Jesús Eduardo Martín Jáuregui

(OLGA MARÍA DEL CARMEN SÁNCHEZ CORDERO.- En la reunión del Consejo de Salubridad General del día de ayer y luego en la rueda de prensa en el Salón de Tesorería del Palacio Nacional,  se contó con la siempre grata y discreta presencia de la Secretaria de Gobernación, que agrega un toque de femineidad y un punto en favor de la equidad de género nominal, en el Gobierno Federal.)

Ayer, en Palacio Nacional, en la ya habitual conferencia de prensa de las 19 horas para informar sobre la situación de la pandemia del COVID-19, conocido de manera generalizada como coronavirus, se dio a conocer la declaratoria de emergencia médica y con ella una serie de medidas para la prevención y combate de la enfermedad, lo que significa desde luego un punto sin retorno en los protocolos de atención y la situación general del gobierno, los servicios públicos y la condición del país.

El concepto de “punto sin retorno” proviene de la navegación aérea y significa, de manera menos dramática que como se plantea en algunas series o novelas, el trasponer el punto medio del viaje, en donde resulta más fácil alcanzar el objetivo previsto que regresar al punto de partida. No es un conflicto insoluble, no es tampoco un punto muerto (cul de sac) ni un impasse. Tomada la decisión no hay posibilidad de dar marcha atrás. El anuncio del Gobierno Federal, no tiene, no puede tener marcha atrás, porque significaría todo un replanteamiento de una estrategia que ya no habría tiempo para cambiar. Estoy seguro que no fue una decisión fácil y creo estar seguro de que lo más difícil fue convencer al Presidente de que no es inmune al coronavirus, y que su manto de virtudes poco tiene que hacer ante una epidemia que no respeta dignidades, y que, por el contrario, sin ningún respeto ataca preferentemente a personas de la tercera edad y, como en el caso de AMLO, con una cardiopatía seria.

Es mejor ahora que mañana, pero hubiera sido mucho mejor hace dos meses. No me refiero a las medidas de confinamiento y restricción concomitante del tránsito (movilidad, dicen ora), tampoco a la medidas de desinfección mas aparatosas que efectivas (sanitizar, dicen ora tomándolo del inglés), sino a varias de las acciones de preparación y prevención sobre todo del equipamiento y servicios médicos, que pudieron y debieron haberse tomado hace varias semanas. Es cierto que hubo desconcierto, descontrol y ausencia de liderazgo. Los gobiernos de los estados ante el comunicado de la federación de que no contarían con apoyo suplementario para enfrentar la crisis de salud, empezaron a tomar medidas aisladas, muchas, auténticos palos de ciego como fue el caso de Jalisco, y otras de dudosa pertinencia como el hospital inflable del estado de Hidalgo.

El Ejército y la Marina responsabilizados de los servicios médicos de la contingencia están empezando a contratar personal para proporcionarles una capacitación de ocho horas para enfrentar la pandemia. La compra de equipos de respiradores lo autorizó la semana pasada el Presidente, en un momento en que seguramente las disponibilidades del mercado son escasas. Apenas se inicia la reconversión y acondicionamiento de clínicas y hospitales y la adecuación de algunas áreas como auditorios o áreas de oficinas o escuelas que puedan ser aprovechadas. El Ejército inició un recorrido de verificación de las condiciones de los sanatorios y hospitales privados que seguramente serán necesarios para la atención de los enfermos, dados los antecedentes de la evolución de la pandemia en otros países, incluso en algunos con evidentes mejores condiciones de salud de su población y de calidad y cantidad en las instalaciones médicas.

Naturalmente se han desatado ya comentarios deleznables, reprobables por todos conceptos, que equiparan la declaratoria, que por otra parte debió haberse hecho hace varias semanas, a un virtual estado de sitio o de excepción. Aunque tiene ciertas características que pudieran asemejarlo, vale la pena precisar las claras diferencias. No hay suspensión de los derechos fundamentales. Las medidas no tienen tinte político ni fundamentos ideológicos. Su causa es claramente una causa natural, a la que, por añadidura, llegamos con la experiencia negativa de muchos países que nos han mostrado lo que no se debió haber hecho. La situación extraordinaria está acotada por razones científicas y técnicas, no políticas. Su duración tiene que ver con la duración de una contingencia sanitaria, que lamentablemente no está en control de la autoridad, y que en buena parte dependerá de la respuesta de la población a la exigencia, no a la orden, de permanecer lo más posible enclaustrado y sólo por excepción y por verdadera necesidad salir. La conveniencia de centralizar la toma de decisiones es clara, basta con echar una ojeada a las medidas diversas, contradictorias y muchas con un oportunismo político condenable, para constatar que los recursos y las acciones deben ser coordinadas para una mayor eficiencia y eficacia, para ello sin duda también es un factor importante la disciplina. No hay organismos más disciplinados que los militares.

La medicina es amarga, pero no hay más que dos sopas, y la de fideos se acabó. Hubiera sido deseable que a la par de estas duras medidas, se anunciaran algunas otras que volvieran más tolerable el tratamiento. Un control estricto de precios, la garantía del abasto, la suspensión de intereses y el diferimiento de los créditos fiscales, incluyendo el término para las declaraciones. El ajuste de las comisiones bancarias por la emergencia a las de la banca internacional. Teléfonos de emergencia no sólo para la atención médica sino para la asistencia, bancos de alimentos y otras similares, necesarias en una crisis como ésta.

Recuerdo que el padre chileno, Agustín Martínez O.S.A., creador del Instituto Mendel, en alguna ocasión me dijo, ustedes los mexicanos nunca han experimentado lo que es una guerra ni lo que es un verdadero invierno. Para sobrevivirlos es necesaria la caridad.

(CAMBIO DE DOMICILIO PRESIDENCIAL.- Al parecer siempre no fue buena idea convertir Palacio Nacional en la residencia oficial. El presidente y la no primera dama con su hijo, regresaron a su casa de Tlalpan, en donde habían vivido los últimos años. No era fácil acondicionar para vivienda lo que en las últimas décadas sólo funcionaba como oficinas. La falta de privacidad y, sin duda, el exceso de molestias: manifestaciones, pintas, quemas, etc. pudieron más que el boato.)

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