Luis Muñoz Fernández

Es el hospital más famoso de París y lo mandó construir en el siglo diecisiete Luis XIV, el “Rey Sol”. En un inicio se llamó Hospital general para el internamiento de los pobres y los vagabundos de París y con ese propósito fue erigido: para recluir a quienes afeaban con su presencia las calles de la gran ciudad. Estaba dividido en tres partes: La Pitié para los niños, Bicêtre para los hombres y La Salpêtrière para las mujeres. Por eso hoy se llama el Hospital de la Pitié-Salpêtrière.

Trabajaron en él eminencias de la psiquiatría como Philippe Pinel (1745-1826), que terminó en el Bicêtre con el trato terriblemente inhumano que se les daba a los enfermos mentales, y celebridades médicas como Jean-Martin Charcot (1825-1893), considerado el padre de la neurología moderna. Pero no todo fue progreso médico y científico en aquel gran hospital, especialmente en su sección para mujeres.

La Salpêtrière fue pronto ampliada para dar cabida a un mayor número de internas, no sólo enfermas, pobres y prostitutas, sino mujeres a quienes sus padres y esposos consideraban inmanejables. Lo describe bien Laura Fernández en una reseña escrita para el suplemento cultural Babelia del periódico El País el pasado 11 de febrero de 2021: “Padres y maridos internaban a mujeres e hijas que no eran exactamente como esperaban -demasiado melancólicas, demasiado malhumoradas, demasiado independientes; en todo caso, nada sumisas-”.

Es la reseña de la novela “El baile de las locas”, de la escritora francesa Victoria Mas, que recrea el ambiente opresivo de aquel hospital parisino en 1885, cuando Charcot y Joseph Babinski, su alumno predilecto, trabajaban allí y organizaban aquellas célebres lecciones públicas en las que Charcot mostraba los avances de sus investigaciones hipnotizando a las pacientes histéricas. Así como se sujetaba al moralmente peligroso cuerpo femenino mediante el sofocante corsé, también se sometía con el encierro a aquellas mujeres cuyas mentes eran consideradas más peligrosas que sus propios cuerpos.

Mary Wollstonecraft (1759-1797), madre de Mary Shelley, la autora de “Frankenstein”, escribió en su libro “Vindicación de los derechos de la mujer” (1792): “Si los hombres rompieran generosamente nuestras cadenas y se contentasen con la compañía racional en lugar de la obediencia servil, nos encontrarían hijas más observantes, hermanas más afectuosas, esposas más fieles, madres más razonables; en una palabra, mejores ciudadanas”.

Hoy en Aguascalientes, con oscurantista frenesí, se forjan grilletes cada vez más férreos para sojuzgar a las mujeres”.

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