Por J. Jesús López García

Para el mundo occidental, lo antiguo -estatus al que se llega después de pasar por la categoría de lo simplemente «viejo»-, es una situación que toma una de dos rutas: o trata de preservar los objetos que constituyen esa posición, o simplemente les deja a su paulatino deterioro que trae como consecuencia su desaparición. En la mayor parte de éstos últimos casos lo «viejo» no cristaliza en lo «antiguo» y esa desaparición sobreviene antes de lograrse la más respetable clasificación.

Actualmente en el centro de nuestra ciudad viven alrededor de 6 mil familias, lo que al promedio actual de los miembros de cada núcleo familiar nos arroja la cantidad de menos de treinta mil personas que para los más de 800 mil que aproximadamente constituyen la población de Aguascalientes capital, son una muy pequeña minoría. A medida que la vivienda abandona un sitio, el lugar empieza a experimentar el deterioro que antecede a la desaparición de inmuebles cuya mayoría tal vez no posean las características patrimoniales, testimoniales, arquitectónicas o artísticas que les puedan hacer parte de un acervo de bienes protegidos por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) o el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), pero lo realmente dramático es que la parte de la ciudad que en teoría debería ser la más consolidada, empieza a ser la menos densa en habitantes y poco a poco, en construcción.

Lo anterior que en algunos puntos, muy contados, trae como consecuencia la oportunidad de volver a construir bajo esquemas utilitarios más rentables, en la mayoría de las zonas donde el fenómeno se presenta, se percibe un abandono creciente que en un círculo vicioso produce más deterioro y de nuevo más abandono.

Los objetos construidos tienen esa situación, si se les mantiene y cuida, conservan su utilidad, y con ella su valor, aumentando, si es lo que importa más, su precio de mercado; sin embargo el descuido parece obrar exactamente al contrario y no solamente eso, ya que los efectos negativos se contagian al entorno. Como un miembro gangrenado, la necrosis urbana resultante empieza a amenazar al contexto. Un edificio abandonado es un polo de atracción a actividades nocivas que socavan la tranquilidad del vecindario; un inmueble solo y descuidado a un plazo medio o largo termina por ser peligroso para los transeúntes; un reservorio de flora y fauna dañinos a la salud y en suma un vacío que tiende a expandirse por el lugar.

Naturalmente la demanda de inmuebles como esos no es mucha y su precio va siempre a la baja. Por otra parte, quienes pueden apreciar características positivas en aquellos inmuebles saben que rehabilitarlos es muy costoso y se suma eso a una serie de factores negativos que dilatan aun más los tiempos para una posible recuperación arquitectónica y urbana.

La arquitectura es testimonio de la actividad creativa y vital de su sociedad, pero también se puede constituir como una crónica de un triste deterioro que no es imputable más que a las dinámicas urbanas que siguen a un mercado inmobiliario ávido de satisfacer un mercado hipotético, más que en consolidar sectores de ciudad que son susceptibles de ser mejores sitios para vivir que muchos desarrollos nuevos. Naturalmente, eso no obedece a las reglas del mercado y así la ciudad se diluye ante el canto de sirena del lucro por sí mismo.

Edificios viejos como los existentes en nuestra ciudad aguascalentense corresponden a la medianía del siglo XX, estamos acostumbrándonos a verlos como se muestran cotidianamente. En menos de 50 años tal vez no queden muchos ni siquiera en estas condiciones, no es que sean inmuebles con un valor especial, el problema es que en un proceso de expansión urbana a los márgenes de la ciudad se difumina parte de aquello que es lo que en origen nos convocó a vivir en ciudad: reconocernos como una comunidad.

Nuestro entorno construido -dominado por vías de comunicación que se vuelven obsoletas o poco funcionales casi acabándose de constituir en el espacio- es un reflejo de lo que somos como sociedad. La carcoma del deterioro que inicia en el centro de la ciudad va extendiéndose como un cancer hacia la periferia también y ese reconocernos como comunidad puede representarse en la imagen de estas dos casas no tan viejas, pero ya abandonadas a los vaivenes de un mercado que no tiene lugar para ellas. Para el ciudadano con pocos medios para procurarse un consumo, pasa algo similar: su presencia se diluye, su perfil de difumina en un entorno urbano cada vez menos reconocible como el asiento de una comunidad.

Sin duda alguna, la arquitectura del pasado está más propensa a sufrir alteraciones y deterioros que una reciente, sin embargo es posible detenerlos a ambos a través de un continuo manteniemiento que haga que aquélla continue de pie por más tiempo, sin embargo un gran número de habitantes no han percibido que gradualmente vamos perdiendo un sinnúmero de fincas que a lo largo de los años nos han dado la identidad acalitana.