RODRIGO ÁVALOS ARIZMENDI

Vaya revés que le asestaron al presidente López Obrador, fue, como dicen, duro y a la cabeza. La guerra en política es sucia y desalmada. Los bandos políticos antagonistas de alto nivel no dejan nada al ahí se va. Normalmente siempre están preparados para los contraataques con pruebas de acciones corruptas de sus contrarios, las cuales guardan celosamente para sacarlas en el momento preciso y que se significarán por ser dardos tirados directo al corazón del enemigo, políticamente hablando. Desde principios de este mes observamos cómo la extradición de Emilio Lozoya de España causó una enorme expectativa por la información que se anunció, con bombo y platillo, daría a conocer y en donde señalaría cómo personajes de muy alto nivel del gobierno mexicano realizaron actos de corrupción por muchos millones de dólares. Y en efecto, Lozoya llegó a México con una serie de privilegios nunca antes visto, empezando porque ni siquiera pisó la cárcel, incluso la autoridad realizó un simulacro de que sí lo habían llevado directamente del aeropuerto a la Fiscalía General de la República, pero fue un engaño porque a Lozoya lo llevaron a un hospital de lujo alegando que se encontraba enfermo. Posteriormente, luego de 10 días de estar internado fue llevado a su casa y desde ahí estará firmando cada 15 días en el juzgado pero vía electrónica sin salir de su casa. Los anteriores son privilegios muy grandes pues hasta ahora no recuerdo a algún político o servidor público que haya tenido tantas consideraciones. Pero estas consideraciones no son gratuitas, claro que no, se le está dando ese trato debido a que Lozoya era pieza clave para que el gobierno de López Obrador siente en el banquillo de los acusados nada menos que a tres ex presidentes: Carlos Salinas de Gortari, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, a ellos se les sumarían también algunos ex secretarios de estado y directores generales lo mismo que varios ex senadores y diputados federales, algunos de ellos actualmente gobernadores de sus estados y puede que uno u otro presidente municipal. O sea que era un bocado muy apetitoso para alguien como Andrés Manuel López Obrador que ha tomado como lema de gobierno la guerra contra la corrupción y terco como es va derecho y no se quita, tope donde tope, solo que uno de sus muchos defectos es que el presidente no escucha. Debe tener asesores y estrategas políticos o gente de conocimientos amplios en esas lides, como Marcelo Ebrard, pero se ve que no los escucha. Y por ello se ha ido de bruces ya varias veces y en el caso de Lozoya se engolosinó, cuando lo tuvo en sus garras no perdió la oportunidad de exhibir los videos y acusaciones de Lozoya y lo hizo en su famosa “mañanera”, a pesar de que con esa acción comprometía esa evidencia como prueba legal y por lo tanto podría ser desechada por el juez. No importó al presidente, al cabo había más videos, según Lozoya. El golpe a los principales partidos políticos de México y a sus líderes más importantes estaba dado. Desde luego que la población incrédula observaba cómo el sistema político priista que por casi 80 años había regido los destinos del país, con una pequeña intervención panista de 12 años, estaba al borde del precipicio con las pruebas contundentes de corrupción. López Obrador comenzaba a alzarse como el reivindicador de la patria, su imagen de un político impoluto se mostraba con fuerza. A ello había que agregar la faramalla ideada para mostrar la corrupción y opulencia en que vivían los ex presidentes mostrando lo que para él es un símbolo de la corrupción al más alto nivel a pesar de la decadencia económica en que viven casi 80 millones de habitantes: El lujoso avión presidencial. La mente del presidente ideó venderlo, pero no era tan fácil vender el aparato y luego de tenerlo casi un año en E.U. pagando a la empresa Boeing alrededor de 60 mil dólares, un millón 200 mil pesos, por la renta del hangar en Victorville, además de los servicios especiales por mantenimiento, y otros 34 millones de pesos por la deuda que tiene con Banobras por la compra de la aeronave. En seis meses el gobierno de México pagó 235 millones 525 mil pesos para pagar el pasivo a Banobras y 7 millones 200 mil pesos por tenerlo estacionado fuera del país. Finalmente, al no poder venderlo López Obrador ideó rifar el avión, pero luego resultó que se iba a rifar el avión pero el premio no iba a ser el avión, sino que 2 mil millones de pesos que serán distribuidos en 100 premios de 20 millones cada uno. O sea se rifará un avión pero no habrá avión.

