Por J. Jesús López García

Para la Exposición Universal de París de 1889, el arquitecto Ferdinand Dutert (1845-1906) y el ingeniero estructural Víctor Contamin (1840-1893), diseñaron y construyeron la Galería de las Máquinas, que junto con otras grandes naves funcionando como pabellones y la gran Torre Eiffel, fue uno de los grandes atractivos para el público finisecular, primero por los entonces modernos aparatos que celebraban más de cien años de Revolución Industrial, y luego por el edificio mismo que más allá de su fachada que mezclaba rasgos de exotismo, expresaba en su estructura de impresionantes claros -espacios libres entre columnas o muros-, la ligereza de la fábrica en acero.

Los bloques a partir de entonces e inclusive en nuestros días, han sido usados de variadas maneras, dando cuenta de su versatilidad y la multiplicidad de géneros arquitectónicos que puede albergar sin el menor problema. Este tipo de edificios que funcionan como grandes contenedores se ha convertido en una parte integral de los paisajes urbanos y suburbanos del mundo actual, desplazando a otros ejemplos de naves ubicuas en la tradición occidental como son las de los templos de piedra. Es natural pues que los recintos de las iglesias tengan una configuración y una constitución constructiva que de alguna manera induce a ser utilizadas de manera especial para resaltar el ánimo espiritual; por su parte, los nuevos pabellones, pragmáticos y ligeros, admiten muchos más usos y formas de ocupación, y llegando el caso, ser modificados de manera simple, o bien desensamblados o demolidos de modo relativamente sencillo.

Las ciudades ahora van llenándose de estas construcciones de gran peso visual, pero que pueden ser desarmadas rápidamente, contribuyendo con ello a difuminar el perfil o la imagen urbana de manera tal, que ese hecho refleja las metamorfosis de la vida cotidiana actual, que cambia sin más ante nuestros ojos. Todo es modificable o sujeto a ser demolido, pero estas naves de construcción industrializada, presentan en esas situaciones una mayor facilidad, lo que les da ese aire ligero, pese al “carga” visual contenida en ellas.

Esa versatilidad en los cambios de uso es lo que el crítico e historiador de arquitectura Hans Ibelings (1963) llamaba “supermodernidad” donde un solo tipo de edificio, en este caso las naves industriales, funcionan muy bien para una amplia gama de géneros arquitectónicos, así tenemos grandes naves para museos, espacios deportivos, teatros, agencias de autos, centros comerciales, fábricas, albergues y hasta oficinas, entre muchos otros más. Efectivamente les aviene cierto aire de provisionalidad, pero ello lo compensan en su fácil adaptación a una gama de actividades y posibilidades de uso casi irrestrictas, ciertamente para algunas de ellas con sus debidas y evidentes limitaciones, pero que incluso pueden adaptarse aunque sea de manera parcial.

Para la arquitectura tradicional, estos son edificios que carecen de “carácter” por no adherirse al sistema tradicional también de jerarquías, pero a cambio su talante neutro e impersonal les hacen claramente más “democráticos” pues su utilidad no es simbólica sino eminentemente práctica, como el caso de Costco, almacén exclusivo para miembros bajo el esquema de un club de compras, que es genérico para esta cadena comercial que dispone incluso de un pórtico adherido a la nave principal como un gesto de referencia a las antiguas stoas griegas. Es una nave de estructura metálica con fachadas independientes de acero y block de concreto, cuya planta de líneas paralelas admite el uso mercantil y puede ser cambiado sin problema.

Esta “supermodernidad” arquitectónica de la que habla Ibelings, no es más que la adaptación continua y rápida a los cambios, que incluso pesa más en los edificios que el uso de tecnologías de avanzada, mismo avance que llegado el caso se adaptará de manera natural a inmuebles genéricos.

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