Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Con la incertidumbre de si me cubro o no me cubro, o qué me cubro, si salgo o no salgo, si como o salgo, o si no salgo no como, y ante la evidencia de que las autoridades nos exigen conductas saludables pero no necesariamente razonables, los ciudadanos nos enfrentamos a la terrible amenaza de un enemigo invisible, que conocemos por referencias (malas) y por sus consecuencias (peores) en el que muchos no acaban de creer, o al menos no creen en su grave letalidad ni en su pasmosa contagiosidad. Es comprensible que en un momento dado y con el ánimo de no provocar compras de pánico no se haya anunciado la necesidad de medidas como el aislamiento, pero no resulta comprensible que se hayan anunciado las medidas sin haber dado un compás de espera para, avituallarse en lo posible, que se haya dictado el aislamiento sin haber ordenado el racionamiento de productos necesarios, comida, bebida, medicinas, bienes utilitarios. No se entiende tampoco que entre las medidas no se haya previsto el abasto y distribución de bienes de primera necesidad y se haya dejado todo al buen tun-tun, lo que pone de manifiesto, la incapacidad e irresponsabilidad para el manejo de crisis.

La cuestión va más allá del manejo técnico desde el punto de vista epidemiológico. Es muy probable que dadas nuestras carencias y ante la certeza de que quizás no podíamos estar más mal, la conducta elegida fue la de encomendarse al “detente” con la imagen del Sagrado Corazón de Jesús y tratar de controlar los daños, en el sentido de evitar revueltas sociales y protestas, mediante el manejo de los medios de comunicación, mandando mensajes de tranquilidad, destacando la idea de que se tenía controlado el brote epidémico y se contaban con los medios humanos y materiales para su combate. La triste realidad se ha hecho patente. No tenemos instalaciones suficientes, no contamos con el material adecuado y bastante para el personal médico, no tenemos el personal preparado ni nos dará tiempo de contratarlo y prepararlo, no disponemos del suficiente dinero para aplicarlo a la prevención y tratamiento, no estamos utilizando los mecanismos ad hoc para la identificación y el tratamiento de los contagiados, no tenemos un cálculo aproximado de lo que requeriremos para el tratamiento digno de los cadáveres que seguramente sumarán varios miles.

Todo ello sin tomar en consideración las consecuencias económicas que, quizás, resulten más graves que la pandemia misma, en números que serán difíciles de cuantificar. La respuesta del Presidente AMLO ha sido la misma, no se seguirán las recetas neoliberales. No se solicitará crédito al Fondo Monetario Internacional y seguirá su propio modelo que consiste en “sacar sangre de las piedras”. La cuestión parece ir más allá de aspectos políticos que debieran ser primordialmente humanitarios, la cuestión es que acudir al FMI implicaría que tener que someterse a los controles, supervisiones y prácticas de política económica y financiera que va en contra de la ideología aparente del presidente AMLO. Y ya lo sabemos el presidente es muy obcecado, muy terco. Aunque esa terquedad le cueste, como ya le ha venido costando al país, independientemente del COVID19, desempleo, carestía, inseguridad, insalubridad, malos y caros servicios.

Parece que la conducta ausente se puede calificar con una palabra: CORDURA.

La palabra cordura es una palabra bonita, se abre con un sonido de impacto una sílaba con una vocal fuerte, la sílaba tónica se clava en la vocal débil, se suaviza con la “ere” y se abre rotunda con la “a” como un abrazo de los que por lo pronto no pueden darse. El diccionario filosófico dice que: La cordura es una característica humana perteneciente a aquellas personas que actúan en forma racional, lógica, con buen juicio, prudentemente. Son coherentes en sus acciones y en la toma de decisiones. Pero ojo, hay más, cordura no viene de la razón, viene de la palabra latina “cordis”: corazón, de allí concordar, estar de acuerdo, ser cuerdos. Apela, antes que a la razón al sentimiento, antes que al pensamiento al corazón. Es allí donde radica el problema. AMLO tiene un ego desbordado, no admite que se le contradiga, no acepta poder encontrarse en el error, no reconoce que otro pueda tener razón y jamás aceptará plegarse a las pretensiones ajenas si no concuerdan con las propias. Quizás eso explique su propuesta de adelantar el referéndum que lo podría enviar a su casa.

AMLO prefiere considerarse una víctima antes que aceptar las peticiones, propuestas o exigencias de otros, especialmente si esos otros son los que él ha etiquetado, consciente o inconscientemente como sus “enemigos”, aunque a veces los matice con el epíteto de adversarios, Quizás también por eso desoía las recomendaciones sanitarias y seguía exponiendo y exponiéndose a la enfermedad, después de que se había anunciado la segunda etapa de la propagación del virus, porque para su persona, la muerte ideal sería la de un mártir, si bien fuera mártir del COVID19, envuelto por mortaja en una bandera nacional. Claro sería muy romántico, iría con su personalidad, pero sería muy poco cuerdo, afortunadamente lo entendió, tarde pero lo entendió.

Su propuesta de adelantar el referéndum o revocación del mandato como él lo llama, en estos momentos es por lo menos, una idea descabellada. Cuando lo que necesita el país es liderazgo, el líder pide una tregua con la promesa de adelantar la posibilidad de su salida, cuando lo que la sociedad espera y le exige es que se ponga al frente y coordine los esfuerzos y encauce las inquietudes y modere los exabruptos y asuma si es necesario las propuestas de sus “adversarios” y eche mano de las medicinas que no le gustan pero son las únicas que tiene a su alcance. Gobernar, tendría que haberlo aprendido, no es imponer su voluntad, aunque la sumisión y abyección de sus partidarios es tal que puede confundir al más ecuánime. Max Weber sostenía que la política es el arte de lo posible. No todo lo que se ofrece como alternativa es posible.

Sr. Presidente, todos tenemos miedo, pero a usted se le eligió para estar al frente, para gobernar para todos. Usted tiene las dotes del liderazgo, póngalo al servicio de la cordura, no del ego. La patria lo requiere.

 

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