Moshé Leher

‘When I get older losing my hair’…

Algo anda mal aquí, me dijo la empleada del banco. Había ido a practicar el extraño, para mí, don de la paciencia y a rascar mi ajada cartilla de ahorros, que es un decir. Esa frase me hizo saltar el corazón en el pecho. De un tiempo a la fecha temo que se me acuse, formalmente, del delito de empobrecimiento inexplicable (aunque todo tiene, debe tener, una explicación medianamente lógica). El problema, sin embargo, era otro: mi credencial de elector, ese pedazo de plástico que me permite ir por el mundo diciendo que yo soy yo, está vencido.

Lejos están esos tiempos inmemoriales en que la gente iba por la vida siendo ella, sin necesidad de demostrarlo. Era uno el hijo del jornalero, el sobrino del conde, la hija de la panadera… Luego llegaron las ciudades, la revolución industrial, la modernidad, los defraudadores y los suplantadores de identidad y ahora todos tenemos que distinguirnos de algún modo. Ni ídem.

Yo siempre fui de la idea de que las identificaciones (pasaportes, carnés de identidad, credenciales del Club de Leones, cédulas de elector, etcétera), deberían sacarse de una vez y para siempre, aunque admito las dificultades, de demostrar que un calvo chimuelo, demuestre que es ese niño rollizo, rubicundo, pecoso de la credencial de vacunación que le emitieron en 1950, lo mismo que hacer creer a la señora de la ventanilla que esa mujer voluptuosa, con pechos falsos, es en realidad esa niña pecosa y de trenzas de la foto de la credencial de las Niñas Misioneras.

Como sea, me resigné a la monserga de hacer otro trámite y obtener una nueva identificación del INE (la anterior era del extinto IFE), no para votar en las consultas que se le ocurren a nuestro caudillo, sino para no pasar directamente a la muerte civil, de la que estoy en el umbral mismo, con la sorpresa de que conseguir la cita por la Internet fue un paseo y que el trámite que hice esta mañana, fue de lo más expedito y hasta agradable -si uno ha bajado tanto su parámetro de lo que es agradable y qué no lo es.

Hoy fui a mi cita, en un módulo en San Cayetano, y me encontré una oficina limpia, a una recepcionista diligente y a una mujer, ya en la ventanilla del trámite propiamente dicha, que me atendió con amabilidad y eficacia. Luego de diez minutos salía yo de dicha oficina, con un resguardo para recoger mi nueva identificación en un plazo de diez días. Al margen del debate por la embestida del presidente-sumo sacerdote contra el INE, deberíamos defender al Instituto, pienso yo, sólo para dejarlo de muestra de que en este país hay instituciones, pocas, que funcionan o parecen hacerlo.

Al salir de allí reparé en que mi nueva identificación, que entiendo que tiene una vigencia de diez años, se vencerá cuando yo tenga 66 años, que es una edad a la que nunca creí que llegaría.

La reflexión, lo admito, no es mía, sino que se la leí a Tito Monterroso, una vez que fue a renovar, en la embajada de Guatemala en México, su pasaporte, con una vigencia que no le alcanzó la vida para cubrir, lo que me recordó luego la famosa canción de The Beatles ‘When I’m sixty four’, que fue una edad que no alcanzaron ni Lennon, asesinado a los 40, ni Harrison, que murió a los 58, lo que no quiere decir -luego me van a acusar de andar dando ideas- que en lo sucesivo el carné de conducir, la credencial del IFE, el pasaporte y hasta la credencial del Club de Lectura ‘Gabriela Mistral’, deban renovarse cada seis meses.

Como sea no deja de ser atroz que uno lleva en la billetera, que en mi caso es más una pequeña cartera para guardar credenciales varias, documentos que probablemente caducarán mucho después que el portador, sobre todo una que tengo del Club de Admiradores de Alfred Jarry y la Sociedad Patafísica, que me vence en el 2054, un año al que, con la vida que me he dado, no voy a llegar, con la salvedad de que mi momia quede incorrupta -extremo también más que dudoso.

Queda pendiente un asunto: el de una pregunta (im) pertinente que me hizo la mujer del módulo, y que no supe contestarle, aunque eso ya lo dejamos para el artículo del martes próximo -si es el caso, claro-.

Por cierto que debo hablar con mi rabino -que no tengo- para saber si me está permitido en estos diez días que van del Rosh Hashaná al Yom Kipur, y que se suponen que son de guardar y de arrepentimiento, aunque lo que no me está permitido es abusar del espacio que me ofrecen en este diario.

¡Shalom!

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