Ha dos años de que la Organización Mundial de la Salud declarara una situación sanitaria emergente ocasionada por el COVID-19, el virus llegó para quedarse; alteró todas nuestras actividades, incluyendo la de los servicios periciales porque las intervenciones requirieron mayor precaución. Los médicos forenses visualizamos a la pandemia como una “catástrofe natural”, por el elevado número de fallecimientos; sabíamos que las necropsias en este caso aportarían relevante información de carácter epidemiológico, sin embargo, significaban un riesgo porque no se conocía hasta entonces el tiempo de sobrevida del virus en un cadáver, riesgo al que estaríamos expuestos; y, por otro lado, trataríamos casos de muertes de causa sospechosa, pues no es lo mismo morir con COVID-19 que morir por COVID-19, es decir una persona puede morir a causa de la enfermedad mientras otra puede tener la enfermedad o ser asintomática y morir por otras causas, situaciones que conllevan cierta complejidad para su estudio.

La medicina es una profesión vocacional, una profesión que exige sacrificio. Durante estos días, el trabajo del forense y demás áreas auxiliares, técnicas y profesionales, ha sido difícil: horas de trabajo interminables, con escasos recursos, con estrés, en contacto continuo con el sufrimiento humano, y poniendo en riesgo la propia vida; adicionalmente, la pandemia nos trajo fenómenos psicoemocionales sin precedentes, estragos incalculables, puso en evidencia varios dilemas éticos y bioéticos, el duelo infirió en nuestras conciencias, y sobrevino el agotamiento físico, a pesar de ello, la prestación médica ha sido continua, siempre en apego a la observancia de la dignidad humana, pues somos un muro de contención de injusticias pero también de entereza. Como dice el viejo proverbio, la labor del médico es curar a veces, aliviar a menudo, consolar siempre.

Conscientes de que el médico es un ser humano, compartimos las mismas limitantes que el resto de las personas, como son los propios padecimientos o condiciones de vulnerabilidad muy particulares, con las mismas posibilidades de contagio y de trasmisión del virus hacia las personas de nuestro entorno cercano, no sobra decir que nuestra obligación profesional ante la pandemia ha sido diligente, en apego a lo dispuesto en el Código de Ética del Colegio de Médicos y Cirujanos de Aguascalientes, el artículo 1, inciso 3, de sus Principios Generales, titulado Voluntariedad y solidaridad en caso de emergencias, epidemias y catástrofes; nos regimos por protocolos de actuación específicos y principios como el de beneficencia, que inspira a la compasión por nuestros semejantes.

La reciprocidad que se da entre el médico y la sociedad parte de un contrato social tácito, el cual se formaliza desde el momento en que acepta el rigor inherente a la profesión, aun cuando los recursos sanitarios suelan ser insuficientes para atender una demanda ilimitada, los profesionales de la salud poseen competencias y habilidades que se anteponen a actos de heroísmo, de sacrifico o temeridad, pues la praxis debe ser objetiva y juiciosa.

Son muchas las lecciones que nos deja la experiencia de coexistir con el coronavirus, en el ámbito de competencia forense un denominador común es la angustia o miedo, el estrés laboral y la incertidumbre, adversidades que nos han permitido desarrollar una voluntad inquebrantable encontrando maneras de practicar las ciencias forenses con integridad intelectual.

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