Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Vaqueros de mediodía

En la moderna Filadelfia, existe una sociedad centenaria de vaqueros que se hacen llamar El Club Urbano de Jinetes de la Calle Fletcher. Se trata de cowboys afroamericanos que, justo a la mitad de la afamada ciudad, cuidan y cabalgan sus caballos a la usanza de los vaqueros de antaño. Ignorados por la historia y negados por el cine (el medio por el cual se blanqueó el estrato cultural que aquí se aborda), estos hombres y mujeres migraron en busca de trabajos estables pero jamás abandonaron sus equinos y los establos, lo que les ha producido muchos problemas con las autoridades sanitarias y de protección animal, lo cual se narra en un libro que aborda de manera seria y profunda titulado “Ghetto Cowboy”, escrito por Greg Neri y que es la base para esta película de Netflix escrita y dirigida por Ricky Straub, quien tiene una base sólida y de gran interés para trabajar, pero lo desvía a los conflictos producto de la violencia callejera y la redención de la juventud negra, disolviendo la oportunidad de explorar a fondo a este anacrónico grupo que vive y muere por el código de los vaqueros.
La estructura elegida no tiene pierde, pues cuenta por default con el sello de aprobación popular: el drama generacional donde el destrozado vínculo padre-hijo se recupera mediante un elemento poco ortodoxo. En este caso será el contexto del cowboy, el cual rescatará a un muchacho llamado Cole (Caleb McLaughlin) del abismo existencial en que se encuentra (problemas en la escuela, holgazanería, etc.). La conexión se produce cuando su madre decide llevarlo a la fuerza con su padre, un hombre con antecedentes criminales que responde a Harp (Idris Elba) quien no pudo hacerse cargo de sus responsabilidades paternas por pasar algunos años en prisión, para que se encargue de él. Harp dirige la mencionada agrupación vaquera, viviendo en precarias condiciones pero manteniendo un espíritu optimista y valeroso ante las adversidades, lo que chocará con el impetuoso Cole, quien decide mejor convivir con un vago traficante llamado Smush (Jharrel Jerome) a quien conoció en la niñez. Conforme el chico comienza a adentrarse en el mundo de estos cowboys citadinos, su perspectiva comienza a madurar, generando una metamorfosis que lo aleja de su egocéntrica conducta para enfocarse al cuidado de los caballos, cultivar amistades con otros del grupo (en particular un hombre que quedó paralítico por la violenta vida que llevaba) y entablar un romance con la única joven del clan.
Al ver esta película, uno tiene la sensación de haber visto esta historia cientos de veces (y en efecto, así es), pero debo concederle a Straub cierta dosis de honesta representación en su guion tanto por la forma en que construye a sus dos protagonistas como por incluir a varios miembros reales del Club de la Calle Fletcher en papeles secundarios pero relevantes, produciendo momentos reales y chispeantes como las alegres reuniones vocales alrededor de una fogata o la secuencia donde Harp y un compañero se enfrascan en una carrera de caballos. Al final son viñetas que no dominan a la gastada puesta en escena o la desbalanceada cadencia entre escenas, así como una ruta narrativa que promete cosas valiosas pero nada más no llegan, relegándolas tal vez a favor del acostumbrado y sobado drama producto del acercamiento entre un padre y un hijo que aprenden a conocerse, lo que se percibe accesorio ante una película que posee situaciones y geografía muy específicas, dignas de conocerse mejor. “Cowboys de Filadelfia” tiene las mejores intenciones y se agradece el darnos una probada, por mezquina que fuera, a este mundo del que sólo quedan estos retazos míticos y al que éramos completamente ajenos, pero la historia simplemente no cabalga satisfactoriamente hacia el atardecer como toda trama de vaqueros debiera.

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