Leo, con un poco de desazón y más de indiferencia, que Facebook quiere cobrarnos; qué el cielo los pierda.

Más seguridad, más visibilidad, y no sé qué más prestaciones a cambio de unos dólares, lo que es una velada amenaza: no pagas y lo que toca es menos visibilidad, menos seguridad y al final la muerte civil.

Yo que uso esta red como vínculo con amigos, lo mismo me da. ¿Visibilidad? Pues me da igual; lo de la seguridad es lo que me preocupa más, como me preocupa la deriva absurda de sus famosos algoritmos que, ellos juran, me han perfilado al dedillo para ofrecerme, siempre según los apocalípticos, mercadería fútil, servicios no solicitados y toda clase de memeces, que según ellos están acordes con mis intereses, adiciones, patrón de compras…

¿Patrón de compras? Si yo como no comprar, no compro ni lo que me es indispensable.

Por si queda alguna duda, y sólo para que se enteren los señores, hago manifiestos algunas de mis cualidades y características, que son las que ventilo públicamente y las que conocen todos los que me tratan: hombre, ya en edad madura, desempleado, artista semi desconocido, heterosexual, deportista, aficionado a la lectura, a la pintura y, cuando pude, a los viajes… Poca cosa más.

Aquí es donde manifiesto mi asombro, mi molestia, mi absoluta incomprensión a los anuncios que, como si fueran dirigidos a una persona que no soy yo ni se me parece, me aparecen con cada vez más frecuencia, en el entendido de que jamás de los jamases compraré nada que me ofrezcan en sus anuncios, ni contrataré servicios que me sugieran, ni voy a estudiar un máster en gestión de procesos petroleros que tengan a bien hacerme aparecer delante de las narices.

Sus anuncios, en general, ya los he clasificado en: idiotas, absurdos, extraviados, tarados, ofensivos, irrelevantes, surrealistas, impertinentes, desviados, incompetentes, engañosos, fraudulentos, errados y hasta peligrosos.

Al azar veo que sólo abrir el hilo me ofrecen una ‘homolagación MIR para obtener una plaza en España’ (¿La Plaza del Callao?), las tendencias de la industria de la construcción del 2023, un tónico para la calvicie (¿qué no Juan visto que me faltan dos pelos para parecer el eslabón perdido?), un e-book para maximizar mis ingresos en AIRBNB, un curso del ‘método Silva de control mental’ para conseguir pareja, fincas rupestres en Mérida, condominios en Miami, suplementos milagrosos, préstamos fáciles (y aquí veo a usureros criminales buscando incautos) y etcétera.

No sé en qué vida o en que dimensión me pueda interesar un perfume para dama, una falda de tablones, maquillaje, un curso de yoga para equilibrar mis emociones o, y aquí ya balbuceo mi desconcierto, una cosa que se llama “varilla litoclast vreter”, que no sé si es para lobotomizar a alguien o para torturar a los enemigos que no tengo.

Lo único que tiene cierta lógica es, según especulo, la oferta de un generador eléctrico, que supongo me ofertan porque ya vieron mis facturas de la CFE y suponen, como lo hace la comisión, que yo escondido en el sótano de casa (que no existe) tengo una fábrica de yogures con 100 humanoides esclavos.

El resto es que me importa un pepino, un rábano y un -para decirlo mal y pronto- pito, si a mi amiga Margarina Tulent le gusta los zapatos de tacón de Fendi o los pendientes de perlas de Christian Dior, o los cursos del ‘Instituto Holístico de la Madre Tierra’.

En fin. A veces oculto sus memeces, y Facebook me pide que le explique por qué acabo de ocultar el anuncio: les faltan opciones; ¿cómo se los digo sin ofender? El día que pongan como respuestas: ‘Porque me importa un clavo’, ‘Porque no tengo dos años de edad mental’, ‘Porque me están confundiendo con mi tía la gorda’, o ‘Porque ya me tienen hasta los mismísimos…’, les respondo con gusto y siempre con la amabilidad que me caracteriza.

¡Mazel Tov!

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