Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Los vaqueros también envejecen

(Nota: Esta película se exhibe en cartelera comercial y se incluye en este espacio por su naturaleza analítica y observadora del fenómeno cinematográfico, pero es responsabilidad del espectador si decide asistir a una sala cinematográfica ante la contingencia sanitaria que impera).

Con mucha naturalidad y la sabiduría que otorgan los años transcurridos en el quehacer cinematográfico, el nonagenario Clint Eastwood prosigue con lo que evidentemente es su cierre discursivo sobre su propia condición existencial iniciada con “Los Imperdonables” hace casi treinta años, para ir acallando esa ira que propulsa a su personaje en aquel magnífico western con Morgan Freeman y Gene Hackman en un rumbo casi zen hacia la paz interior, algo que no sólo se manifiesta sino casi consolida el leitmotiv de su más reciente cinta titulada “Cry Macho”, un western contemporáneo con tintes crepusculares cuya narración va tomando color conforme avanza paulatinamente en un viaje de descubrimiento hacia la sensibilidad y el significado verdadero de la masculinidad, desensamblando el arquetipo del “macho” para localizar aquello que mantiene en pie a un hombre sin importar edad o condición por parte de quien contribuyó a la mitificación del término mediante papeles icónicos como El Hombre Sin Nombre en la trilogía de los “Dólares” de Sergio Leone en los 60’s, o los filmes sobre “Harry El Sucio” durante la crisis identitaria gringa de los 70’s, por lo que el resultado conmueve a la vez que resulta completamente coherente por ser Clint quien lo orquesta.
La película se ubica en el Texas de 1980, donde Eastwood es un veterano jinete de rodeos llamado Mike Milo, quien tuvo que retirarse años atrás por una grave lesión en la espalda. Su amigo y mecenas Howard (Dwight Yoakam), quien lo acogió toda su vida profesional para después contratarlo como su cuidador de caballos en jefe, le pide que viaje a México para traer de vuelta a su hijo Rafael (Eduardo Minett), quien se encuentra bajo la custodia de su madre Leta (Fernanda Urrejola), una mujer alcohólica con gran posición económica. Mike accede como parte de la gratitud hacia Howard por su incondicional apoyo y llega a nuestro país para cumplir su encomienda, descubriendo que no será tan fácil, pues Rafa es un adolescente voluntarioso a quien sólo le importa alejarse de todos y vivir junto a su gallo “Macho” al que usa para peleas ilegales. De manera más bien fortuita los dos emprenden el camino de vuelta a los Estados Unidos, siendo perseguidos por los guaruras de Leta y germinando un proceso de autodescubrimiento entre ambos, pues Mike rencuentra el sentido de la vida a través de los frescos ojos de Rafa y el chico, quien sueña con pisar suelo estadounidense, por fin tiene una figura paterna a la cual afianzarse, lazo que logrará estrecharse aún más cuando forzosamente deben permanecer unos días en un pequeño pueblo que los alienta a enfocar su destino a uno donde tal vez Norteamérica no sea una meta soñada.
Eastwood casi niega la postura ultraconservadora y Republicana que lo distinguiera hace décadas para musitar con mucha madurez sobre su edad y el convivio con una etnia tan disímil a la suya, al punto de elegir para su personaje a una mexicana (la excelente Natalia Traven) que dirige una fonda junto a sus cuatro pequeñas nietas. Varias escenas fundamentan esto con gracia y sobriedad, como aquella en la que Clint y Traven bailan en el establecimiento al ritmo de “Sabor a Mí” de Álvaro Carrillo o la sublime delicadeza con que Mike le sirve un vaso a una de las nietas, la cual es sordomuda. Las cualidades dramáticas que coquetean con un humilde lirismo al estilo de “Los Puentes de Madison” conviven con la cinética y energía de muchos filmes de Eastwood donde su hombría predomina pero que aquí se deconstruye y examina por algo más cercano a la virilidad real, aquella que no se muestra con la fuerza sino con los gestos y la dedicación a otros. Esta construcción de situaciones y personajes son las que hacen de esta película un gozo. La única nota disonante que afecta esta armonía es la pésima interpretación de Minett, quien no solo balbucea y mal pronuncia sus diálogos, sino que además no logra la mimetización adecuada con su papel, quedándose muy atrás con el resto del reparto y aflojando algunos momentos de obligado rigor histriónico, por lo que su pobre desempeño frena cierto alcance de la cinta por ser su personaje el eje dramático del filme. Mas “Cry Macho” sigue siendo una cinta de Clint Eastwood, y si bien el legendario actor, productor y director ya tiene su cuota de clásicos y no es primerizo en la convivencia con actores mediocres, siempre da gusto ver cómo prosigue en su intento por refinar su discurso, uno donde deja ver sin reparos o trastabilleos su amor por el 7º Arte, aún si éste no llega a las alturas de “La Mula” o el western antes mencionado y eso también es de machos.

Correo: corte-yqueda@hotmail.com