Josemaría León Lara Díaz Torre

Al realizar un análisis de riesgos con la finalidad de prever las eventualidades que pudieran llegar a presentarse particularmente en materia política, suele servir para desarrollar los planes adecuados de contingencia para intentar solventar las problemáticas derivadas de determinado hecho fortuito. Pero a su vez, únicamente es posible tener una visión amplia del panorama ya que cada calamidad sea producto de la naturaleza o del hombre tiene sus puntos particulares; y es precisamente aquí dónde las decisiones del momento en etapas de crisis pueden llegar a ser la diferencia para enfrentar el peligro y reparar los daños.
Hace ya poco más de dos años cuando dio inicio el proceso para suceder a Barack Obama al frente del gobierno de los Estados Unidos, tanto gobiernos extranjeros como medios de comunicación locales como internacionales no tomaron en serio la posible candidatura de quien en la actualidad es el inquilino de la Casa Blanca. Se veía como una broma, un capricho de un magnate deseoso de llamar aún más la atención; ¡vaya sorpresas que da la vida!, cuando el mundo entero se llevó la amarga sorpresa de que Donald Trump sería el sucesor número cuarenta y cuatro de George Washington.
Para ese tipo de situaciones no existe ningún análisis de riegos lo suficientemente bien hecho para poder anticipar lo que se avecinaba. Y aunque sus discursos en campaña dejaban entrever lo que pudiera llegar a ser, no significaba de nueva cuenta que se le tomara en serio; ahí está el detalle, el señor Trump hizo una campaña atípica, peculiar y ciertamente opuesta a la forma tradicional de ser política, pues aquello que dijo, aunque en su momento pareciera exagerado, hoy se está cumpliendo. Situación que de enero a la fecha, tiene al mundo completamente destanteado.
Por un lado podemos ver los “posibles” conflictos armados en contra de Venezuela y Corea del Norte, cómo los problemas que dentro de su propio país, este sujeto ha causado. La Historia no nos dejará mentir como tampoco olvidar, los problemas raciales que se viven en aquel país han permanecido generación tras generación; aunque anteriormente se acotaba a la eterna pugna racial entre blancos y afroamericanos, hoy se ha extendido a otras minorías como son los latinos y los asiáticos.
Pareciera imposible pensar que en pleno siglo XXI después de lo que hemos sufrido como humanidad, se siga creyendo en la ideología de superioridad racial blanca, pero no lo es. Basta con recordar los hechos ocurridos el fin de semana pasado Charlottesville, para darnos cuenta que la forma de ser y las recurrentes declaraciones de Donald Trump han despertado los fantasmas del pasado, invitando al odio y al desprecio; y todavía en lugar de tomar una postura como jefe de estado que es, defiende a los supremacistas blancos argumentando que hubo culpa de ambas partes.
De qué manera lo general se convierte en particular, de qué manera el ser humano se vuelve a tropezar con sus mismos demonios, de qué manera olvidamos nuestros errores e insistimos en lo mismo. Y aunque sea distinta una cosa de la otra, hablándose de la supremacía blanca en Virginia o el terror sucedido ayer en Barcelona, el odio que fracciona y hiere a la humanidad es el mismo.
Y para ponerle el dedo aún más profundo en la llaga, esto provocó que los grupos de empresarios que asesoraban al presidente decidieran dimitir; algo que no se puede traducir en un escenario más terrible en pleno inicio de las renegociaciones del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, ya que a diferencia de México y Canadá que se habrán de apoyar de sus empresarios, los Estados Unidos solo salen al ruedo con los representantes del gobierno de Trump.

@ChemaLeonLara
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