Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

La caricatura viste a la moda

Y la vivisección de los clásicos animados de la Disney por la Disney continúa, ahora en formato individual tratando de localizar los puntos de exploración y redención de sus villanos más memorables en un proceso no iniciado pero sí popularizado por las dos mediocres intentonas de “Maléfica” a modo de desvergonzada apología ante la inamovible corrección política que encadena la percepción moderna sin contemplar o valorar siquiera el momento histórico o circunstancias culturales que les dio vida a estos temibles antagonistas en primer lugar. La tendencia prosigue con Cruella de Vil, procreada en la novela de Dodie Smith titulada “Ciento Un Dálmatas” y figurada de manera sorprendentemente nihilista en su adaptación animada de 1961como una correosa, avejentada, supremamente malvada y siempre fabulosa diseñadora decadente obsesionada con hacer abrigos de la piel de dálmatas. Su estampa ya tuvo una oportunidad en el mundo del liveaction con el remake de 1996 y su secuela 4 años después donde Glenn Close se apegó al espíritu del personaje mostrándose sociópata y perversa cual debe, pues hablamos de una antagonista que cumple con las expectativas de la audiencia sobre lo que debe ser una adversaria: indecorosa, insolente, arrogante con un toque de narcicismo y completamente apática a los sentimientos o necesidades ajenas. Con esta nueva producción la Fábrica del Ratón procura generar una leve disección sobre los porqués de su conducta, proveyendo incluso lagunas excusas en su pasado para su procaz comportamiento adulto pero no para eximirla sino a modo de radiografía emocional, lo que hubiera funcionado e incluso trascendido esta cinta si no fuera por un manejo tan desigual de su ritmo e intenciones narrativas que no permiten homogenizar tantas ideas que se presentan en la trama y procesos por los que atraviesa el personaje, pues posee un primer acto trivial y casi chantajista, uno intermedio francamente bueno y un tercero que da giros y giros para tratar de llegar a su complaciente conclusión. Si no fuera por la notable sinergia entre el director Craig Gillespie (“Yo, Tonya”), su excelente fotógrafo Nicolas Karakatsanis y el empeño de todo su cuadro de actores, este trabajo bien pudo ser, como dice la protagonista, “una reverenda porquería”.
Desde el inicio, Cruella marca el rumbo de la trama al presentar su nacimiento y crecimiento como una niña con el infortunio de poseer cabello bicolor en la Inglaterra de los 70’s, lo que le acarrea abusos y burlas en la escuela. Su madre, una mujer humilde y trabajadora busca lo mejor para ella pero la niña, de nombre Estella, posee carácter y actitud férreos con altas dosis de rebeldía, orillando a su mamá a sacarla del liceo para buscar una vida nueva en Londres, por lo que pedirá ayuda a una vieja conocida. En el proceso la madre de Estella muere al caer de un barranco a causa de unos perros dálmatas que viven en la lujosa mansión de la dama a quien visitan, una famosa diseñadora de modas conocida como la Baronesa von Hellman (Emma Thompson). Al quedar en la orfandad, Estella termina viviendo con dos chiquillos callejeros llamados Horacio y Gaspar para dedicarse al robo en las calles londinense en la mejor tradición de Charles Dickens. Al crecer, Estella (Emma Stone) muestra grandes aptitudes para la costura, logrando trabajar bajo las órdenes de la Baronesa por circunstancias que sólo pueden darse en el cine (y en particular en una producción de la Disney), cumpliendo su caro sueño de ingresar al universo del haute couture, pero la Baronesa es una mujer déspota, ególatra y monomaniaca, lo que conducirá a Estella a renunciar a su identidad para ser conocida ahora como “Cruella” y así darle batalla en el terreno de la moda con sus propias creaciones, todas ellas conjuradas y presentadas bajo la influencia del naciente movimiento del rock punk.
La actuación de Emma Stone ciertamente logra insuflar de energía y vivacidad a la película, manejando diversos tonos emocionales que pretenden esculpir a un personaje que no nació siendo malvado, simplemente las circunstancias así lo han moldeado, pero el tono inadecuado en la presentación de estos matices son los que impiden un florecimiento correcto y una conexión adecuada con la protagonista, la cual deambula entre el patetismo, la locura, la sabiduría emocional y el cliché. Es como si toda la estructura argumental de “El Diablo Viste a la Moda” (Frankel, E.U., 2006) fuera la obra negra de esta cinta para verse recubierta con la presentación del conocido personaje de Cruella, justificando de cierta forma mediante los abusos a los que se ve sometida por su entorno empobrecido y de la Baronesa el futuro trato que le prodigará a los 101 dálmatas, por lo que la ambivalencia moral y ética no permite que se comprenda o ajuste a Cruella a una sintonía correcta, pues queda claro que la cinta busca presentarla como una entidad fuerte y empoderada, pero es complicado adecuarla a un rol triunfante cuando conocemos su oscuro devenir, por lo que el filme busca narrativamente embonar un cubo en el orificio de un círculo. A esta problemática dramatúrgica se le suma una sensibilidad de telenovela donde los giros de tuerca abusan de sus recursos dramáticos pidiéndole al espectador que engulla más de lo que el filme puede ofrecer. “Cruella”, como película, puede andar con sus fortalezas plásticas, escenográficas e histriónicas, pero en el rubro argumental, se queda muy atrás en la pasarela de adaptaciones Disney a versiones de carne y hueso. Ojalá y tomen nota en estas fallas y confeccionen una secuela (ya anunciada) menos vistosa y más funcional, como la ropa misma.

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