Moshé Leher

Como a veinte mil metros de altura.- Hace 4 semanas, nada más aterrizar, pasar el control sanitario (no tan estricto y expedito), recoger el equipaje y pasar el control de migración, decidí ir a Madrid en metro; arrastraba un maletón con la derecha, cargaba un bolsa mediana con la izquierda, mientras llevaba una bolsa a la espalda y, ya no sé ni cómo, una carpeta litográfica. Quedé con mi hijo de verme en tal estación -creo que en Nuevos Ministerios, pero da igual-, compré un abono en una máquina y me subí al vagón. Luego, ya juntos, fuimos hasta el metro Tribunal y de allí, andando aunque ya con ayuda, al corazón de Malasaña al apartamento que él me había conseguido.

Le invité a comer, pero tenía asuntos que atender, así que fui a la cercana placita de Juan Pujol, me metí en una pequeña fonda -diría mi abuelo Emilio-, y pedí vino y algo de comer, mientras veía a la fauna urbana de esos rumbos, antes siniestros y hoy tan de moda, y me sentí de nuevo en casa, con perdón del señor que nos quiere descolonizar -el muy bruto no entiende que cuando llegamos a la época colonial, en el siglo XIX, México era ya un país independiente, aunque ese asunto también está de más.

Era un jueves a las 3 de la tarde, como ahora que, cuatro semanas después, estoy viendo los ventanales de las terminales uno, dos y tres de barajas, a punto de despegar de vuelta a México.

Todavía en la mañana me dio para trotar un rato por el Parque del Oeste, en una mañana helada, para ducharme, desayunar con mi hijo en un cafecito de Marqués de Urquijo, y despedirme de él, que se marchó al futuro en un autobús azul, para subir a cerrar el equipaje y bajar cuando Pepe Vargas estaba ya por mí para irme a dejar al aeropuerto, donde luego de una lenta espera, abordé y despegué en el vuelo de vuelta.

No eran mis planes volverme tan pronto, la verdad, así que regreso con más pena que gloria, aunque con un par de ofertas que, espero, me pueden traer de vuelta cuando tarde en tres o cuatro meses, esta vez sí para declararme en el exilio y volver a México una o dos veces al año.

Pocas cosas me atan ya a mi país, que cada vez me gusta menos, entendiendo que lo que pasa no es culpa de un sujeto resentido, el rey de ellos, sino de una sociedad adormilada; otro asunto en el que no voy a abundar ahora, so riesgo de que me declaren la versión albina de aquella doña Marina (el ripio me resultó inevitable, con perdón).

Me atan al terruño mi madre, mi hermana, mis amigos de los viernes (alguno no), mi querida familia Ramírez, algún colega querido, el sabor de las enchiladas, las salsas picantes, el mezcal oaxaqueño, y poca cosa más; creo que si me marcho extrañaré también la amplitud, pues si algo resiento en España, son sus estrecheces: demasiada gente y poco territorio, de tal manera que la holgura es un lujo de potentados.

Por lo pronto me llevo esos días en Madrid, las cenas con mi hijo, las aulas de la Complutense, los Magrittes del Thyssen, los Picassos, de Málaga, la escultura de Richard Serra, la vista del Peñón y la Cordillera de Atlas desde una playa marbellí, los langostinos del Pimpi, los bares de Sanlúcar, la hospitalidad de Pedro y Paqui, los gestos de Pepe Vargas, las mañanas trotando rumbo a Chipiona, viendo los caballos de pura raza galopar por la playa, las tapas de garbanzo en El Penitente, la sombra de la Giralda, una noche en Ginés, con Rita y Juan José… Y tres kilos de más -y quizás el hígado a punto de foie gras-.

Al caer la tarde, de nuevo en el populoso aeropuerto de CDMX, una especie de tianguis con pistas de aterrizaje al lado, donde tampoco tengo contratiempos en pasar controles; a la salida de la aduana un perro que lleva una funcionaria uniformada olisquea mi maleta y mueve la cola. ¿Lleva usted comida? ¿Medicinas? No, le digo y ella, que ve la cara de buena persona que tengo, me deja irme, y yo me voy al hotel de allí mismo, donde he de hacer noche.

Antes de ir a la habitación paro en la terraza con bar, me fumo un cigarrillo (llevo mis buenas 15 horas sin nicotina), y pido un mezcal. A lo lejos, allá abajo, se escuchan tiros y luego sirenas. Ya estoy en México, según constato.

¡Shalom Shabat!

@Mosheleher: Facebook, Instagram, Twitter.