Luis Muñoz Fernández.

A John Emerich Edward Dalberg-Acton (1834-1902), conocido como Lord Acton, se le atribuye la frase “El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”.  Todos los ciudadanos de a pie (atentos e indiferentes) estamos sujetos a dos poderes, el civil y el religioso, que administran, respectivamente, los dos grandes temores de nuestra frágil existencia: el miedo al más acá y el miedo al más allá. Y amenazar con la condenación eterna implica disponer de un poder absoluto de esos que corrompen absolutamente.

Lucetta Scaraffia, directora del suplemento femenino de L’Osservatore Romano, publicó hace un mes los abusos históricos y masivos (violaciones, relaciones de esclavitud, etc.) que sacerdotes y obispos han cometido contra las monjas, lo que obligó al Papa Francisco a convocar  a una cumbre el pasado fin de semana para analizar los abusos de menores perpetrados por sacerdotes de distinta jerarquía, unos por acción y otros por omisión: encubriendo a los pederastas para esconderlos del poder civil y comprando el silencio de las víctimas con dinero y amenazas.

Las conclusiones de la cumbre expresadas por el Papa han resultado tibias e imprecisas, decepcionando a quienes esperaban mucho más, especialmente los afectados. En contraste, se agradece el discurso pronunciado por la afamada periodista mexicana Valentina Alazraki ante los obispos que asistieron a la cumbre: “¿Son ustedes enemigos de los abusadores y de los encubridores tanto como lo somos nosotros, las mamás, las familias, la sociedad civil? Nosotros hemos elegido de qué lado estar. ¿Ustedes, lo han hecho de verdad, o sólo de palabra?”.

 Scaraffia está convencida que la raíz del problema es la estructura fuertemente patriarcal de la Iglesia y que parte de la solución está en feminizarla, permitiendo que las mujeres tengan acceso a los puestos de poder dentro de la Iglesia para que aporten su visión tanto como víctimas, como cuidadoras de los menores que han sufrido abusos. Además, cree que falta una mayor vigilancia sobre los obispos: “Siguen siendo los controladores, como si fueran siempre inocentes. El obispo, según esta visión, por definición es bueno y el malo es el sacerdote. Pero hay muchos que no lo son. ¿Quién les juzga?”

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