López Obrador estaba muy contento y orgulloso con la llegada de Lozoya. Estaba a punto de “empinar” a sus principales y peores enemigos: Salinas, Calderón y Peña Nieto. Su popularidad subía más de cara a las elecciones del año entrante y por lo tanto su ambición de volver a ganar la mayoría en la cámara de diputados tenía muchas probabilidades de cumplirse. Todo marchaba sobre rieles. La ciudadanía no se quejaba de la economía, la falta de empleos, la pobreza y los costosos errores de varios de los integrantes de su gabinete, la pandemia tenía entretenida y preocupada a la población. Pero como lo menciono al principio de esta columna, en política no hay que dar a nadie por muerto y en este caso los contrarios al “Peje” le tenían una sorpresita. El jueves pasado López Obrador venía muy campante de Zacatecas a Aguascalientes, en donde el viernes 22 tendría la reunión de seguridad a las 6 de la mañana y a las 7 se efectuaría desde aquí mismo la “mañanera”, o sea su conferencia de prensa diaria, para la cual, entre paréntesis, no permitieron el acceso a ninguno de los reporteros de Aguascalientes. O sea que fue una visita sin ningún provecho para la entidad pues esa mañanera la pudo haber realizado en cualquier estado de la República y hubiera sido lo mismo, pero ya se sabe que López Obrador anda simple y llanamente en campaña para la elección del año entrante. La desagradable sorpresa del presidente el jueves por la noche fue la tremenda difusión que ya tenía en las redes sociales el video en que David León, ex director de Protección Civil y gente del ex gobernador chiapaneco Manuel Velasco Coello, le da unas bolsas con dinero a Pío López Obrador, hermano del ahora presidente. Y le da el dinero de una manera subrepticia, como sabiendo que estaban haciendo algo ilegal. Lo curioso es que el mismo David león fue el que grabó las escenas y lo hizo para en un momento dado tener evidencias de que el dinero sí fue entregado a los López Obrador. Un dinero sin ningún recibo o control hacendario. Algo totalmente fuera de la legalidad. Era la punta de la hebra de la incógnita de cómo le hizo López Obrador para subsistir 18 años en campaña permanente por la presidencia de la República. En la conferencia mañanera de Aguascalientes, López Obrador le dedicó casi una hora al tema para tratar de justificar a su hermano y a León. Su argumento fue que el pueblo le dio las aportaciones de dinero para la campaña. En lo particular no conozco a nadie, ni pobre ni rico que me haya platicado que cooperó para la campaña del tabasqueño. Bueno, cómo sería la descobijada que les dieron que hasta la esposa del presidente salió al quite, pero como lo ha hecho hasta ahora, con las vísceras, diciendo que hasta la misma Leona Vicario dio dinero para la causa en la Guerra de Independencia de México pero no la grabaron. “Me gustaría ver el video de cuando Leona Vicario daba dinero para que todos pudieran comer en los campamentos y lucháramos por la independencia y así muchas más”, fue la excusa de Beatriz Gutiérrez Muller. Ahora sí que “no me defiendas compadre”.

Para millones de mexicanos López Obrador sigue siendo limpio y honesto, lo mismo que su movimiento, que su partido. Sin embargo la clase mas pensante sabe que el ahora presidente está cortado con la misma tijera que los políticos mexicanos a los que quiere evidenciar y enjuiciar. Las mayorías preferimos que se ponga a trabajar y a enderezar el rumbo del país, pues el panorama que observamos es un diluvio de proporciones incalculables.