Construcción y forma

Por J. Jesús López García

A mediados del siglo XVIII la edificación de puentes y caminos experimentó un avance técnico inédito gracias a la utilización del acero, cuyos procesos de fabricación y luego en ensamblaje en la construcción fueron depurándose hasta posicionar al material en tal vez uno de los más requeridos en el ámbito edificatorio mundial. Durante el siglo XIX se sumó el acero al sucesor moderno del antiguo “opus caementicium” de los romanos, el cemento, y se desarrolló el proceso constructivo del concreto armado, y ambos materiales, acero y concreto iniciaron en ese siglo una revolución en la definición de la forma arquitectónica sujeta por milenios a las formas derivadas de la construcción con piedra, madera o tierra. Incluso la sofisticación de las arquitecturas griega, romana, gótica o renacentista, se guiaban por su sujeción total o parcial a los antiguos órdenes de la arquitectura definidos desde el apogeo de la época grecolatina, y decantados en el siglo XVI por el arquitecto Sebastiano Serlio (1475-1554).

Pero con el acero y el concreto en combinación con el vidrio, la arquitectura cambió de forma, inicialmente con cierta timidez pues todavía en elementos metálicos o de concreto se apreciaban decoraciones que mostraban aún cierto apego por el ornato a la manera tradicional tal y como podemos apreciar en la torre Eiffel, gran precursora de la edificación metálica en altura, o en el edificio de apartamentos de la calle Franklin en París del arquitecto Auguste Perret (1874-1954), tal vez el primer maestro en el uso del concreto armado de manera extensiva.

A principios del siglo XX con el advenimiento de las vanguardias en el arte y en el clima intelectual más avanzado, todavía con algunas nociones positivistas sobre el progreso, la arquitectura comenzó a volcarse sobre nuevas búsquedas técnicas, utilitarias y estéticas que pudiesen deslindarse de la tradición considerada por esas vanguardias como anticuadas y aún dañinas para el espíritu moderno de igualdad, justicia, verdad y evolución. Es en ese momento en que la arquitectura comenzó a despojarse de su atención a la forma hasta entonces dependiente de los materiales y los procesos constructivos tradicionales modernos, y ya experimentando con el concreto y el acero más versátiles y económicos así como más eficientes en sus características mecánicas con menos sección de elementos estructurales, el espacio fue considerado a partir de allí el verdadero protagonista de la arquitectura.

La forma del edificio, no cabe duda, continúa siendo una preocupación importante en el diseño arquitectónico, sin embargo desde inicios del siglo XX el espacio, ese elemento etéreo casi abstracto se convirtió en el motivo principal del diseño arquitectónico moderno. En algunos de los edificios más célebres del pasado siglo las imágenes más perdurables de los mismos, más que sus fachadas, son las de algunos de sus espacios captados desde la subjetividad del fotógrafo, incluso en fachadas de edificios famosos del siglo XX, tan importante como la fachada es el espacio circundante con el que el edificio dialoga y sin el cual pareciera incompleto tal y como podemos apreciar en la famosa casa Kaufmann (1946-1947) en las afueras de Palm Springs en California, EE.UU., diseñada por el arquitecto Richard Neutra (1892-1970) y fotografiada por Julius Shulman (1910-2009), con la bruma californiana y su fondo montañoso.

Pero al margen del espacio arquitectónico la forma en sí también experimentó una “liberación” una vez que los nuevos materiales desplazaron a los tradicionales, aún con una vuelta parcial a sus formas con algunos episodios de la posmodernidad en los setenta y ochenta del siglo XX. Con esa liberación, las formas arquitectónicas ya no se sujetaron a los cornisamentos, a la disposición de los órdenes, ni siquiera a la composición de las columnas, pilares y pilastras en su modalidad tripartita básica (basamento, fuste y capitel), sino que los nuevos materiales y procesos de la construcción más maleables y versátiles dieron la oportunidad de inventar composiciones nuevas, cosa tan común que ya ni siquiera nos damos cuenta de ello.

Basta poner como ejemplo el edificio ubicado en la calle Coquimbo No. 104 en el fraccionamiento La Fuente, aquí en Aguascalientes, que empleando probablemente la estructura de una casa previa, tiene ahora una fachada plasticamente atractiva de volúmenes recubiertos con placas de piedra, un plano suspendido sobre el acceso vehicular con porcelanato y sus vanos velados por celosías metálicas. En la parte superior se aprecia una trabe que posiblemente esté sobre una terraza jardinada. Un edificio discreto y bien compuesto que hace ciento veinte años resultaría muy extraño en Aguascalientes, pues el zaguán y el patio, el adobe, los vanos verticales enmarcados con jambas y dinteles de piedra, las cornisas y los rastros del dórico, el jónico y el corintio, no se aprecian por ningún lado. Y como esta obra innumerables más que son también testigos de una historia moderna que ya es centenaria. Si bien es cierto la arquitectura que generalmente tenemos en mente es aquella que se encuentra en el Centro Histórico, también otras obras dispuestas fuera de él nos hablan de nuestro Aguascalientes, como el referido edificio.