Moshé Leher

Una de la ventajas de no ir por la zona de la verbena, es que se entera uno de las cosas que pasan en el mundo, aunque, bien visto, no sé qué tenga de bueno enterarse de: las barrabasadas de ya saben quién, las promesas de amor eterno de las candidatas a la gubernatura, la guerra de Ucrania, la reactivación de la crisis económica que dejó la pandemia, el hecho de que todavía estamos en riesgo por la ídem…
Por aquello de que primero es comer que ser cristianos, sigo atento a los asuntos del bolsillo: inflación global, falta de suministros, el aumento del precio del dinero en los Estados Unidos, en Europa y, por consecuencia en México, en un intento por contener el aumento sostenido de los precios de todo lo que necesitamos para comer, vestirnos, estudiar, viajar, movernos, cuidar nuestra salud y todos los etcéteras que quiera y guste.
Las manías de un desempleado; qué le vamos a hacer.
No crean que voy a insistir en el tema, pero es un buen ejemplo: el sábado pasado, invitado, fui a comer a un changarro que pusieron (de cualquier forma) los yucatecos invitados a la Feria: una delicia, por cierto; de allí a los toros, o lo que se suponía una corrida de otra vez ídem (por bureles); y de ahí a mi casa, que es donde debo de estar. Donde quiero estar.
La plaza, como se sabe, estaba a reventar; tanto que sospecho que si al inmueble le caben catorce mil personas y así, había allí dentro cientos de personas de más (¿Sobreventa?): visto el lamentable espectáculo, que por otra parte no era una sorpresa, hay que calcular que por lo menos, salvo los invitados como hoy, hay muchas miles de personas que pagan una pequeña fortuna, para que los dueños de ese espectáculo los engañen como suecos (dando por hecho que esta es una manera de hablar y que en toda Suecia no hay tal número de tontos), les timen como a chinos (otra barbaridad, pues sabemos que los chinos son más listos que el hambre), y les den gato por liebre.
Mientras tanto yo veo con apuro que la vida se encarece, que las cadenas de suministro mundiales están desmontadas, que hay escasez de productos, que el dinero aumenta su costo y que, lo peor, las cosas no tienen una solución a la vista.
No me tranquiliza, por cierto, ver que nuestro gobierno, tan enamorado de otro mundo y de otros tiempos, ensaya de nuevo con el tantas veces fracasado control de precios, por lo que acabaremos comprando el huevo, la tortilla y hasta las zanahorias en el mercado negro… Lo bueno es que yo soy intolerante al huevo y zanahorias las justas.
Luego veo que la gente, negando que exista nada como una crisis económica, está dispuesta a ir gastar carretadas de dinero en una fiesta donde, amén de lo incómodo de estar en medio de decenas de miles de ebrios y bravucones, los precios multiplican por mucho los que siguen vigentes nada más salir unos pasos del perímetro de la verbena.
Una imagen aérea de los festejos del pasado sábado demuestra que, amén de que si se trata de reunir bola la Feria es un éxito rotundo, somos de otro planeta, uno donde esto de la crisis es, como dijo aquel Pedro Aspe, es un mito genial y que en eso de derroche ahora y preocúpese después, somos algo así como el Real Madrid de la economía familiar: siempre al borde de la ruina, pero especialistas de las soluciones milagrosas.
Ya en asuntos más peregrinos, hoy, mientras escribo -ayer para ustedes-, se celebra el 74 aniversario de la fundación del estado de Israel, un asunto más bien raro porque Ben Gurion leyó la declaración de independencia el 14 de mayo de 1948, asunto baladí, como decía, porque yo como judío me cuento entre los no sionistas y, mucho peor, entre los que no estamos del todo de acuerdo en la manera en que tal estado fue conseguido, a partir de aquel error de bulto del memorandum Balfour.
En fin que dicho lo dicho, y omitido lo omitido, no me queda sino decir: ¡Shabat Shalom!

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