“Por cada iglesia que Dios coloca, el Diablo pone una capilla… ahora veremos cuál tiene más adeptos.”
Daniel Defoe

Recientemente la sociedad aguascalentense se mostró abstraída en el cumplimiento de la actividad dogmática que marca la senda kerigmática denominada Semana Santa, donde la población se unifica en un proceso mayestático de reflexión y alabanza espiritual, que armoniza tanto con la ingesta de onerosa fauna marina e insípidos frutos capsicúmenes capeados de mal resabio (mejor conocidos como chiles rellenos), como con la obligada revisión televisiva de cintas que perpetúan la difusión católica de los Textos Sagrados (aún si estas producciones poco o nada tienen que ver con el Nuevo Testamento, catalizador primordial para estas celebraciones, pero que distan de relatos como “Los Diez Mandamientos” o “Sansón y Dalila”. Es de suponer que todo es lo mismo para la congregación LED si hay togas y sandalias de por medio…).
Mas es sabido que por cada imagen, hay un reflejo. En el caso de la beatitud, siempre encontrará su oscuro y torcido símil en las profundidades del averno, fuente de inspiración para incontables narradores, tanto literarios como pictóricos y cinematográficos, que han instalado como eje central de sus relatos a la antítesis de la divinidad, la encarnación de todo mal que se ha impuesto como una de las figuras dramáticas y discursivas más exprimidas por la ficción especulativa: Lucifer, la antítesis de la teología occidental que se ha manifestado, a su vez, como el gran acusador de las faltas humanas, por lo que, ergo, despierta la fascinación en la creativa e inquieta mente del hombre.
En el cine, la participación de Satanás suele tener como base una perspectiva de insigne factorización moral, ya que en todas las producciones donde surge su asulfurada presencia, ésta suele protagonizar debates de índole ética, de decoro e integridad, al tentar y colocar a los personajes centrales en situaciones que ponen a prueba su endeble condición mortal, por lo que me centraré en aquellas cintas donde el Diablo mismo sea un personaje y no un mero peón de homilías con pavorosas caretas de pactos infames y posesiones varias.
La primera visualización en cine de un demonio de representación icónica (cornamenta, alas monstruosas, tridente, etc.) lo encontramos en el maravilloso semidocumental alemán “Häxan: La brujería a través de los siglos” (1922), un atmosférico y plástico recuento de las prácticas negras y hechicería, bañado de ambientación expresionista donde se adaptan las tortuosas páginas del Maleus Maleficarum, texto invaluable durante la cacería de brujas del siglo XVI. En el filme, Belcebú tiene una aparición contundente, pero breve (insólito y envidiable cameo del director Benjamin Christensen), al igual que en otras producciones subsecuentes donde tan sólo se le alude o simplemente adora. Es por ello que “El bebé de Rosemary” (Polansky, 1968, E.U.) marcó un hito en la filmografía satánica, ya que el mismo Leviatán era el progenitor del bebé nonato del personaje principal (Mía Farrow en histórico papel), en una producción rebosante de calidad a nivel interpretativo y narrativo, donde el factor aterrador no reside en el contacto directo con Luzbel, sino en la propagación y aceptación simbólica de su palabra, culminando en un desenlace pesimista y por demás real en una Norteamérica asolada por Nixon y sus invasiones a Asia.
A partir de ese momento, la figura de Belial participará activamente en el desarrollo de historias que, o protagoniza o es un punto nodal, tal y como sucede en: “Satánico Pandemonium – La Sexorcista” (Solares, 1975, México), donde una monja (Cecilia Pezet) es seducida por Ha-Shatán (Enrique Rocha como un Mauricio Garcés del infierno, aún si esto suena redundante) en un filme que aún no supera la barrera de la censura en nuestro país; “Corazón de Ángel” (Parker, 1987, E.U.), excelente neo film noir ambientado en Nueva Orleáns, donde un detective (Mickey Rourke) descubre que trabaja para el mismísimo Mefistófeles (Robert de Niro en regia interpretación) en un caso de místicas implicaciones; “El día de la bestia” (De la Iglesia, 1995, España), jocosa y metalera fantasía tan ácida como su soundtrack, con uno de los mejores demonios jamás diseñados para la pantalla; “El abogado del Diablo” (Hackford, 1997, E.U.), madura interpretación de la leyenda de Fausto con un Al Pacino en el papel para el que nació interpretar y Keanu Reeves como lo que siempre sospechamos ante sus tiesas interpretaciones: el Anticristo; “La novena puerta” (Polansky, 1999, E.U.), mediano esfuerzo del maestro Roman Polansky donde explora la naturaleza del mal infernal en contraposición con la penumbra existencial humana, y “La reunión del Diablo” (Dowdle, 2010, E.U.), reciente contribución a la cinematografía satánica, muy eficaz en su tratamiento sobre el enjuiciamiento moral de sus sujetos.
Muchos títulos quedan en el tintero, algunos por falta de espacio y otros simplemente porque no encajan en la línea de la columna (recordemos que en “El exorcista” el perpetrador es un esbirro de Azazel llamado Pazuzu y en las “Profecías” Demian es la prole de Semyazza), pero aquellos mencionados probarán ser una fuente de reflexión espiritual a la par que cualquier producción propia de los sacros fines de semana vividos año con año, ya que, después de todo, no podemos añorar un Paraíso sin considerar el Averno, ¿verdad?
Nota: Todos los títulos mencionados se encuentran a la renta en la videoteca del .C.C. Casa Jesús Terán.

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