Jesús Eduardo Martín Jáuregui

No está usted amable lector para saberlo, pero yo sí para contarlo y con mucho gusto, sobre todo porque lo que pudo haber sido una tragedia culminó en un sucedido chusco, más cercano a la comedia a pesar del sobresalto y desazón que provocó a más de alguno. Lo cuento porque además alguna lección puede obtenerse del sucedido más allá de la alarma, inquietud,  obstrucción del tránsito, la relativa aglomeración de los transeúntes y la gran aglomeración de los servidores públicos de la policía y de los bomberos. Ya se sabe que, como decía Concha Jiménez, mi abuelita, la gente de Aguascalientes es novelera, de manera que está dispuesta a observar y participar para poder contar, con tal de que algo se aparte un poco de la rutina diaria.

El sábado a media mañana nos encontrábamos chambeando a puerta cerrada en la oficina ubicada en la calle Madero, cuando nos tocaron violentamente algunos de los inquilinos del edificio y a quemarropa nos espetaron: se está quemando la parte de atrás del edificio y el fuego está muy cerca del tanque de gas,  de manera que hay que desalojar las oficinas. Mis secretarias presurosas y yo, que la edad me ha vuelto más lento y más escéptico, salimos a la banqueta y nos dimos cuenta de que el presunto incendio estaba muy focalizado al fondo de un restaurante que se especializa en vender cerveza, junto con restos de aves de corral embalsamadas disfrazadas con salsas de diversas manufacturas.

Los empleados del restorán  afanosos  intentaban sofocar el incendio limitado a la campana de la estufa con un extinguidor, mientras que, desde la casa del velador ubicada en la parte posterior del edificio, en el estacionamiento interior, con una manguera remojaban todo lo que les quedaba cerca. En eso llegaron dos bici policías que por prontas medidas empezaron a tomar nota en una libretita que para el efecto llevaban, el nombre del local, la ubicación, la especialidad, el horario, etc. El más espabilado ingresó al restorán mientras el público en general rodeaba  el lugar del incendio, ayudando con sus comentarios, observaciones y sugerencias. No faltó el que proponía hacer una cadena con cubetas, sólo faltaban las cubetas y el lugar donde llenarlas. Alguien opinó que podía organizarse una especie de brigada de  sopladores para darles quehacer a los mirones y de paso deshacerse de algunos. La mayoría seguramente pensó que su sola presencia podía significar si no una ayuda sí un apoyo moral, mientras las llamas hacían su tarea y los empleados del restorán supervisados por el policía, trataban de impedir que el fuego hiciera de las suyas. Yo también eché mi cuarto a espadas, de manera que diligente bajé un extinguidor de mi oficina, se lo ofrecí al policía y pomposamente le dije: y tengo dos más. Me contestó: el que “ocupamos” es de polvo. Desairado no me quedaron ganas ni de corregirle el uso del verbo ocupar, que ahora todo mundo lo ocupa para todo.

Sabedor de que normalmente en este tipo de incendios los tanques de gas no estallan, sino que por la presión liberan el combustible y éste se consume, imprudente y temerariamente me dirigí al estacionamiento del edificio. Ahí, era claro que el incendio estaba muy localizado en la cocina, que prácticamente había sido controlado por los empleados y los vecinos. El policía me preguntó si se podía acceder al estacionamiento por la calle Juan de Montoro, le dije que sí y le di el número, esperando que llegara la ayuda, ya no tan necesaria, al lugar de la quemazón. Me regresé a la calle Madero y la concurrencia había crecido ostensiblemente. Además de los curiosos, los mirones, los acomedidos y otros seres inclasificables, ya se encontraban poco más de una veintena de servidores públicos, policías y bomberos. Dos patrullas y un carro de bomberos ocupaban uno de los carriles de circulación de la calle, al parecer nadie les dijo que se podía acceder mejor al incendio por el estacionamiento, entrando por Juan de Montoro, había cuatro o cinco motociclistas y unas seis parejas de bici policías. Ya habían delimitado la zona con un listón amarillo y dentro del listón se habían formado tres corrillos: uno en el que seguramente se contemplaban acciones graciosas porque todos reían; otro que probablemente estaban en competencia de ver quién enviaba más mensajes porque todos tenían su celular en la mano; y el tercero en que sus integrantes se dedicaban a tomarse fotografías mutuamente, algunos optaban por los autorretratos y algún despistado grababa el incidente reducido a la intervención de dos servidores públicos, mientras los demás aprovechaban el conato de incendio como si fuera la media hora de recreo de una escuela. Nadie parecía estar al frente, nadie parecía tener la batuta, nadie revisó el interior del edificio, nadie revisó el estacionamiento, pero todos o casi todos dejaron constancia en su celular de su bizarra (cfr. RAE, no el Webster) presencia en el incidente.

Uno de los dos servidores públicos que finalmente sí trabajaban dio su diagnóstico: en la campana de la estufa se había acumulado grasa y una flama la alcanzó y provocó el “incendio” que afortunadamente quedó en menores. El público decepcionado se retiró poco a poco. Los servidores públicos a regañadientes tuvieron que regresar a sus rondines, aunque es bien sabido que se las ingenian  para hacer como que hacen.

Me quedó un regusto agridulce. El incidente fue más jocoso que dañoso. El alboroto que provocó no correspondió a la magnitud de los daños, afortunadamente, ni al despliegue de servidores públicos. Resulta verdaderamente indignante ver cómo sólo bastaron dos para auxiliar a los empleados y el resto como si estuvieran de fiesta, sin nada que hacer, descuidando sus cruceros o sus adscripciones aprovechaban para matar el tiempo. Sin duda deben tener protocolos, no se apreciaron. Alguien tenía que estar a la cabeza, no se notaba. Nadie tenía iniciativa. Nadie consideró que era innecesario, inútil e impráctico que las patrullas obstruyeran la circulación de un carril cuando podían haber ingresado al estacionamiento y tener acceso directo al lugar del conato de incendio. Menos mal que todo quedó en un susto. No menciono lo que tardaron en llegar los bomberos porque eso ya es sabido, ni el despotismo de algunos policías porque eso es de todos conocido. ¡Qué pena que por algunos indignos del servicio público para el que se comprometen pierdan otros cumplidos, esforzados y honestos!

 

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