Por Dra. Ednna Milvia Segovia Miranda

Con propósito del Día de las Madres, vi circulando en las redes sociales un texto de la misiva de un niño de once años y que fue publicado en el Diario de Nueva York. El joven aparentemente se quitó la vida justo un 10 de mayo en nuestro país. En dicha nota o carta suicida se depositó la culpa a quien consideró responsable de su decisión de muerte o sus circunstancias de vida, en este caso a la figura materna, pues se lee “En este Día de las Madres sólo quiero que te sientas la mujer más feliz del mundo. Además, tú me decías a diario que tu felicidad se fue el día en que yo nací. Pues fui la causa de que mi papá se marchara de la casa”.

De acuerdo con algunos estudios la mayor parte de las cartas suicidas tienen la función de ofrecer una disculpa, le sigue en segundo lugar la expresión de sentimientos negativos como depresión, ira, soledad y desesperanza. En una investigación forense cumplen una función importante al ayudar a clarificar la naturaleza de una muerte. Es decir, en las notas o cartas suicidas muchas veces se plasman directamente los motivos, sentimientos, deseos, pensamientos del suicida, pues generalmente son escritas instantes antes de cometer el acto, lo cual nos permite tener un acceso más cercano al acto mismo y, por tanto, a su comprensión.

Por otro lado, poco reflexionamos sobre el impacto que tienen nuestras palabras sobre la dignidad de los otros, se nos olvida que la lengua es como un gran órgano de catedral que se puede tocar como violín, como piano o como tambor; José Saramago, el fallecido premio Nobel de literatura, dijo en un discurso en el 2004 que las palabras no son ni inocentes ni impunes. «Hay que decirlas y pensarlas en forma consciente». La palabra es poder y el impacto que produce un mensaje negativo o una palabra ofensiva puede ser devastador. Resulta conveniente entonces, detenernos a pensar en lo que decimos, cómo lo decimos, para qué lo decimos y evitar la culpa de decir algo de lo que nos vamos a arrepentir después, hacer el esfuerzo de buscar una reparación emocional para podernos comunicar mejor.

Fallar es una parte necesaria para criar a un hijo, todas las madres y figuras maternas intentan ser lo “suficientemente buenas”, algunas lograrán serlo en unas cosas y algunas en otras, -o más bien, debería decir como el pediatra Donald Winnicott, algunas serán malas en unas cosas y algunas serán malas en otras cosas-. Hay lugar para todo tipo de madres en este mundo. Quizá la única mala madre sea aquella que pretende, obsesivamente, nunca equivocarse; aquella que se abandonó a sí misma por cargar a cuestas la consigna sociocultural de “guerrera invencible, luchadora incansable y amiga constante de todas las horas”; y, aunque me parece una verdadera maravilla que a algunas madres les vaya bien portar el lazo insoslayable de Wonder Woman o la fuerza todopoderosa de una amazona, hoy, me gustaría felicitar a las madres que han logrado disminuir las expectativas grandiosas respecto de sí mismas y de los demás, a las madres menos fantásticas pero las más auténticas, a las que tienen en su fuero interno un sillón tapizado de agotamiento y hartazgo, a las que no se dan abasto y que cometen millones de errores porque se parten en mil pedazos para abarcar obligaciones, a las que tienen una vida imperfecta y son capaces de abrazar su hermosa condición de vulnerabilidad. Felicitaciones a las muchas maternidades libres, elegidas, gozosas y diversas.

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