Víctor Hugo Granados Zapata

El pasado martes sucedió una masacre dentro de una escuela en Texas, Estados Unidos. Según el reportaje de Josh Peck y J. David Goodman, periodistas del portal The New York Times, el autor material de esta tragedia fue un joven de 18 años, quien llegó armado a una primaria rural en el estado de Texas, dejando un saldo de 19 niños y 2 adultos asesinados, siendo uno de los atentados locales más mortíferos que ha tenido dicha entidad en su historia. Como era de esperarse, la polémica que se desató en torno a dicha noticia desembocó en el debate de la regulación de las armas en EU (Gun Control), así como también los diferentes enfoques políticos con los que se han abordado dichos temas (demócratas vs republicanos). Sin embargo, en esta ocasión vamos a centrarnos en el después, ¿cuáles deberían ser las acciones que se deben tomar para prevenir estos casos? ¿Cuál ha sido la falla medular para garantizar la seguridad en las aulas?

Antes de abordar este tema, quiero dejar claro que estoy en contra de la venta de armas (bajo cualquier circunstancia), considero que la disposición de éstas con facilidad es, por sí mismo, el factor clave que potencia cualquier otra causa que motive a realizar estos atentados. En otras palabras, cualquier circunstancia (por más complicada o grave que sea) se puede tratar o buscar una mejor intervención, pero cuando las armas llegan con facilidad, los esfuerzos poco o nada podrán hacer para evitar una tragedia. El número de casos en EU e incluso en México nos han dado prueba de ello.

Ahora, las políticas más populares para “evitar” el paso de armas u objetos potencialmente peligrosos a las escuelas son los programas de inspección de mochilas (en México, el famoso programa de “mochilas seguras”, declarado inconstitucional por parte de la Primera Sala de la SCJN en el Amparo en Revisión 41/2020) y el uso de detectores de metales en la entrada de las escuelas. Estos esfuerzos comparten un mismo error y es que su prevención parte del supuesto en el que la o el alumno llega con el arma y debe ser abordado, sin intentar comprender el contexto que puede haber detrás ¿cuáles son los motivos por los cuales llevaría un arma a su escuela? ¿qué ocasiona o motiva al estudiante a cometer dichos atentados? Nada de eso parece importarles a las autoridades educativas, o al menos sus acciones lo único que reflejan es un sistema de estigmatización y segregación escolar. ¿Cómo funciona esto? Ninguna persona nace “mala” o con ánimos de iniciar un tiroteo de la nada, los contextos de hostilidad por los que muchísimos estudiantes están pasando en todo el mundo los orillan a cometer diferentes tipos de acciones, o bien, les generan trastornos de los cuales (obviamente) no están conscientes. Tan sólo tratemos de imaginar cómo se ha de sentir un estudiante que vive en un contexto violento o con ausencia de apoyo emocional, que no sabe que padece de algún problema psicológico o psiquiátrico y por ello no sabe qué tipo de apoyo solicitar, y que además padezca de algún tipo de aislamiento o acoso escolar.

No estoy justificando por ningún motivo el actuar del autor material, trato de dar a entender que el abordaje que se requiere para tratar de forma más efectiva estos problemas debe ir encaminado al perfil de quienes ejecutan estas acciones, de ahí que las medidas de siempre jamás han funcionado (y quizás nunca lo hagan). Las escuelas deben contar con mecanismos preventivos basados en asesorías psicológicas continuas y promover ambientes de tolerancia. Si se contara con más psicólogos en las escuelas y se le diera una mayor importancia a la educación socioemocional, este tipo de tragedias podrían evitarse con mayor efectividad (aunque en el contexto estadounidense, lo primero que debe hacerse es prohibir la venta de armas). Debemos fomentar soluciones menos punitivas y que busquen una prevención integral y no sólo parcial.

Es muy difícil para mí escribir sobre este tema, me invade una enorme tristeza ver cómo les arrebataron sus vidas a esos 19 niños que tenían toda una vida por delante, cómo les arruinaron la vida a sus familias, así como también la muerte de una de las profesoras (Eva Mireles) ocasionó que su esposo falleciera de un paro cardiaco al enterarse de la noticia y dejara a sus cuatro hijos huérfanos. Me duele ver cómo, de nuevo, una pésima estrategia de prevención ha provocado tanto daño a nuestra sociedad. Deseo de todo corazón que esta tragedia sea la última y que todas las familias que han sido lastimadas puedan encontrar paz. Esto trasciende lo político, nadie debería tener un destino así de cruel e injusto y debemos frenar las tragedias de una vez.

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