Por J. Jesús López García

Los grandes maestros modernos de la arquitectura miraban con desdén a la historia de su disciplina. Ideológicamente, su orientación era más bien hacia la izquierda y por tanto las reivindicaciones sociales y el abatimiento de las viejas jerarquías eran parte de su naturaleza creativa, si bien el proyecto de edificios impactantes implica muchos recursos que sólo los grandes inversionistas o el Estado, pueden proporcionar.

Para ejemplificar lo anterior, Le Corbusier (1887-1965) lo mismo hizo propuestas para el Palacio de los Soviets en Moscú, que otras tantas para grandes empresas como las casas Citrohan con capital de la empresa automovilística francesa Citroën. Ludwig Mies van der Rohe (1886-1969) diseñó el monumento dedicado a los mártires de la Liga Espartaquista alemana Rosa Luxemburgo (1871-1919) y Karl Liebknecht (1871-1919), que grandes villas para la alta burguesía de su país.

Lo que era evidente en la obra de los dos arquitectos era precisamente su voluntad de romper con las formas del pasado y establecer de paso nuevos paradigmas de la composición arquitectónica completamente ajenos a las convenciones de la tradición, pues ésta bajo la óptica socialista, era algo que debía trascenderse sin duda alguna.

Desde esa plataforma intelectual no solamente la historia de la arquitectura debía considerarse completamente irrelevante, y los planteamientos de la entonces nueva arquitectura moderna debían hacer a un lado a la anterior sin miramientos. Para los descomunales planes urbanísticos, Le Corbusier no dudaba en promover la “tabula rasa”, la demolición de lo anterior para sobre ello ceder a la naciente ciudad, los actuales edificios. Fue su planteamiento para el Plan para Bogotá, acción que no se concretó, pero que sí estuvo en el espíritu de la creación de Brasilia, o de Chandigarh, casos en los que se desmontó selva pero no se destruyó un tejido urbano previo.

Y es que la gran arquitectura de la tradición, que es orgullo de las ciudades con más potencial turístico y que es paradigmática en los libros de Historia de la Arquitectura, se centra en la obra especial, aquella reservada para los monumentales ceremoniales, para los considerables actos de la representación comunitaria y social. Templos, mausoleos, palacios, arcos triunfales, entre otros, eran las manifestaciones de ese sentido “singular” de la cultura a través de edificios. Pero paralelamente a ellos, los inmuebles de la cotidianidad se desarrollaban en gran número pero siendo considerados “menores”, su destrucción o intervención era común.

En Aguascalientes admiramos los templos barrocos, los palacios municipal y de gobierno, pero de las casas del común de los habitantes virreinales queda muy poco, casi nada. Fincas mal llamadas “coloniales” en Aguascalientes son realmente de la segunda mitad del siglo XIX y muchas otros más de la primera del XX. Hay que recordar que el periodo virreinal representa a la fecha, más de la mitad del tiempo de existencia de nuestra ciudad, y es así que nos hacemos la pregunta: ¿Qué fue de la arquitectura de los habitantes comunes de nuestra ciudad? La respuesta es muy simple: fue demolida o intervenida hasta desaparecer en sus rasgos originales. Y es que hasta los años treinta del siglo pasado, el uso de los entonces nuevos materiales constructivos, implicó que se levantaran edificios más duraderos que aquellos realizados con adobe y madera que poseen una vida útil menos amplia que la del ladrillo, el concreto o el acero. Desde esos años, en número y en impacto urbano, la arquitectura de la cotidianidad se preserva ahora al lado de los especiales y constituyéndose como la gran masa edificada de la ciudad, como el ubicado en las calles Valentín Gómez Farías y Victoria que se manifiesta en su modernidad y su cotidianidad práctica, cerca de los edificios más entrañables de la tradición arquitectónica local.

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