Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Sr. Presidente de la República Andrés Manuel López Obrador:

Con todo el respeto que merece su investidura me dirijo a usted, conociendo que se encuentra de visita en nuestra ciudad. Me sorprende que mucha gente no lo supiera. Cuando yo era niño, más o menos en la misma época que cuando usted era niño y debe recordarlo, la presencia, la visita de un Presidente de la República era todo un acontecimiento, la ciudad se transformaba, las personas se alegraban, se vestían las mejores galas, vamos, repicaban recio y nos poníamos de manteles largos para recibirlo. Hoy, parecía como si su visita fuera un tanto subrepticia, furtiva, como si tuviera el temor de protestas o manifestaciones en contra de sus políticas y medidas administrativas, que no de su persona. Es claro, usted lo sabe y se lo acaban de recordar las urnas, que Aguascalientes requiere algo mas que un candidato mas o menos carismático (permítame usar ese calificativo un tanto a la baja, hasta del líder de la Luz del Mundo se dice que es carismático). Somos un pueblo que lo que tenemos ha sido producto del esfuerzo y del trabajo. El agua sólo abunda en nuestro nombre y somos recelosos del pan regalado y de la dádiva aparentemente generosa. Creemos más en la justicia que en la limosna. Su movimiento, Morena, es como decía aquella adivinanza infantil, una señora muy aseñorada con miles de parches y ni una puntada. Al menos aquí, ha aglutinado a especímenes tan diversos y tan contradictorios, por no decir excluyentes, que su fracaso no fue mas estrepitoso, porque su imagen, Sr. Presidente, cuenta mucho, pero aquí no es suficiente, si no se acompaña de un proyecto claro, de un programa anclado en una idiosincracia y con una visión regional. Somos orgullosamente mexicanos, pero somos orgullosamente aguascalentenses, celosos de nuestra identidad y de lo que significamos en el contexto nacional.

Le ofrezco disculpas por tomar la primera persona, aunque creo que comparto puntos de vista con muchos mexicanos, como yo, preocupados por su país y preocupados por su gobierno. Subrayé su título Presidente de la República, porque, con todo respeto, no le considero “mi” ni “nuestro” presidente. Es Presidente de la República y es mucho, mucho compromiso y mucho reconocimiento, pero nada más. Pertenezco a una generación en que al Presidente se le veía como un semidios, como al tlatoani, como a la reencarnación de un avatar, y nos costó mucho trabajo desmantelar esa mojiganga que era la “figura presidencial”, devolverle su escala humana y colocarla al nivel de un simple mortal. Veo con preocupación que su “oprichnina” (la corte que rodeaba al zar) se ha ido imponiendo, que su confianza en el pueblo bueno se ha ido deteriorando y que sus medidas de seguridad, incluyendo costosos vehículos blindados como los que se acaban de rematar y vallas de dos metros de alto y “fosos” que le separan del pueblo bueno, han ido creciendo.

Pertenezco a una generación a la que usted llegó muy poco después, a la del 2 de octubre, a la del 10 de junio, a la de la guerra sucia, conozco el papel que jugaron y han jugado las fuerzas armadas en la represión y en la corrupción, y reconozco también sacrificios y esfuerzos por aparentar algo diferente de su naturaleza, pero naturaleza es naturaleza. Lo decía Federico: “Tienen por eso no lloran, de plomo las calaveras”, y Nicolás: “No se porqué piensas, soldado, que te odio yo, si somos la misma cosa, tu, yo”, u Octavio: “Una nación entera se avergüenza.
Es león que se agazapa/ Para saltar. (Los empleados Municipales lavan la sangre
En la Plaza de los Sacrificios.)”,
y alguien de quien usted sabe de primera mano, Paco Ignacio: Un día, el día en que no me detuvieron, en que ni siquiera me tocaron los golpes, porque la ley y el orden me desprecian un rato descuidados (era de tarde, llovía). se olvidaron de mí. Era un día en que caminé por Insurgentes y los coches azules llenaban la calle hasta sacarla.

Sepa usted Señor Presidente, como lo decía Atahualpa Yupanqui: me cabalgan en la sangre dos abuelos, si señor, uno lleno de silencios y el otro medio cantor. Y se lo digo en tierra de Chichimecas, mis abuelos indígenas, que casi exterminaron a mis abuelos españoles al poco tiempo de haber establecido el Presidio que sería el germen de la Villa, que ahora es Aguascalientes. Y estoy orgulloso de ambos y lamento la muerte de Francisco Tenamaxtle pero también la de Juan de Montoro y la de Catalina de Ayala. Aquí, por ellos, por ambas raíces, aprendimos a ver al futuro y a no desgastarnos en remendar retazos, de lo que fue, solo quedan pedazos.

De donde usted viene Señor Presidente, no falta el agua ni la comida, dicen y dicen bien: Tabasco es un edén, pero acá en el altiplano, en los Altos de donde provienen tantas familias aguascalentenses, en los Cañones y en las tierras secas de nuestro norte, si viera que tuvieron que migrar tantos paisanos, sufrir tanto, ellos y sus familias, los que se fueron y los que se quedaron, los “braceros”, le llamaban. Mi primer amigo de la infancia, bracero, murió en el desierto de Arizona, a unos cuantos kilómetros de Phoenix. Será por eso que duele tanto que, luego de un anuncio esperanzador sustentado en Derechos Humanos, usted, el Presidente de la República, haya claudicado en la defensa de las dignidades, humanas y políticas.

Señor Presidente: con todo respeto me preocupa Usted y mi Patria, primero Usted, porque la Patria, como dice José Emilio Pacheco, tiene algo de etéreo e inasible. Me preocupa que le hayan ido alimentando ese miedo que ahora se le manifiesta: a la pérdida de control, a que le gane la inseguridad, a las instituciones democráticas que le cuestionan, a la fuerza del vecino, a la delincuencia organizada, a la corrupción, a la impunidad…

Confíe en las instituciones, Señor, muchos mexicanos han muerto por y para ellas. Para hacer grandes cosas, decía Montesquieu, no basta estar por encima de los hombres, hay que estar con ellos.

Con el respeto a la ley, a las instituciones, al Derecho, cuente conmigo, Señor Presidente.

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