Luis Muñoz Fernández

El físico Carlo Rovelli dice que “nuestro ser es en el tiempo. Su arrullo nos alimenta, nos abre al mundo, nos turba, nos asusta, nos mece. El universo devana su devenir arrastrado por el tiempo, según el orden del tiempo”. Ahora que finalizó el 2021 y empieza el 2022, Yásnaya Aguilar, lingüista y escritora mixe, nos recuerda que “aunque en realidad nada extraordinario sucede el 31 de diciembre, son los rituales que encarnamos los que lo hacen especial y le dan peso social”.

Hasta hace poco ignoraba la razón por la que mi periodo favorito de la historia reciente es el que transcurre entre la segunda mitad del siglo XIX y los primeros años del siglo XX. El porqué también lo es en relación a la historia de mi profesión, cuando vivieron algunos de los médicos cuya obra y pensamiento contribuyeron decisivamente a la configuración del modelo de medicina que ejercemos hoy.

Creo que mi preferencia radica en que, toda proporción guardada, aquel lapso entre dos siglos tiene ciertos paralelismos con el que me está tocando vivir. Nací poco después de la mitad del siglo XX y vivo ahora en los albores del siglo XXI. Hogaño como antaño, se siente hacia el futuro el mismo optimismo de un progreso impulsado por la ciencia, aunque hoy un tanto deslucido por la pandemia y, sobre todo, por la amenaza del cambio climático. Pese a lo anterior y a las facetas oscuras que deja ver la tecnología, los hay que confían ciegamente en que ella nos salvará de la catástrofe.

Por un completo azar que nos ha situado de una manera asimétrica entre el final de un siglo y el inicio del siguiente, ejercemos de Jano bifronte, con un rostro que contempla al pasado irrecuperable por el que sentimos nostalgia, y otro que mira hacia un futuro incierto en el que viviremos sólo un poco y en el que ya no encajaremos del todo.

Sin embargo, nuestra situación temporal también nos ofrece la oportunidad de entregarle a las nuevas generaciones el legado que nos corresponde. La memoria de un mundo tal vez más sosegado, analógico, más natural, sin la conexión permanente y agotadora que pronto traerá eso que llaman “el internet de las cosas”.

Somos criaturas de entresiglos, como lo fueron Stefan Zweig, Sándor Márai, Joseph Roth y tantos otros en los que, salvando las distancias morales e intelectuales y los trágicos acontecimientos que les tocó vivir, nos vemos reflejados.

Comentarios a: cartujo81@gmail.com

 

¡Participa con tu opinión!