Luis Muñoz Fernández

Todos conocemos la imagen, o quizá la hayamos contemplado en vivo alguna vez: esa expresión, mezcla de sorpresa y temor, de un venado alumbrado de pronto por los potentes faros del vehículo de un cazador en medio de la noche. Como el venado, así vivimos hoy, pero en plan permanente: expuestos, sin derecho a la intimidad, bajo los escrutadores ojos de todos, invitados a “compartir” cada acto de nuestra vida cotidiana, por más banal que sea.

Las redes sociales y los buscadores de internet son el gran escaparate en el que todos los días se vuelcan intrascendencias desechables para ser reemplazadas de inmediato por otras nuevas. Tonterías que, como aquellos soldados del antiguo ejército persa, dan la apariencia de ser inmortales porque cuando desaparecen son sustituidas por otras idénticas. El que se guarda de ello y no sigue el juego de asomarse al muladar de las novedades fugaces se vuelve sospechoso.

Vivimos bajo una luz potente de pantallas que nos enganchan e hipnotizan a toda hora del día y hasta de la noche, como presos a los que no se les deja dormir para quebrantar su voluntad. “Demasiada luz deslumbra, no nos conviene”, dice Josep Maria Esquirol. “Claridad, sí; foco de blanca luz, no. La luz excesiva se lo traga todo, al igual que la oscuridad. Hay muy poca diferencia entre el blanco y el negro. Sendos dominios son insufribles: huimos de la compacta negrura tanto como de la intensidad del rayo. Nuestra capacidad de ver y de vivir reclama una claridad similar a la de media tarde o una penumbra como la del atardecer. Saludamos la claridad ‘intermedia’ así como la tibia luz que acaricia la superficie del mundo”.

Jeremy Naydler, filósofo e historiador de la cultura, afirma que una de las consecuencias de la revolución digital es que todos nos hemos vuelto ‘interrumpibles’, y cita al periodista Thomas Friedman que llama a nuestro tiempo “la era de la interrupción”, porque si nadie nos está interrumpiendo, es probable que nosotros estemos interrumpiendo a alguien. Lo experimentamos todos los días. Como vivimos a la intemperie, exhibidos y ante la mirada impúdica de cualquiera, somos presa fácil de quienes, sin el menor respeto, se sienten autorizados a inmiscuirse en nuestras vidas. Nos abordan en cualquier momento, generalmente en el más inoportuno y mediante una llamada telefónica, para ofrecernos servicios y productos. Para hacernos sentir la urgencia de necesidades que en realidad no tenemos. Como dice Naydler, “nuestro espacio ya no es inviolable”.

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