Luis Muñoz Fernández

En más de un sentido, vivimos tiempos desconcertantes. Las certezas con las que nos movíamos por el mundo se han vuelto intangibles, nos están abandonando y no sabemos si volverán. Los principios que creíamos eternos, hoy ya no nos lo parecen tanto. Casi le damos la razón a Groucho Marx cuando decía: “Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros”.

Lo que hace difícil esta época de pandemia es cambiar una inercia de décadas. Abandonar el individualismo como norma de vida, ese hábito que nos llevaban inculcando durante tanto tiempo y que mucho nos gustaba, para empezar a vivir en clave comunitaria. Ahora lo que importa no es el yo, sino el nosotros.

Las reglas han cambiado. Si cada día entre las siete y las ocho de la tarde nos dicen “quédate en casa”, no es por mí (ni para mí), es por todos. Sin ser una imposición cuyo incumplimiento acarreará un castigo policial, el mensaje machacón, cuyo acatamiento implica más de una renuncia personal –el derecho a la movilidad, por ejemplo–, ha desplazado el enfoque en el beneficio personal para reorientarlo hacia bien común. Nos redescubrimos como seres inevitablemente sociales. Nunca debimos haberlo olvidado.

Hasta la atención médica, que siempre privilegiaba la autonomía del paciente como el principio bioético por excelencia, ahora pone a la justicia social por delante. No es que se olvide al paciente como individuo digno de todos los desvelos, sino que en condiciones de emergencia sanitaria la práctica cotidiana de la medicina debe someterse a la de la salud pública: tratar al mayor número de pacientes y salvar la mayor cantidad de vidas. En este caso, podemos estar seguros de que se regresará al orden anterior una vez que las aguas vuelvan a su cauce.

Philippe Ariés, en su “Morir en Occidente desde la Edad Media hasta nuestros días” (Adriana Hidalgo editora, 2016, publicado originalmente en 1975), afirma que hoy vivimos instalados en la negación de la muerte, en lo que él denomina “La muerte prohibida”. Pues bien, el coronavirus ha proscrito esa prohibición. La muerte está ahora en boca de todos. Gotea en cada uno de los informes que circulan y se distribuyen sin faltar un solo día.

Cuando las reglas cambian y lo hacen tan inesperadamente, necesitamos una ética de urgencia. Y no sabemos si la de ayer nos servirá para hoy.

 

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