Luis Muñoz Fernández

Para mis compañeros de generación en la carrera de medicina de la Universidad Autónoma de Aguascalientes siempre fui un bicho raro. Recuerdo que la mayoría quería dejar atrás lo más pronto posible aquellos primeros semestres dedicados a las bases científicas de la profesión, para adentrarse en la medicina clínica y quirúrgica a la que pensaban dedicarse en el futuro, mientras que a mí me sabían a poco los fundamentos científicos que se nos enseñaban. Así que hasta la fecha he seguido leyendo sobre ciencia por mi cuenta.

En 1868, Johann Friedrich Miescher, un científico suizo de apenas veinticuatro años, se trasladó a la pequeña ciudad alemana de Tübingen para estudiar con el famoso químico Ernst Felix Hoppe-Seyler, cuyo laboratorio estaba instalado en el castillo de aquella localidad. Miescher quería descubrir la composición química del núcleo celular y se le ocurrió que sería más fácil obtenerlo de células muertas y rotas como los glóbulos blancos presentes en la pus.

Por eso acudió a una clínica cercana en donde se desechaban las vendas de las heridas quirúrgicas infectadas. Miescher encontró en la secreción purulenta una sustancia química ácida, rica en fósforo, a la que llamó nucleína. Años más tarde, en su natal Basilea, la volvió a encontrar en el esperma de los salmones del Rin, río que pasa por aquella ciudad. En 1889, Richard Altmann, un alumno suyo, llamó ácidos nucleicos a la nucleína descubierta por Miescher. Así los seguimos llamando hoy. Son el famoso ácido desoxirribonucleico (ADN o DNA) y el ácido ribonucleico (ARN o RNA).

El lenguaje de la biología molecular, con sus nombres intrincados de cosas que ni siquiera se ven con el microscopio óptico -y casi lo mismo podemos decir de las que se ven con él-, era sólo del dominio de susiniciados. Pero mira tú por dónde que a resultas de esta pandemia las moléculas se nos han ido colando en la conversación cotidiana: la PCR, las proteínas virales, los ácidos nucleicos, los anticuerpos y, últimamente, el RNA mensajero contenido en las novedosas vacunas que ya se están empezando a aplicar.

Lo que no habían logrado en décadas quienes intentan hacer divulgación científica en nuestro país, lo ha conseguido este virus en un año. Parece que los seres humanos aprendemos más rápido a través del sufrimiento, aunque no del ajeno. Hoy la biología molecular está en la boca de todos.

 

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