Luis Muñoz Fernández

Uno de los aspectos más llamativos de la pandemia de COVID-19 ha sido la proliferación de noticias falsas, teorías conspirativas y promesas sin sustento relacionadas con el origen de la enfermedad, su prevención y tratamiento. No es que sea un fenómeno nuevo. Durante la famosa epidemia de peste bubónica del siglo XIV se persiguió a los judíos culpándoles de envenenar el agua de la fuentes públicas para causar y propagar aquel terrible mal.

Lo que prueba la situación actual es que, pese al notable desarrollo de la ciencia en los últimos cien años, en pocas comunidades humanas esta actividad tan importante y vital representa algo más que un barniz superficial y prescindible. La visión científica del mundo y, más allá, el espíritu científico con su sano escepticismo, la duda sistemática y la prudente distancia con la autoridad establecida –ya sea académica, política o religiosa– no forma parte de la cultura de la mayoría de las personas. Eso explica muchas cosas.

En días pasados se presentó en Aguascalientes el famoso dióxido de cloro, un producto utilizado como blanqueador y desinfectante, que hoy se promueve como un agente preventivo y terapéutico absolutamente eficaz contra el coronavirus y otras enfermedades como el autismo, el sida o el cáncer. Me propuse ver completo el video de la presentación y no pude encontrar en él una sola prueba científica creíble de su eficacia terapéutica. Sus promotores –tres médicos– mostraron datos puramente anecdóticos, testimonios aislados y escasos estudios de dudosa confiabilidad. Ni una sola publicación en una revista científica seria.

Con sus frecuentes alusiones a la oposición cerrada de la mayor parte del gremio médico y sus reiterados intentos por hacer pasar sus argumentos como científicos –saben que eso les da credibilidad– no hacen sino repetir el sobado guion de presentarse ante el público incauto como víctimas de un complot del “establishment” científico y médico mundial que, según ellos, quiere desacreditarlos a toda costa para impedir que su producto beneficie a la humanidad. Blanden el temor a la muerte y la incertidumbre de la enfermedad para despertar sentimientos atávicos en sus oyentes.

Parte fundamental del espíritu científico es mantener siempre una mente abierta a la aparición de nuevos hechos e ideas. Como lo es también someterlos a estudios rigurosos. Lo que hasta ahora han presentado nos recuerda a la panacea universal, la “bala mágica”, un sueño largamente acariciado y jamás alcanzado. Nunca falta un crédulo para un fanático.

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