Moshé Leher

Esto pasó, según calculo, hace unos veinte años: ya existían los teléfonos móviles, aunque eran más bien una novedad -y un atraco-, y aunque ya existían los euros, los españoles seguían contando en pesetas, y eran incapaces de calcular la paridad: tantas pesetas son un euro, ergo, tantos miles de pesetas son…

Aún los hay, que te dicen que el piso que se acaban de comprar en Puerto Banús, o el ordenador portátil les costaron ‘tantos millones de las viejas pesetas’.

Viajaba yo de Barcelona a Sevilla, y apenas aterrizar en el aeropuerto de San Pablo, a lo mejor luego de que la azafata dijera por el sistema altavoz que ya se podían encender los aparatos de marras -que tenían que apagarse para no acabar, decían, con el avión partido en dos sobre Dos Hermanas-, todo el que se preciara de ser parte del ‘Who is who’, sacó su teléfono de los bolsillos de la chaqueta y los bolsos de mano, para hablar a gritos.

¡Eh Manué, que si mandaste al chófer (sic) a por mí!; ¡Ey Juani, que recuerda que esta noche vienen los Medina Luengo y Puigcerdá a cenar, así que saca la vajilla de plata!; ¡Pues bien Manoli, que el tío ha caído redondo y ha palmado con veinte pavos! Veinte pavos: veinte millones de las antiguas pesetas, obviamente.

Los viajeros solitarios como yo, solemos encajar de cualquier manera estas formas de humillación pública, en el entendido de que esos sujetos lo que querían dejar patente al resto de los viajeros era que: uno) llevaban un teléfono portátil, que entonces era cosa más bien de ricachones; dos) que el que no tenía chofer, tenía invitados a los Medina Luengo y Puigcerdá a casa, o acababa de hacer un negocio fabuloso.

Luego uno acaba apelando a esa extraña (e ignota) dignidad de los que vamos como lobos solitarios por el mundo, y si es cierto que el único chofer que me esperaba era el del taxi, que no tenía invitados a cenar en casa (pues iba a aquel hotelito más bien modesto de San Juan del Aznalfarache), ni tenía ningún negocio cerrado, ni entonces, ni en el futuro, sí que tenía un móvil en el bolsillo del pantalón. Lo saqué y, a la voz de que a donde fueres haz lo que vieres, me puse a dar de gritos.

-¡Ya llegué Bárbara! ¡Dile a los niños que los veo más tarde! ¡Ah, y para cenar ragú!

Visto hacia el pasado esa fue una actitud muy pueril de mi parte, sobre todo si entendemos que yo no conocía entonces, ni conozco ahora, a ninguna Bárbara, que jamás he tenido más que a mi hijo único, y no -hasta donde yo sepa- tengo hijos en Sevilla, y que eso de andar pidiendo ragú de cenar es una ridiculez, sobre todo cuando son las diez de la mañana, hora del aterrizaje.

De eso me acordaba cuando, por aterrizar en el aeropuerto de estas tierras, reparé en que no había nadie esperándome, ni chofer, ni cena con los Lascuráin Valdepeñas (que no sé ni quienes son), ni negocios que presumir; contando con que mi hijo está lejos, que mi familia se ha reducido de una manera más bien sorprendente y radical, de un año a la fecha, y que no tengo órdenes de captura, afortunadamente, llegaba yo a mi terruño sabiendo que al bajarme del avión lo que me quedaba, como si fuera un comerciante de enciclopedias, era subirme a un taxi y venirme a casa.

Y no es que pensara que mis recientes éxitos artísticos me valieran para la Banda Municipal y niños con globos, y letreros con mi nombre, pero no deja de sentirse extraño saber que como a aquel general Armada, cuando el golpe de Estado en España de 1981, no estaba, ni se me esperaba.

Vaya sorpresa me llevé cuando al bajar del avión y salir de la salita de recogida de equipajes me encontré, allí esperándome, con ansias locas diría, a los de mi comité de bienvenida, integrado, en cualquier orden por: los problemas no resueltos, las deudas por pagar, los proyectos postergados, y otros entrañables amigos míos que estaban ya nerviosos porque tenían casi un mes de no saber de mí, y con ganas locas de abrazarme.

¡Mazel tov!

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