Moshé Leher

En las pocas reuniones a las que asisto escucho conversaciones de esta guisa:
-¿Ya viste la serie de -ponga usted aquí la plataforma que tiene en casa, pague usted la suscripción o le robe las señales a su vecino-?
-¿Cuál, la que trata sobre los espías del Mossad en el gobierno de Paracho?
-No, la que trata sobre la conspiración de unos militares dominicanos, que viajan a Macao para…
-¡Ah, esa!
No pocas cátedras sobre política medioriental, sobre la capacidad armamentista de los nepalíes, sobre tribus amazónicas o sobre las estructuras de los consejos directivos de las televisoras de Chipre, he escuchado de los que ven una serie de tres capítulos y entienden más sobre la decadencia y caída del Imperio de Roma, que el mismísimo Gibbon, o saben más de estrategia militar que el tristemente célebre Clausewitz; hasta lecciones de judaísmo, asunto que no hace sino aumentar mis perplejidades, he recibido.
No hace mucho, en una comida de viernes, uno de esos devoradores de series, que están haciendo más daño que el History Channel, me corrigió la plana cuando explicaba algunas peculiaridades de jaisidismo nacido en los schtetls polacos, de la visión racional del Talmud de los judíos letones y me dijo que él había visto en una serie que…
Amén de la pregunta sobre de dónde sacan estas personas tanto tiempo para ver series por docenas, de regreso a casa comencé a añorar esos años en que uno encendía el viejo televisor de bulbos y no podía sintonizar otra cosa que un par de canales y no nos quedaba de otra, a todos por igual, que ver a Chabelo, películas de Pedro Infante y los Domingos Herdez.
Yo hace muchos meses que decidí dejar por la paz mi suscripción de Netflix, donde vi, puntualmente: dos series cortas, la película Roma de González Iñárritu y La Balada de Buster Scruggs de los hermanos Coen y nada más, lo que me llevó a los siguientes considerandos: no tengo para pagar un servicio que apenas usaba, ni tiempo que perder viendo series sobre intrigas en la corte de los indios Korowai (unos caníbales de Papúa, que ni tienen corte, ni estructura política compleja y como no tener, no tienen apenas unas chozas de caña y unos cuchillos de piedras: esto es cierto).
Por lo demás me parece un abuso que primero contratemos un servicio de cable, luego un servicio satelital y que luego las cadenas nos salgan con la payasada de que tienen una plataforma ‘plus’, nos ofrezcan migajas en servicios que ya cuestan un dinero y luego nos quieran que contratemos sus nuevas plataformas (Amazon, Disney, HBO +…), si es que queremos ver el juego del Madrid de la Champions.
Yo mantengo mi servicio satelital de hace veinte años para ver tres juegos de beisbol de la MLB a la semana, para ver el telediario de la TVE y algún capítulo atrasado del Mentalista, y pare tener ruido de fondo mientras me siento a hacer mis cosas en la computadora, justo como ahora; y si nos salen, mucho me temo que así será, que para ver el Paraguay-Andorra en el Mundial currísmo de Qatar hay que tener no sé qué suscripción, pues para eso están las cantinas.
Y como este asunto me molesta, como me molestan las lecciones sobre la guerra entre los Lancaster y los York, o la vida de San Cucufato de Cartago (San Cucufato, San Cucufato, con este hilo los … te ato y hasta que no encuentre mis llaves no te los desato), romano predicador y mártir en el Ampurdá, me acuerdo que hoy el calendario judío celebra, y hasta mañana viernes por la noche el Tu ‘Av, que es algo así como el San Valentín de los gentiles, pero sin tener que andar regalando ridiculeces, lo que me pone amoroso y me hace hasta desearles ¡Mazel Tov!

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