Con gran preocupación leo constantemente en redes sociales, en medios de comunicación y en prácticamente cualquier plataforma de intercambio de información entre personas, puntos de vista que no sólo son contrarios y contradictorios, sino que además son expresados en forma agresiva y muchas veces grosera, cargados de intolerancia y de coraje, llenos incluso de odio y de revanchismo, son mensajes y, en ocasiones, diálogos entre ciudadanos que no están dispuestos a aceptar un punto de vista o una postura distinta o contraria, pareciera que todos están en una posición irreflexiva de ego superlativo incapaz de entender que cada uno puede tener su propia perspectiva de la cosas, observo en ello una gran polarización de opiniones, incluso una disrupción grave y altamente preocupante.

Normalmente esta polarización de opiniones y manifestaciones tiene que ver con puntos de vista políticos, o lo que las personas piensan que es política y en la mayoría de los casos tienen que ver con personajes ligados al quehacer político o a algún partido o grupo. La forma en que se ventila la información en redes sociales o se difunde por parte de los medios de comunicación se convierte en campo fértil de discusiones infértiles y absurdas entre ciudadanos aferrados a ideas como si se tratase de una verdad, de la única verdad.

Considero conveniente que los ciudadanos que no participamos en partidos políticos y que no formamos parte de las Instituciones de la administración pública o del Gobierno, nos preguntemos con un alto nivel de responsabilidad ¿Cuál es nuestro papel ante esta situación y ante el panorama en que vivimos? Que reflexionemos con relación a ello para tener una postura objetiva y madura en torno al rol que debemos de asumir, entendiendo que el ciudadano finalmente es el actor más importante de la sociedad y que es quien debe intervenir de forma activa, positiva y propositiva para el mejoramiento de las condiciones, para modificar lo que no nos agrada y que tanto criticamos olvidando que nos corresponde hacer mucho en favor de lo que sí queremos que ocurra, pero tal parece que ya hemos cedido de manera absoluta el control de nuestra sociedad a los ciudadanos que se han enrolado en funciones de Gobierno y a los partidos políticos y sólo nos dedicamos a quejarnos, o a quejarnos y atacar a quienes no piensan como nosotros, eso no sirve ni ayuda a nada ni a nadie.

Los ciudadanos somos la parte más importante del estado, tenemos a nuestro alcance herramientas que, si las aprovecháramos adecuadamente, podrían tener un efecto muy poderoso para modificar el rumbo y el destino de nuestra sociedad en la forma en que queremos que sea, en beneficio de todos y para el adecuado desarrollo de los individuos en comunidad, pero a diferencia de ello, hemos caído en zonas equivocadas y descansamos confortablemente en ideas que elegimos cómodamente para señalar solamente a otros como los responsables de todo lo que nos ocurre y de todo lo que está por ocurrir.

Aterrizando las ideas, quiero decirte que como ciudadano tienes a tu cargo la responsabilidad de actuar dentro del marco normativo, no solo jurídico, sino moral, ético, social, familiar, etcétera, de manera que nuestro comportamiento ocurra sobre la base del cumplimiento y del respeto entre y hacia todo y todos, lo cual quizá no se dimensiona, pero tiene un poder extraordinario, un poder de transformación increíble, partiendo de algo que desde mi punto de vista y mi experiencia es totalmente cierto, que las ciudades o sociedades más seguras no son aquellas que tienen a las mejores policías, sino a las que tienen a los mejores ciudadanos. Si actuáramos con base en esta premisa nuestra situación sería diametralmente distinta en nuestro propio beneficio.

Lo cierto es que esta idea es perfectamente aplicable a la política y a los políticos, podríamos afirmar que la sociedad más democrática, ordenada y armónica no es aquella que tiene a los mejores políticos, partidos políticos y ni siquiera al mejor gobierno, sino aquella que tiene a los mejores ciudadanos, pues lo primero sería una consecuencia directa de lo segundo, como en realidad lo es, pero lamentablemente en un sentido opuesto, debemos comenzar por admitirlo para estar en posibilidades de cambiarlo.

No podemos continuar asumiendo roles que no nos corresponden, en lugar de ello respetemos si alguien piensa o siente distinto a nosotros y más allá de pretender convencer con argumentos que normalmente son sólo parcialmente válidos, hagamos lo que sí nos corresponde, cumplir las normas, respetar al prójimo en todos los sentidos y en todos los aspectos, tolerar ideas diferentes incluso si son contrarias a las nuestras, ejercer nuestro derecho a opinar pero sin olvidar lo anterior y, en última instancia, votar de manera responsable, y al decir responsable entiéndase que debe ser con la plena conciencia de que para hacerlo habrá que hacer un análisis objetivo de las opciones que están frente a nosotros, que no nos dejamos llevar solamente por el bombardeo de imágenes y mensajes mercadológicos, por fórmulas o colores, sino por aquello que sí tiene propuesta, sentido, lógica, que es razonable y que queremos para nosotros y nuestras familias, pero por favor, dejemos de pelear en todas partes pensando que nuestra postura es la correcta o que tenemos la verdad, eso no sólo no sirve de nada, eso es lo que nos está descomponiendo cada vez más como sociedad y como ciudadanos y quienes lo están aprovechando son precisamente aquellos a quienes tanto criticamos ¿o tú qué opinas?

RENÉ URRUTIA DE LA VEGA.

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