
Abril en Aguascalientes tiene un sonido particular. No es solo el calor que comienza a sentirse o el cambio de rutina en la ciudad: es el murmullo creciente de una celebración que se aproxima. La Feria Nacional de San Marcos llega cada año como ese punto de encuentro donde tradición, cultura y convivencia se funden en una sola experiencia colectiva. Y sí, las personas ciegas también vivimos la feria. La vivimos con emoción, con estrategia, con retos… y con muchísimo entusiasmo.
En el imaginario social aún persiste la idea de que las personas con discapacidad difícilmente pueden disfrutar de eventos masivos. La feria, con sus multitudes, su ruido, su dinamismo y su ritmo vertiginoso, pareciera ser el ejemplo perfecto de un espacio «complicado». Pero la realidad es mucho más interesante y esperanzadora: la feria sí es disfrutable para nosotros. Solo que la vivimos de forma distinta, con ajustes razonables, con planificación y, sobre todo, con la convicción de que también formamos parte del pulso social de esta ciudad.
Sería ideal decir que podemos vivirla exactamente igual que cualquier persona, sin obstáculos ni barreras. Sin embargo, hablar desde la honestidad implica reconocer que no siempre es así. Las barreras existen, pero muchas veces no son físicas: son culturales. La mayor barrera sigue siendo la idiosincrasia que coloca la discapacidad antes que a la persona. Esa mirada que duda, que sobreprotege o que asume incapacidad sin preguntar.
Y, aun así, la feria se vive.
Para una persona ciega, la experiencia comienza incluso antes de entrar al perímetro ferial. El trayecto ya es una señal de que algo distinto ocurre en la ciudad: el flujo constante de vehículos, las voces que se multiplican, la energía colectiva que empieza a sentirse en el aire. El corazón late distinto cuando uno se aproxima. Es una sensación auditiva, sensorial, emocional.
Llegar acompañado transforma la experiencia en una caminata compartida que puede durar horas. Tomar el hombro de alguien de confianza, caminar entre los pasillos llenos de gente, escuchar las risas, los gritos de emoción, la música que brota de cada rincón. Es una experiencia profundamente sensorial. La feria no solo se ve; se escucha, se huele, se siente. Y ahí radica una de las grandes claves para entender cómo la vivimos las personas ciegas: el mundo no se reduce a lo visual.
Pero también existe la otra realidad: cuando vamos solos. Y esto ocurre más de lo que muchos imaginan. La autonomía forma parte de nuestra vida cotidiana, y la feria no es la excepción. En esos momentos entran en juego la movilidad y la orientación, el bastón blanco que se convierte en extensión del cuerpo y en herramienta de libertad. Cada paso es planeado, cada sonido es una referencia, cada aroma una pista: comida, bebidas, tierra húmeda, perfumes mezclados en el aire. La feria es una sinfonía de estímulos que nos guía.
Y, cuando se necesita apoyo, siempre aparece el «brazo amigo». Esa persona desconocida que ofrece ayuda con empatía, sin invadir, sin infantilizar, sin asumir. Ese gesto simple que demuestra que la inclusión también se construye desde la cotidianidad.
Gracias a esa combinación de autonomía, estrategia y apoyo social, las experiencias que muchos creen imposibles se vuelven parte de nuestra realidad: bailar al ritmo de la banda, disfrutar de una bebida con amigos, asistir a un concierto, vivir la emoción de la fiesta brava, recorrer foros musicales, compartir una noche de casino o vibrar con la música en el palenque. La feria también nos pertenece.
Hablar de esto no es romantizar los retos ni ignorar las áreas de oportunidad. Aún queda camino por recorrer en señalización accesible, capacitación del personal, difusión de apoyos y cultura de inclusión. Sin embargo, el cambio social comienza cuando dejamos de preguntarnos si las personas con discapacidad pueden estar en estos espacios y empezamos a preguntarnos cómo podemos hacerlos más accesibles para todos.
Porque la inclusión no significa eliminar la esencia de la feria; significa abrirla para que nadie quede fuera de la experiencia colectiva que define a nuestra ciudad.
Las personas ciegas no vivimos la feria desde la ausencia, sino desde otra forma de presencia. Una presencia que escucha con atención, que siente con intensidad y que celebra con la misma alegría que cualquier otra persona.
La Feria Nacional de San Marcos es tradición, identidad y encuentro. Y sí, también es nuestra.








