cuentas retorcidas, apaga su cuarto con cien ordenadores de espionaje, su motor de diez mil caballos con el que ilumina sus sótanos (llenos de bares clandestinos), apaga la luz de su campo de golf particular, y se va a pagar, para que no le corten la luz -esta noche el muy bribón quiere ver un partido de Grandes Ligas y comerse un emparedado a la plancha, y con queso.

¡Shabat Shalom!

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